FORTEGAVERSO: SANTA GRACIELA: VAMPIROS EN DICTADURA (3ª PARTE)

martes, enero 13, 2009

SANTA GRACIELA: VAMPIROS EN DICTADURA (3ª PARTE)




Isla Santa Graciela. Ex escuela de buceo táctico de la infantería de la Armada Chilena. Mayo 1976


SANTA GABRIELA apareció con sus rocas afiladas en medio de la niebla. El mar estaba en calma, así que el desembarco fue relativamente fácil. Tras dar un breve rodeo, el piloto de la embarcación la llevó hasta el muelle, instalado sobre lo que alguna vez habían sido las rampas donde carneaban los cadáveres de las ballenas y otros cetáceos. El Cura ordenó que bajáramos y nos formáramos al final del grupo, tras los soldados rasos del regimiento, que además iban a la espalda de los infantes. El Cura se adelantó al frente, junto al Oso y Arancibia. Le ordenaron al encargado del lanchón que esperara y no se moviera de la nave. Si alguien, aparte de mí, notó que las amarraderas en donde deberían estar atadas otras dos lanchas estaban rotas, no dijo nada.
Los oficiales y el Oso caminaron hasta la puerta del penal, sobre la cual flameaba una roída bandera chilena. El jefe de los navales gritó para que nos abrieran, pero nadie respondió. Volvió a hacerlo y nuevamente no pasó nada. El Cura miró al Oso quien con un par de trancos subió hasta el portón. Lo vimos revisar la cerradura y luego empujar una de las hojas con su hombro derecho. Crujiendo, la entrada a Santa Graciela se abrió.
–El cerrojo está roto, mi capitán –le dijo al Cura.
Nos ordenaron entrar.
No había nadie en la cárcel. El lugar parecía muerto, como una especie de enorme sepulcro colectivo, abandonado desde hacía demasiado tiempo. Mucho más que sólo apenas una semana. Santa Graciela parecía haber cesado sus contactos con personas hacía por lo menos un par de siglos. Nos dividieron en equipos de a cuatro. En el patio, nada. En el comedor, nada. En los dormitorios del personal, nada. En la cocina, ni siquiera platos. Los calabozos comunes, vacíos; las salas de interrogatorios, igual. El Cura ordenó a uno de los soldados que buscara un modo de llamar al exterior.
–Hay un teléfono y una radio en la oficina del comandante, mi capitán –interrumpió uno de mis compañeros. El Cura cambió su orden y nos indicó que fuéramos todos al cuarto de comunicaciones. Lo miré. Era obvio que su mente trataba de buscar una explicación a lo que había ocurrido en la isla.
Ni el teléfono, ni la radio funcionaban.
–Solo estática, mi capitán.
Arancibia le ordenó a uno de sus hombres que regresara a la embarcación e intentara llamar a tierra con los instrumentos del bote. Le pidió a otros dos que lo acompañaran. Me quedé mirando como el trío de marinos corrían hacia el pasillo de salida de la ex ballenera, pensando en que me hubiese gustado ir con ellos.
Nadie en casa. Y aunque nadie lo decía, era obvio que todos los que estábamos allí, parados ante el viejo aparato de radio, nos preguntábamos exactamente lo mismo. ¿Dónde se había ido todo el mundo? Llevábamos dos horas en el lugar y lo único que teníamos eran preguntas sobre preguntas.
–Carrasco –me llamó el Cura
–Si, mi capitán
–Tome a Medina y Troncoso, agarren unas linternas y revisen la barraca del fondo
–A su orden mi capitán
–Y lleven sus armas cargadas y sin seguro.
–Si mi capitán
Miré a mis compañeros y les hice un gesto para que tomaran sus cosas. La barraca era un bodegón emplazado al fondo del edificio principal. Antes de que el gobierno decidiera usar la isla como cárcel, la marina lo utilizaba para guardar pertrechos y municiones. Desde hacía poco más de un año servía para alojar enemigos de la patria, amontonados en colchonetas húmedas.
–Putah –dijo Troncoso –quería ver si lograban comunicarse con el continente. Cura de mierda
–No digai eso, que aquí las paredes tienen oídos –le contesté.
