FORTEGAVERSO: EXTRACTO DE 1899

jueves, abril 23, 2009

EXTRACTO DE 1899


Este es un capítulo de 1899, novela corta inédita que se está convirtiendo en novela gráfica, cómic o album, como prefieran. Gentileza del gran Michel Ripetti y la gente de Mythica. Sorry por lo reiterativo, pero estoy a full entusiasmado. Y el guion avanza a pasos agigantados. Puro retrofuturo.


Capítulo 3 En las montañas de la locura

UN VETERANO DE GUERRA pedía limosna bajo los arcos de una de las entradas de la Estación Central de Concepción. A pesar de la victoria, hay una deuda pendiente con estos individuos. Cojos, tuertos, sordos, inválidos abandonados por un país que se acostumbró demasiado al éxito. La mayoría pelearon en la sierra peruana, algunos participaron del primer asedio a Lima, antes del bombardeo. Sus daños, más que por las balas enemigas, fueron producto de nuestra inexperiencia con la metahulla. El que estaba sentado al ingreso del terminal pedía dinero para comer. Un cartel sobre su cabeza lo identificaba como tripulante del Magallanes, perraje del que la marina no quiso hacerse cargo. Algunos transeúntes le arrojaban monedas, otros (la mayoría) ni siquiera lo miraban. Me metí una mano al bolsillo y le tiré un par de billetes.
–Gracias, señor –me dijo.
–También estuve con los navales –le conté.
–¿En qué vapor, señor?
–En ninguno, yo era de los que volaba.
No me respondió. Miró hacia el frente, hacia la calle copada de móviles y continuó gritando. Fue como si yo hubiera dejado de existir para él. Agarré mis bolsos e ingresé a la estación, apurando el paso hacia los andenes, ubicados en el nivel superior de la barroca construcción circular, que imitaba una catedral bizantina en sus detalles pictóricos de la cúpula, una bóveda de más de 100 metros de diámetro que lucía un fresco con la historia de la revolución industrial chilena. Mineros del carbón, la gran explosión, un resplandor verde, un pueblo que se convierte en ciudad, trenes y barcos que abandonan el suelo y el mar para superar los límites celestiales. Y en la parte más alta, una cohete balístico con la bandera chilena y tres cosmonautas posándose sobre la Luna. Prometieron llevarnos allá antes de 1910. Tenemos los medios y los recursos, sólo nos faltan los valientes.
Un aerocarril piteó al salir por uno de los túneles del circuito sur de la línea. El
carro guía, al frente, con su morro en forma de bala se adelantaba sobre los ocho vagones de pasajeros que colgaban balanceándose del único riel. Y al final, tras el comedor, la locomotora propulsaba el convoy con sus gigantescas hélices contrarrotatorias enjauladas en un tubo que encausaba el chorro impulsor a las distintas necesidades de velocidad del tren. El locutor de la estación anunció que el expreso de las diez de la noche, con destino a Santiago, ya se encontraba ubicado en el andén número siete.

