FORTEGAVERSO: YGRIEGA (Cap.6)

lunes, enero 07, 2008

YGRIEGA (Cap.6)


-¿NO PENSASTE decirle que no?-, me preguntó mi amiga, mientras yo me tomaba un express bien cargado y ella se comía un hot dog en la cafetería de un servicentro cercano al terminal de buses interurbanos de Temuco.
-El gordo me acorraló, además lo conozco, no iba a dejar que me negara.
Mi socia no pronunció palabra. Torció la boca como complicada y le dio una mordida grande a su salchicha. Un poco de mayonesa saltó hacia mi lado y tuve que esquivarla para que no me diera.
-Vas a engordar-, le dije.
-Me da lo mismo, me gustan las gordas.
En la cafetería del servicentro, entre los estantes con caramelos, galletas, papas fritas y bolsas con cualquier cosa de color, habías seis personas más. Tres fuera del mesón y tres del otro lado. Los de afuera eran todos hombres y era fácil adivinar que se trataba de camioneros de paso o algo por el estilo. Al otro extremo estaban los vendedores: dos chicas y un pendejo. Las mujeres atendían y el tipo se encargaba de la caja, aunque estaba más atento a un televisor sintonizado en HBO donde estaban pasando Pinocho. Tenía buen gusto, siempre he pensado que Pinocho es la mejor película Disney de todos los tiempos, mamá dice lo mismo. Mi socia terminó su hot dog y pidió otro.
-Hay que reconocer que es buena plata-, comentó mirándome a los ojos con cara de tonta.
-Más que otras veces …
-Más-, repitió soplando con la boca chueca, -eso es bueno. ¿Y ya se sabe como murió?
-No, pero hay toda clase de hipótesis al respecto: una vendetta de la mafia, crimen pasional, conspiración gubernamental que se yo… extraterrestres
Revisó cada esquina del lugar, como si buscara cámaras o aparatos de audio. Una de las chicas del otro lado del mesón le entregó la salchicha dentro del pan.
-Las salsas están en esa esquina-, le indicó.
Mi amiga no le respondió, sabía perfectamente la ubicación de la comida en el sitio. Agarró el hot dog, fue hasta las llaves de colores y lo llenó con todo lo que pudo. Me tomé la última gota de café y arrugué el vaso de plástico hasta dejarlo lo más parecido a una pelota, luego lo arrojé al basurero, no fue difícil encestarle, estaba cerca. Mi socia volvió a mi lado, dejó el pan sobre el mesón y respiró hondo, como si estuviera apunto de zambullirse.
-Esa perra se suicidó-, aseguró mordiendo la salchicha.
-¿…?
-Ley de probabilidades y estadísticas. Es la única explicación lógica para el asunto del mail póstumo. No es primera vez que sucede, voy a forwardearte unos paper que me llegaron a la lista con casos parecidos. El noventa y nueve punto nueve por ciento de los que dejan cadenas de mail póstumas son suicidas. Se pasan dos meses escribiendo pasajes de su vida en formato de correo y luego guardan todo en un archivo programado con la fecha en que se van a matar. Igriega debió dejar el suyo y el contestador automático del Outlook se encargó del resto. ¿Notaste algún patrón, algo en particular en el correo que te mandó tu jefe. Qué se yo, una frase que se repitiera?
-No, nada en especial. Además sólo he leído uno.
-Cierto. Ahora, lo importante es que no le digas nada a tu jefe, hay que estirar el trato lo más que podamos. Este fantasmita electrónico puede funcionarnos muy bien. ¿No intentaste escribirle?
-¿A quién?
-¿A quién va a ser? ¿A Madonna? A la muerta...
-Yes, pero me rebotó, dice que el destinatario no existe. Intenté hacerlo con correos de red gratuitos y pasó lo mismo. Quise meterme-, mentí- en la base de datos de la dirección pero está encriptada, un algoritmo sencillo pero que no conozco, tal vez con un par de días, aunque lo veo difícil. El que diseñó la contramedida hizo un muy buen trabajo.
-Mándamelo.
-Mañana. Intenté ubicar al webmaster en una lista de interés pero nada.
-Déjamolo a mí, sé como puedo hallarlo.
-Pero ándate con calma…
-Tranquilo, buen hombre.
Un camión piteó a la salida del servicentro, estiré la vista y vi que el conductor discutía con una flaca que iba en un convertible blanco. Estuvieron a punto de chocar, era difícil saber de quien había sido la culpa. Mi amiga ni siquiera se inmutó, estaba más preocupada de aplastar con un cuchara plástica la mezcla de salsas que había sobre su salchicha.
-Necesito entrar al computador de tu jefe-, me dijo. -¿Sabes su password?
-No.
-Deberías. En fin, dame su nombre completo y su edad, con eso es suficiente.
-No sé su segundo nombre-, acoté, tras darle los datos personales de mi jefe y esperar que los anotara en una servilleta-. La edad exacta tampoco, pero debe andar entre los 53 y 55 años.
-Vale-, completó ella y se guardó el papel en el bolsillo trasero del pantalón. Bajó la mirada y mordió el hot dog. Esta vez no salpicó a nadie.
–Sobre lo otro-, cambió de tema, -el domingo te dejo con mi hermana un disco con el diseño de la nueva aplicación para los attachment que me pediste. Te va a gustar lo sé, pero necesito la plata ya.