–Eso es lo que me preocupa –añadió Medina –que aquí en verdad las pareces tengan oídos.
–¿Por qué lo dices?
–Vos no eres huevón Carrasco, incluso estuviste en la universidad un año. Te habrás dado cuenta que esto no tiene nada de normal, que aquí hay gato encerrado y uno muy grande. O me van a decir que desde que llegamos no han tenido la impresión que nos están vigilando. Por algo mi capitán nos mandó con las armas listas.
Ni Trocoso ni yo le contestamos
Medina abrió la puerta de la barraca con un golpe fuerte. Esperamos un rato y luego ingresé yo, con la linterna encendida y apuntando el fusil al frente. Trocoso me siguió con el suyo hacia la retaguardia. Y no había nada. El lugar estaba tan vacío y solitario como el resto de la isla. Le indiqué a los muchachos que guardaran sus armas y usaran sus linternas para revisar bien las esquinas y rincones del lugar.
–Hablen fuerte si encuentran algo –les pedí.
Comencé a inspeccionar los catres amontonados en la pared izquierda. Solo polvo, suciedad y un olor a humedad que a ratos se hacía insoportable. Pensé en las palabras de Medina, era muy cierto aquello de la sensación de estar siendo vigilados.
–¡Vengan! –gritó desde la otra esquina del bodegón Troncoso, como si hubiese descubierto la piedra filosofal. Sujeté la linterna y partí corriendo hacia el sitio donde revisaba mi camarada.
–Miren –nos apuntó Troncoso.
En el piso, sobre el polvo amontonado, se veían seis marcas paralelas, cada una en dos grupos de a tres. Era como si hubiesen arrastrado algo hacia una de las esquinas. Usé la linterna para seguir las huellas, estas se perdían en el vértice formado por dos de las paredes.
–Es como si hubiesen movido un mueble –habló Troncoso,como si me hubiera leído la mente.
–No fue un mueble –añadió Medina–. Yo soy del campo y este es el rastro de algo vivo, algo que se arrastró. Cada canal son marcas de dedos.
–¿Arrastrarse dónde?
–Y yo que sé, Carrasco. Por el modo en que se movió el polvo, quien haya hecho esto, se movió hacia la junta de las paredes, pero allí no hay ni un hoyo ni nada por donde pueda haberse metido.
–¿Y qué fue? ¿Un gato, una persona?
–Es muy grande para ser un gato, mira el tamaño –Medina puso su mano derecha sobre uno de los rastros–. Ven –nos dijo –es del porte de la mano de un hombre, quien lo hizo era grande.
–Un hombre o una mujer adulta –añadió Troncoso.
Me arrodillé para revisar bien las huellas. Acerqué mis dedos a los rastros y traté de imitarlos.
–Pero huevón –soltó Medina –estás borrando las evidencias.
Noté que bajo el polvo, el piso de madera había sido arañado exactamente en la dirección de las huellas.
–No fue una persona –les dije –las personas no tienen garras.
Nos miramos sin pronunciar palabra.
–¡Muchachos! –nos asustó Sepúlveda, apareciendo en la puerta de la barraca.
Giramos al mismo tiempo, apuntándolo con los faros de las linternas.
–Mi capitán me mandó a buscarlos –habló Sepúlveda –vengan, es importante.
Fui el último en salir. Mi cabeza y mis ojos no podían alejarse de la idea de las garras.
Sepúlveda nos condujo por otro pasillo, hacia una escalera que llevaba al segundo piso.
–¿Qué pasó? –preguntó Medina –lograron comunicarse con Concepción.
–Nada, la radio de la lancha está muerta. Los navales dicen que hay interferencia en toda la zona, que por eso no podemos comunicarnos.
–Y qué es lo que pasa, entonces –me adelanté.
–Encontramos a alguien. Y no se la van a creer...

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2 Comentarios:

A la/s 2:39 p. m., Anonymous Sra. Ortega dijo...

Felices dos años de matrimonio, Francisco!!

 
A la/s 10:25 a. m., Blogger Cristian dijo...

Jajaja, funciona increíble como novela-por-entregas. Quedé esperando la siguiente parte.

Saludos

 

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