YGRIEGA era alta y espigada. Delgada como el esqueleto de una momia egipcia y brillante como plata recién pulida. Estaba suficientemente familiarizado con los números como para inferir que era un modelo nuevo, con apenas un par de años, sino menos, de servicio. La gente trataba de no circular cerca de ella, el temor a los supuestos gases venenosos que emanaban de las articulaciones de los seres artificiales aún estaba presente en la mayoría, por mucho que técnicos y hombres de ciencia lo hayan negado.
Cuando la descubrí, mi compañera estaba parada junto a la puerta de ingreso al tercer vagón del expreso, buscándome entre la multitud que corría por los andenes. Noté que me identificó por la forma en que clavó sus ópticas en mis ojos. Juraría que incluso sonrió, pero eso era imposible. Tomó sus bolsos y vino a mi encuentro.
–Inspector Uribe –me saludó.
–Igriega, supongo.
–Supone bien, señor –moduló con su voz sin forma ni acento, suma de cifras, una más fría que la otra, imitando algo parecido a la humanidad.
–¿Tiene mi pasaje?
–Aquí está –me pasó el boleto, largo y plegado, con el logo de la empresa timbrado en bajorrelieve. Llevaba el asiento 54.
–Es fila única, supongo.
–Supone bien –repitió ella.
Y sin esperar ni agregar otra frase, trepé al carro buscando mi lugar al interior de este. Igriega se ubicó en el puesto delante mío y echó hacia atrás el respaldo, como si se preparara a dormir.
A las diez con un minuto, la bocina del carro guía anunció que comenzábamos el viaje. Sentí como los frenos se soltaban y comenzaba el delicado balanceo del tren al deslizarse bajo el tubo de metal. Tras el primer impulso, el rugido de los propulsores y luego el despegue, por sobre Concepción hacia Santiago, la sucia urbe en el centro del país, que aún insistía en regir los destinos de una patria que en el sur le llevaba cada vez más años de ventaja.
–Deberíamos estar llegando como a las dos de la mañana –habló Igriega, volteándose hacia mí.
–Si, alrededor de esa hora.
–También tengo las reservas del hotel. ¿Quiere la suya?
–Guárdelas usted, cuando lleguemos se la pediré.
–Como usted mande, inspector. ¿Puedo hacerle una pregunta?
–Por favor Igriega, mantenga silencio, necesito revisar unos papeles. En Santiago hablaremos todo lo que usted quiera. Ahora, prefiero que no me moleste.
–Si usted así lo gusta.
–Si, así lo gusto.
El expreso atravesó las grandes torres del condómino Arauco, chirriando a través de los túneles abiertos en el nivel veintisiete de los rascacielos trillizos. Después tomó la ruta que continuaba la rivera del Biobío, pasando bajo el sistema de viaductos de San Pedro, para ir acelerando hacia el este, cogiendo las rectas hacia la intersección con las líneas del centro, norte y sur. El conductor que cortó los boletos, nos anunció que se realizarían sólo dos paradas cortas para recoger pasajeros. La primera en la estación de Chillán y la segunda en Talca.
Otro aerocarril me asustó al pasar por el riel continuo a más de doscientos kilómetros por hora. No sé como aún finjo que puedo dormir. Junté los papeles que había traído desde el despacho y me levanté para ir al coche comedor. Igriega me siguió con la mirada, pero no intentó acompañarme. Levantó sus ópticos color azul casi transparente y volvió a mirar hacia la noche.

