FORTEGAVERSO: SANTA GRACIELA: VAMPIROS EN DICTADURA (6ª PARTE)

viernes, enero 16, 2009

SANTA GRACIELA: VAMPIROS EN DICTADURA (6ª PARTE)


–Renz Tauscheck, para servirle, capitán....
–Carmine –se presentó el Cura.
–Del norte de Italia, conocí a unos Carmine en Roma hace veinte años, buenas personas. El es Juan, mi capataz –presentó al gigante que lo acompañaba. –Se preguntará quien soy y que hago acá –prosiguió, mientras buscaba un lugar donde sentarse. –Verá, soy el último vástago de una familia alemana que llegó a la zona a fines del siglo XIX. En el velero Victoria, seguramente conocerá la historia.
–No la conozco –el Cura fue cortante. El tal Renz miró al naval.
–Supongo que usted si –le dijo.
–Lo suficiente –Arancibia trató de imitar el tono del Cura, pero no pudo.
–Verá –continuó el recién aparecido –mi familia siempre ha mantenido propiedades y parcelas por acá cerca, alrededor de Coronel, hacia la costa. Campos que más de uno de estos desgraciados –miró a los presentes que llevaban ropas civiles –intentaron quitarme, amparados por el mal nacido de Salvador Allende. A balazos espanté a unos cuantos upelientos –se rió–. Pero como ya le dijo el amigo acá –miró a Correa –lo mejor es que en esta roca olvidada por el tiempo nos olvidemos de nuestras diferencias. Además mucho de lo que está ocurriendo fue por mi culpa. Es que en verdad nadie esperó a que ustedes decidieran convertir esta porquería en una cárcel.
–Se quiere explicar...
–Por supuesto –continuó el viejo –Yo los llamo parásitos, pero supongo que el nombre más común le será más familiar. Vampiros, mi estimado oficial. Claro, como pudo comprobar en persona, son algo distinto a la imagen del noble de acento extraño vestido de capa y traje que nos ha mostrado el cine. Se trata de animales, mi capitán, parásitos que se apropian del cuerpo de un ser vivo y lo transforman en alguna clase extraña de criatura capaz de mimetizarse con el entorno y de permanecer en un estatus de media vida y media muerte. Olvídese de las estacas, las balas de plata y las cruces.
El Cura pareció bajar la mirada.
–Oh, por supuesto –se detuvo el tal Tauscheck –escuché que era cura. Una lástima, de ser ciertas las leyendas nos habría sido muy útil tener a un hombre de fe entre nosotros. Pero vaya olvidándose de la fe, eso de que es capaz de mover montañas se aplicará a los vivos, pero a estas cosas... En fin, como iba contándole, a estas porquerías sólo las mata el sol. El fuego las asusta, pero nada más. Y cuando despiertan no paran hasta depredar ciudades enteras. ¿Ha escuchado las historias de la peste en Europa durante el siglo XVI? Bueno, digamos que fue una buena manera de ocultar y disfrazar lo que en verdad ocurrió. La plaga fue real, pero no la trajeron precisamente las ratas.
El alemán miró el cielo.
–No se imaginan lo rápido que pasan los días acá. Queda poco para que se esconda el sol y ya me estoy preguntando cuantos de nosotros despertarán mañana.
Nos miró a todos, clavándose con especial detención en los que recién habíamos llegado del continente
–Ustedes están vivos –interrumpido el Cura.
–Le aseguro, mi amigo, que estamos vivos porque ellos quieren que lo estemos. La isla es un inmenso coliseo de gatos y ratones. Y le aseguro que aunque nosotros tengamos las armas, somos los ratones de la justa.
Troncoso se acercó y en silencio me pidió que le explicara. Lo hice callar, quería seguir oyendo la conversación. El Cura miró a todos los que nos rodeaban y le dijo al alemán que aún no le respondía su pregunta, que por qué él era el responsable de lo que estaba ocurriendo. Maroto, el mirista que nos había rescatado en el pasillo, se acercó al tal Reinz y le señaló:
–Tienen derecho a saberlo.
El capitán Correa buscó en su chaqueta algo que fumar. Mientras encendía un cigarrillo flaco y humedecido, preguntó si alguien más quería. Miré al Cura, el afirmó con un movimiento de cabeza.
–Yo, mi capitán –le dije.
–Tome. Y llámeme Correa.
Agarré el cigarrillo y lo prendí con el fósforo que el propio Correa me ofreció.
–Yo también, señor –agregó Troncoso.
El Cura no pudo disimular una sonrisa. Arancibia permanecía frío como una piedra. Me fijé en como temblaba su mano derecha, lista a saltar sobre su revolver ante el menor movimiento.
–Quizás lo que van a escuchar les parecerá increíble –comenzó el alemán –pero confío en que estarán dispuestos a aceptar mis palabras. Ellos, estas criaturas, los parásitos, han existido entre nosotros desde que el mundo es mundo. Desde antes tal vez, nadie lo sabe a ciencia cierta. Y buena parte de su supervivencia se ha debido a que han logrado permanecer ocultos de los que respiramos, refugiándose en las leyendas y mitos, en las creencias y el lado más íntimo del pueblo. A medida que la humanidad fue avanzando, ellos cimentaban más el secreto de su existencia, presentes sólo en las creencias de las clases más bajas. Y supieron sacar provecho de aquello, su fuerza y su poder radicaron en que nadie creía en ellos. Pero a fines del siglo XIX ocurrió algo que los asustó. En Europa empezaron a producirse revoluciones sociales y las clases altas fueron reemplazadas por gobiernos de la calle y los campos. Y este nuevo poder arrastró las leyendas y mitos que les servían de refugio. Con la aristocracia y las clases cultas exterminadas, los malditos se vieron amenazados. La ignorancia del pueblo es conocimiento para exterminar monstruos, así que algunos escaparon del viejo mundo hacia tierras donde lo que llaman injusticia social se encargara de mantener a los creyentes e indigentes a raya. Y donde su presencia no pasara de ser rumores de ignorantes. Así llegaron a América y se desparramaron por el continente, formando colonias en espera del momento más adecuado para salir a la luz. O a la noche, como sería más preciso.

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