EL CIELO SOBRE LA CIUDAD se pintó de rojo. Un efecto visual que pasó de un delicado morado a un suave naranja antes de hacerse completamente carmesí, como si Temuco hubiera despertado dentro de una permanente y cómoda explosión termonuclear. A ambos lados de la carretera los indios no paraban de quemar Arauco, los incendios crecen como columnas negras que sostienen el cielo. Si el Apocalipsis fuera a verse así, no sería tan feo.
El bus a Victoria venia prácticamente vacío, un par de pasajeros aparte de mí. Una pareja joven que no paró de besarse en todo el trayecto y un caballero de terno y corbata que llevaba un viejo maletín de plástico duro. Deduje que era un pastor evangélico y que el maletín estaba lleno de esas Biblias azules y feas que reparten gratis en las calles, hoteles, locales de moda y buses como este. Esta zona está sobrepoblada de evangélicos, lo único que falta es que se acerque a mi lado y empiece a hablarme de Dios y la salvación universal. Dios no existe, al menos no como los cristianos piensan. Lo más parecido a Dios que conozco es la Fuerza, me dieron ganas de ver El Imperio Contraataca, tal vez lo haga antes de quedarme dormido. O tal vez después.
Antes de subir al bus, me detuve en un kiosco. Compré un paquete de pastillas de menta, de esas blancas y redondas, bien fuertes. Me metí una a la boca y luego abrí el teléfono. Busqué en la memoria la dirección web de La Tercera y descargué la edición del día. Lectura rápida, a lo más títulos y bajadas. Me gustan las noticias porque son inmediatas, tienen la gracia de olvidarse rápido y eso es útil. Para mi, por lo menos. Una caravana de vehículos verdes, llenos de sirenas y balizas giratorias nos adelantaron por la izquierda.
Página cuatro. El grupo PATRIA se adjudicó la quema de los cuatro niños peruanos incinerados vivos frente a la embajada de ese país en Santiago. Como si nadie lo hubiera sabido, pensé. El gobierno anunció medidas drásticas para atrapar a los líderes y miembros de la organización terrorista, deberían darse una vuelta por los colegios del barrio alto, seguí pensando.
Me conecté los audífonos y en una ventana aparte, busqué la carpeta de MP3 y apreté tres veces la tecla siete para entrar a la erre. A la erre de Rush, Moving Pictures, el mejor disco de todos los tiempos. “A modern day warrior, mean mean stride, today´s Tom Sawyer, mean mean pride... Though his mind is not for rent, don´t put him down as arrogant, his reserve a quiet defense...”
Página diez. A quince se elevó el número de agricultores muertos en las quemas y acciones violentistas de grupos mapuches y simpatizantes indigenistas en la región de la Araucanía. Geddy Lee canta “Red Barchetta”, la historia de un auto, con su voz de bruja, pero es un dios al bajo. El gobierno regional de Temuco pidió ayuda extraordinaria a las Fuerzas Armadas, pero los milicos, a través del Ministerio del Interior, manifestaron no tener suficiente personal. Carabineros ofreció toda su cooperación en el resguardo de la seguridad de la zona, pero se negaron a actuar en forma ofensiva señalando que las acciones de los mapuches van por encima de sus capacidades. “YYZ”, traté de seguir los palos de Neal Peart. Un senador temuquence señaló que la región permanecía en estado de guerra no declarada, el Presidente no ha dicho nada. El fin del mundo estaba ocurriendo, pero sólo en el fin del mundo.
Mundos. Sincronía, la guitarra de Lifeson en “Limelight” es extraterrestre. Página cuarenta. Hace una semana que el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, viene recibiendo señales regulares desde una estrella en la constelación de Eridani. En los próximos días piensan apuntar todas las antenas del planeta hacia ese lugar para ver si se trata de las pulsaciones de un astro menor o de la primera recepción de una señal inteligente desde otro punto del universo. Me acordé de la loca que se había fumado un porro conmigo, anoche, en lo de la lucha libre. Desapareció antes de terminar su historia, de seguro tenía que ver con esto. Siempre he tenido la certeza de que no estamos solos.


