FORTEGAVERSO: YGRIEGA (Cap.3)

martes, noviembre 13, 2007

YGRIEGA (Cap.3)


“DAKELTUNG KONA PEÑI, hagamos oír al winca el ruido sangrante del nuevo kultrung”, estaba garabateado con enormes letras rojas en el techo del bodegón de Motorola, frente de las oficinas de Enrednet S.A. Y el tamaño del rayado era suficientemente grande como para que cualquiera que pasara por dentro o fuera del Silicon Valley temuquense pudiera verlo. Estoy seguro de que entre las punto com y empresas de este barrio satélite hay más simpatizantes con la causa de lo que uno cree, por algo los incendios no nos han alcanzado. No por nada dicen que el corazón de las revoluciones está donde menos se piensa. Había visto esa frase antes, varias veces, es la que está de moda desde hace un par de semanas. la que reemplazó a una que por casi tres meses estuvo garabateada por casi todo Temuco: “Fuck! winca girl…” exclamaba y era mucho más directa e insolente que la actual. La nueva tiene un sentido de la poética más elaborado pero es demasiado sutil, no le doy más de quince días.
Regresé a mi puesto de trabajo, un cubículo enano ubicado entre Dos, una pelirroja gorda recién casada, y Cinco, un gringo que se vino a Chile a los quince años y que tras pasar unos meses en Santiago terminó anclado en la capital de la Araucanía. Hoy tiene 27, una novia llena de espinillas, habla perfectamente el chileno y confiesa ser feliz. A veces almorzamos juntos, la última vez me contó que sus padres lo habían llamado desde Ohio (¿o Iowa?) y le habían ofrecido un pasaje para que volviera a casa, además de una lista con todas las facilidades que uno pudiera imaginarse. Les contestó que no, que estaba demasiado acostumbrado a hablar en español. Mentira, tuvo miedo de confesarles que simplemente estaba contento en Temuco. El día en que yo me crea feliz en Temuco me pego un tiro, lo juro.
Dos me saludó con la cabeza y me alcanzó un frasco lleno de bolitas de chocolate, agarré una y me la metí a la boca. Cinco alargó su cuello de saurópodo jurásico y me preguntó donde había ido a almorzar. Le conté que me había juntado con mi novia y que comimos papas fritas con cualquier cosa en un local cerca de su colegio. En forma gratuita añadió un pésimo chiste, pero bastante amable en su naturaleza. Agregó que uno de estos días deberíamos salir los cuatro, él con su chica y yo con la mía, a embriagarnos por ahí. Me descolocan sus desesperadas ganas de querer ser mi amigo, pero mal no me cae y sé que en el fondo es un buen tipo. Le contesté que tal vez, repitió el tal vez, luego sonrió, se conectó a sus audífonos y regresó a las bases de datos. Estaba escuchando música dance, nadie puede escuchar dance con este calor. Saqué otro montón de bolitas de chocolate del frasco de la gorda y me los metí a la boca, noté que estaba más ocupada en messenger que en revisar los números del sistema.
“Mejorar lo del envío de attachment con sobrepeso”, decía mi letra en un papel verde que pegué sobre el monitor del PC antes de salir a almorzar. Quité el garabato y lo puse en la cubierta de un cuaderno. Miré la hora, esta semana ya no había hecho nada.
Toqué con un dedo la pantalla y el screensaver con la playmate del año pasado, una rubia de nombre compuesto y grandes tetas, desapareció dejando en su lugar a la ventana del Outlook. Aproveché de borrar el mensaje de mi jefe, no sin antes guardar entre los contactos la dirección del list de Igriega. Minimicé el inbox y aproveché el impulso para detener un par de motores de búsqueda en los que estaba rastreando nada de mucha importancia. Lo único que quedó abierto fue el cuadro de una webcam a la que estoy subscrito y que está escondida en un rincón de una oficina del parlamento inglés. Cuando me la ofrecieron aseguraron que iba a descubrir toda clase de secretos del gobierno británico, cosas por el estilo del por qué al bloqueo comercial a Sudáfrica, como si se necesitara de un video online para saberlo. Hasta ahora lo mejor que he visto es a un mequetrefe tirándose a una secretaria encima del escritorio de la oficina.
En el PC de mi casa recibo imágenes de otras catorce webcams escondidas en puntos neurálgicos del mundo. En ninguna he encontrado algo especialmente decidor, pero supongo que es cosa de esperar. Esa es la regla número uno del juego y cuando pagas se aseguran que la tengas muy clara.
Sonó el teléfono, lo levanté sin despegar la vista de las lentas imágenes transmitidas desde el otro lado del mundo.
-¿Cómo vas con las aplicaciones?-, me preguntó la voz de Uno, el gerente de desarrollo, un mono con cara de idiota que tiene sólo un par de años más que yo y la doble ventaja de haber terminado la universidad con buenas notas. No sabe mucho, es más bien ingenuo y nunca se ha descuadrado de su rol de buen alumno, pero funciona en su cargo.
-Más o menos, lo que compraron no sirve-, mentí, -te lo dije, era gastar plata de más-, continué mintiendo. –Estuve entrando en otros sitios, viendo agentes de dominios chinos y japos que son los más inteligentes para ver si podemos sacar ideas. En ninguna parte usan ese sistema-, argumenté sabiendo que le encantan las palabras agente y dominio.

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