PEDI UN TRAGO CORTO y busqué el lugar más apartado del bar. No había mucha gente en el vagón. Un par de mujeres con mucho maquillaje, un hombre de negocios y una pareja que se besaba tras una de las mesas. Tomé el vaso y lo acabé de un solo sorbo. Luego desaté la carpeta y comencé a revisar los expedientes. Mentiría si dijera que no me los sabía de memoria, pero en algo tenía que gastar las horas del viaje.
Arturo Prat Chacón, héroe de la guerra, el hombre que convirtió a la bella Lima en un cráter de cenizas de más de un kilómetro de diámetro. El verdugo de un millón de almas. Tras la guerra, el fin de su matrimonio lo convirtió en un obsesivo del trabajo. En 1883, aprovechando el rango de almirante que le dio la marina, en un ascenso más político que oficial, se hizo cargo del departamento de investigaciones oceánicas de la escuela naval. Personalmente gestionó los trabajos de modernización y transformación del Leviatán en un laboratorio móvil.
Construido en 1858 para la marina mercante británica, el Leviatán fue la última gran obra de Kingdom Brunel, quizás el más visionario de los ingeniero de la era del vapor. Con el nombre de Great Eastern, el buque fue el mayor de su tiempo y sólo al arribo de la metahulla sus dimensiones lograron ser superadas. En 1880, la nave fue comprada por la armada nacional para ser usada en pruebas de nuevas tecnologías. Renombrada Leviatán, tal como originalmente propuso el propio Brunel, el vapor fue reacondicionado para su nueva vida. Desmantelaron sus calderas, sus ruedas de paletas y sus mástiles. En su lugar se levantó un puente de observación, múltiples laboratorios, una cubierta para rotocópteros y una turbina doble que movía un sistema integrado de cuatro hélices en la popa. Prat fue comisionado a la nave en octubre de 1884 y a bordo de ella realizó una serie de cruceros que resultaron decisivos para el dominio y el entendimiento de los océanos por parte de nuestros hombres de mar. Suya es la responsabilidad y el mérito de la clasificación e identificación de los cachalotes albinos de la isla Mocha, la captura de una serpiente marina viva en el mar de Japón, el hallazgo de las ruinas de la Atlántida cerca de las Bermudas, el primer avistamiento de los gigantescos tiburones megalodones en el océano Indico y del mayor de los invertebrados, el kraken o calamar colosal antártico. Pero sin lugar a dudas que la expedición que puso a Prat y al Leviatán en los libros, y no precisamente en los de historia, fue el viaje polar de 1891.
Hace ya casi nueve años, el “bombardero del Perú” y sus hombres organizaron la conquista del polo sur por bandera chilena. Equipados con trineos y deslizadores especialmente diseñados, el almirante condujo al Leviatán a través del mar de Weddel. El casco de hierro reforzado y terminado en espolón del ex vapor británico, resultó especialmente útil para cortar el hielo flotante. Tras establecer la base de avanzada Lautaro 1, llamada así en honor a la sociedad secreta de la cual Prat siempre ha sido un reconocido integrante, la expedición se adentró hacia el corazón del continente helado. El 22 de abril de 1891, los noventa hombres de la avanzada se perdieron en medio de una tormenta blanca. Durante un mes, los treinta restantes, que permanecieron en Lautaro 1 y en el Leviatán buscaron a sus compañeros, sin éxito. El 1 de junio, la división aérea de la marina comisionó al portacópteros Valdivia, para realizar una búsqueda desde el aire. Arturo Prat y tres de sus hombres, fueron encontrados en un campamento cerca del monte Ulmer. Los sobrevivientes fueron trasladados a Punta Arenas, donde dos de los marineros se suicidaron y el otro escapó en un estado de total enajenación, siendo luego apresado y conducido al hospital mental de las fuerzas armadas, donde aún se encuentra recluido.
Tras dos meses en completo silencio, Prat decidió abrir la boca. Y lo hizo de la peor manera posible. En lugar de entrevistarse con sus superiores, llamó a una conferencia en la cual dio forma a un relato escalofriante, que más parecía un viaje a través de la mente de un lunático que a las memorias de un héroe de guerra. El almirante describió un valle antártico flanqueado por montañas imposibles, más altas que los Andes y el Himalaya, que desafiaban el cielo casi en línea recta. Pero no sólo eso, también anunció el descubrimiento de una serie de cavernas en cuyo interior descansaban las ruinas ciclópeas de una civilización anterior a la humanidad e intrínsecamente maligna, de acuerdo a sus propias palabras. Sostuvo además que en un arranque de curiosidad, sus hombres despertaron a unas espeluznantes criaturas en forma de estrella que los atacaron no sólo para matarlos, sin para devorarlos. Estos seres poseían la capacidad de apropiarse de la mente de sus víctimas para inducirlos a una locura absoluta. Los que no fueron asesinados por las estrellas, se dispararon entre si. Prat y sus lugartenientes alcanzaron a escapar, el resto se quedó encerrado al interior de aquellas montañas alucinantes, donde al parecer corrieron la más funesta de las suertes.
Fue la última aparición pública de Prat. La armada lo llamó a pronto retiro y le ordenó no volver a referirse a su aventura. Desde entonces, la extraña epopeya antártica del verdugo de Lima permanece en los anales de la anécdota. Para muchos un detalle curioso, nada más. Extraño es entonces, que un mero detalle, valga la redundancia, haya sido suficiente para hundir la carrera de un hombre que alguna vez fue admirado e idolatrado y que ahora no es más que un chiste de lo que fue.
–Sírvame otro ¬–le pedí al camarero, mientras sentía como el expreso se iba deteniendo antes de llegar a Chillán.

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5 Comentarios:

A la/s 7:11 p. m., Blogger juan Francisco dijo...

FO, soy un fanatico tuyo, leo a dario necesito pedir un favor, soy profesor en Rengo, profesor jefe de un primero básico, me toca el diario mural de mayo, como buen ñoño quiero publicar una foto de 1899, pra que los niños y los colegas lo conozcan...pero cuál es el favor podria publicar una foto donde salga Prat, en algo que evidencie esta historia retrofuturista, para publicarla en el diario mural
Gracias Ortega.....
paso a diario por tu blog
Juan Fco.

 
A la/s 7:16 p. m., Blogger F. Ortega dijo...

claro, apenas tenga una imagen reconocible y de calidad te la envio
dame tu mail

 
A la/s 12:58 p. m., Anonymous Pancho dijo...

esto se está poniendo jodidamente bueno a cada entrega...asi como estas ansioso por seguir narrando,los demás queremos seguir leyendo...COME, MARCHING IN!!!

 
A la/s 7:55 a. m., Blogger juan Francisco dijo...

Gracias Ortega...
Creeme que siento que Dios me contesto una pregunta
Aquí va mi mail.
juanfco.torres@gmail.com

 
A la/s 7:44 p. m., Blogger Unknown dijo...

La verdad que imagino que en esa época debían verse bastante difíciles las montañas para pasar. Si hoy en son visitadas por gente que quiere hacer trekking y va muy entrenada, me imagino en ese momento que la idea no era hacer un deporte, debían resultar bastante engorrosas. Dicen que en San Martin de los Andes tenían el mejor paso para el otro lado, mucha gente de la época iba para allá. Son las cosas históricas que uno se entera cuando va allá y visita museos. Son bastante informativos e interactivos la verdad!

 

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