CUANDO DESPERTÉ mamá no estaba en casa. Un sol amarillo se coló caliente a través de las cortinas amarillas de mi dormitorio. Era fácil adivinar que afuera, en la calle, hervían más de cuarenta grados. Me restregué los ojos y traté de mirar la hora en el móvil que estaba tirado en el suelo, envuelto en la ropa de ayer. Las cuatro de la tarde y quince minutos. Fue un buen sueño, pero podría haber sido mejor (o más largo), total era sábado y los sábado son sábado, que es lo mismo que decir nada.
Me dolía la cabeza. No supe de qué ni por qué, no había tomado ni fumado mucho, de hecho había sido una noche bastante tranquila. Me acordé de la pelea, de la fiesta, de mi novia bailando con la chica más deliciosa del mundo. Del mural de mi socia y mejor amiga, de sus palabras. Del café de amanecida y de las noticias al regreso. Lo de las señales cósmicas me había quedado dando vueltas.
Tenía la boca seca. Me levanté, me puse los mismos calzoncillos de ayer y una camiseta blanca con tirantes. Necesito hacer más ejercicio, estoy suelto, no tengo nada duro en el cuerpo y me cuelga una panza cada vez más fea. No sé que hace una chica como mi novia con un tipo como yo, supongo que debo tener un tao especial. Debería leer algo de filosofía china, los chino son muy sabios.
Abrí las cortinas. El sol de la tarde entró quemando, sin disculpas. Definitivamente quiero que esa estrella de la concha de su madre explote en millones de fragmentos de colores, si volvemos a la edad del hielo o si regresan los dinosaurios tanto mejor. Cuando era chico mi monstruo prehistórico favorito era el Atlantosaurio. Me mataba su nombre, el juego de palabras entre Atlántida y Saurio, era de por si colosal. Hasta que un día averigüé que el bicho jamás había existido y que al igual que el Brontosaurio, sus huesos eran un error paleontológico. Ambos animales eran el mismo, un jodido saurópodo de la familia de los diplodocidos llamado Apatosaurio. Cuando lo supe algunas cosas comenzaron a cambiar en mi vida, de partida dejé de creer en los dinosaurios. Además el mundo estaba cada vez más lleno de monstruos reales, pegarse en los del pasado era un esfuerzo demasiado inútil.
Me estiré hasta la mesa que tengo montada en el lado más oscuro y tranquilo de mi pieza y toqué la pantalla del tarro, un armado que mi socia y mejor amiga me ayudo a convertir en el mejor crucero de Internet. Suena cursi, pero así lo definió ella. El arte de Awake, un disco viejo de Dream Theater apareció como fondo, me dieron ganas de cambiarlo, hace tiempo que no escucho a Dream Theater. Hice clic en el ícono del correo y descargué mis cuentas al inbox. Me veía chascón y hediondo en el reflejo sobre la ventana blanca del Outlook Express.
Tuve un sueño extraño, había fantasmas y funcionaba como un sueño dentro de otro sueño. Yo era chico, estaba en mi cama, en mi pieza, en la misma que tengo ahora. Entonces aparecía un fantasma, yo no lo veía, pero sabía que ahí estaba. Entonces, de golpe, despertaba y me daba cuenta que era sólo un sueño, pero estaba tan aterrado que no podía moverme. Trataba de llamar a mamá pero era imposible, gritaba pero no me salía sonido. Y ahí, en ese instante, volvía a despertar, esta vez por fuera de dos viajes. Es inusual recordar tan bien un sueño, supongo que las pesadillas tienen esa virtud, la de almacenarse bien en la memoria reciente, en el caché mas privado de todos. Debería anotarlo, tal vez signifique algo.
La cocina estaba tan bien ordenada que era obvio que mi madre ni siquiera se había detenido a desayunar. Resultaba fácil suponer que había salido temprano o que anoche no había llegado a dormir, aunque la nota pegada en papel adhesivo en la puerta del refrigerador decía lo contrario. Su letra se veía desordenada y rápida, sin puntos seguidos, sólo comas: “Preferí no despertarte, te escuché llegar temprano, ojalá la hayas pasado bien, yo voy a estar donde unas amigas, cualquier recado importante llámame al celular, hay fruta en el refrigerador, también dejé unas cosas ricas para que llegues y calientes, no se a que hora regrese, ojalá nos veamos mañana, lo del cine está pendiente, chao, te quiero mucho. Oye, una pregunta, ¿qué es lo que ustedes llaman buses?”
“¿Qué es lo que ustedes llaman buses?” ¿Con quien se está juntando mi vieja? Saqué el papel, busque el plumón, que estaba pegado a un imán en la misma puerta del refrigerador y escribí al reverso: “Buses: Plural de bus, medio de transporte terrestre, usado para distancias cortas y medianas. Generalmente llevan cuarenta asientos para igual número de pasajeros. Nosotros llamamos buses a los buses que nos llevan de Victoria al centro de Temuco y viceversa”. Regrese la hoja al mismo lugar y pegué el lápiz al imán.
Abrí la puerta del refrigerador, estaba pesada y hacía un ruido alargado al moverse. Desde hace días que esté fallando, el lunes sin falta llamo al técnico. Revisé que de bueno había dentro y tomé un durazno y una Coca Cola light. Mordí la fruta camino al dormitorio de mamá. Dejé por el pasillo un rastro dulce de jugo de fruta, como el de Hansel y Gretel pero con más vitamina C.
Me tiré sobre la cama, puse los pies encima del gran cojín negro y prendí el televisor, un Flat de veintinueve pulgadas y siete años de uso. Comencé a saltar de un canal a otro, no deteniéndose más de cuatro segundos por señal. La programación de los sábado en la tarde es la peor del mundo, ni siquiera hay monos animados decentes, esos los dejan para la mañana.
En HBO estaban repitiendo Pinocho, la misma versión que anoche estaba viendo el tipo de la cafetería. Detuve el zapping y me quedé pegado en la escena donde el badulaque de madera está dentro de la gran ballena Monstruo y Geppetto parte en una balsa de madera a rescatarlo. La fantasía de todo hijo es que su padre haga algo así por uno, yo la hubiera tenido si hubiera crecido junto al mío, pero en fin, ese es un problema que no tiene nada que ver con ese muñeco de madera, su grillo conciencia, su padre anciano, las costillas cavernosas como bóveda de catedral gótica del estómago del cetáceo y la fogata que los dibujos prendieron para hacer estornudar a la ballena. Mucho menos con modelos épicos paternales, eso es puro anacronismo.
Terminé el durazno y comencé a tomarme la Coca Cola. Estiré mi mano hacia el teléfono de mamá y llamé a casa de mi novia, nadie me contestó, la nana debía de estar con día libre.
El estornudo de la Ballena expulsó a los devorados héroes desde el interior de sus tripas. Los débiles y sufridos dibujos parecían surfear en un pequeño maremoto producido por la gran criatura. Me gusta el Hada Azul, necesito una para mí.

La foto se llama Bajo el sol de Kripton y la armó/tomó my wife Vicky usando un juguete mío y un regalo de matrimonio. Mondo freak.

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1 Comentarios:

A la/s 2:03 a. m., Blogger Donovan dijo...

¡esa foto de la entrada es épica!

Felicitaciones a tu wife, Ortega

 

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