FORTEGAVERSO

sábado, octubre 16, 2010

DIA 42... ASI COMIENZA




Primer capítulo de algo que viene. Eso no más.


Y OCURRIO el fin del mundo, pero no fue como todos decían, o creían, porque el fin del mundo sólo sucedió en el fin del mundo. Miro las caras de mis hijos y en su miedo se refleja lo que tenemos enfrente. Los resplandores, la oscuridad, el horror, el olor. El olor, ese olor. Todo tal cual nos imaginamos pero jamás creímos. Eso está cerca, eso viene hacia nosotros. Abrazo a mis pequeños y siento como tiemblan, no era el trato, no se suponía que los niños la pasaran mal. Recorro las costras de sus codos, los rasguños en sus caras, las líneas dibujadas por lágrimas sucias. ¿Hicimos algo mal o simplemente nos tocó la mala fortuna de estar vivos en el instante en que sonaran las trompetas? Las trompetas, esas prometidas trompetas que finalmente nadie escuchó.

–Quiero a mi mamá –llora Matías, el más chico de los dos.

–Tranquilo –lo estrecho contra mi cuerpo, sin despegar la visto de lo que avanza en la noche.

–¿Va a volver la mamá? –me pregunta entre sollozos.

Y no me queda más que mentirle.

Martita, su hermana, mi hija mayor, sabe que lo que acabo de decir es una mentira. Y me sonríe, no es necesario seguir llorando.

Nos abrazamos y sentimos el temblor.

En el fuego arderás, recuerdo...

Y no aguanto las ganas de reír.

Me río.

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lunes, abril 27, 2009

LA 4ª CARABELA (UN EXTRACTO)



“ENTONCES INSISTE en la tesis de que el general Augusto Pinochet aceptó liderar el golpe de estado de 1973 por orden de una sociedad secreta”
–Lo insisto –contesté en automático, con la cabeza en Marte, mientras abría una nota en el menú del teléfono para luego tipear: “título definitivo: La cuarta carabela”. Así, en cursivas, como siempre hago cuando tengo algo seguro.
–¿La logia Lautarina?
–Te lo acabo de responder –regresé a la entrevista–. Los procesos políticos más importantes en la historia de Hispanoamérica han sido guiados por los hilos de esta logia. Desde la independencia de nuestros países y el sueño bolivariano, pasando por los golpes de estado del siglo pasado, la revolución cubana, la misma Unidad Popular chilena y terminando en la reciente crisis venezolana, el Chernobyl brasileño y el alzamiento de las minorías indígenas de la Patagonia. Todo obedece a un plan cuidadosamente orquestado por un grupo cerrado del cual yo no he inventado nada, salvo investigar sus acciones.
–¿Y cual sería la gran finalidad de esta organización?
–Existen muchas –fui evasivo, tenía demasiadas cosas en la cabeza, volví a irme. Miré lo que acababa de escribir, cada segundo me gustaba más, estaba seguro que a Caeti, mi agente en español, un gallego gay anclado en una oficina decorada con afiches de Audrey Hepburn en Breakfast in Tiffany, Sabrina y Arianne, en el quinto piso de un exagerado edificio en Barcelona, la más exagerada de las ciudades del planeta, también lo compraría. Agregué una línea más a la nota: Colón, templarios, jesuita, Logia Lautarina, no necesitaba más, yo me entendía.
–Pero cual es la suya –siguió el interrogatorio.
¿La cuarta carabela o La 4ª carabela?, escribí en el teléfono. El concepto era el mismo, visualmente lo segundo funcionaba mejor en una portada: La 4ª…, me respondí. Ahora podía aterrizar.
–Adhiero a la idea de concretar el sueño de Bolívar y de Miranda –contesté– convertir Sudamérica en un gran estado conjunto, un país continente confederado.
–Como Estados Unidos.
–De hecho Francisco de Miranda hablaba de los Estados Unidos de Sudamérica.
El muchacho me quedó mirando y fue incapaz de obviar la sonrisa. Era la respuesta que esperaba desde que apareció en la pantalla de mi celular, llamando con insistencia desde Santiago de Chile. “En media hora más”, lo tramité, “voy a estar esperándote”.
Necesitaba una exclusiva de mi próximo libro, El signo de O´Higgins (no pensaba decirle que acababa de cambiar el nombre de la novela), y saber como me estaba yendo en Shanghai, en el rodaje de La catedral Antártica.
Lo último era lo más importante.
Es el precio de haberme convertido –con un solo libro, La catedral Antártica (el primero no cuenta y el segundo, El número Kaifman, mejor ni mencionarlo)– en el escritor latinoamericano más exitoso de la década, en el apellido más odiado por la comunidad literaria regional y en millonario a punta de inventar historias tan fáciles de leer como comer una hamburguesa del McDonald. Si, soy pedante, pero no porque quiera serlo, sino porque así lo planeó el delicado manual de instrucciones redactado por Caeti y confirmado por mis editores en Nueva York y Madrid,
Desde que mi libro se convirtió en éxito internacional y Robert Zemeckis decidió llevarla al cine con Orlando Bloom en el rol protagónico y Steven Spielberg liderando a los productores, soy más noticioso que mis propias obras.
Mentiría si dijera que no me gusta. La 4ª carabela seguía mirándome con sus 15 caracteres con espacio desde la superficie amarilla de la nota virtual.
–Señor Buchman– me habló el periodista, sin mirarme a los ojos.
–Francisco– lo corregí, acercándome a propósito a la cámara oculta tras la superficie de cristal líquido del celular– llámame Francisco, somos compatriotas, algo de cercanía tenemos.
–Aunque hace más de seis años que no vive en Chile.
–El origen no se pierde.
–Ni haya vuelto a pisar suelo chileno.
–Nunca me gustó moverme, ni siquiera cuando vivía allá. Ahora casi no salgo de Los Angeles. Lo de Shanghai es una situación extraordinaria.
–Algunos dicen que esa ausencia tiene que ver con el poco éxito y el posterior escándalo de El número Kaifman.
–De eso ya ha pasado mucho tiempo.
Se quedó callado, en la ventana de su cámara lo percibí incómodo, como buscando en sus notas la pregunta justa para continuar la entrevista.
–Si prefieres tutéame –le propuse.
–Prefiero el usted, mantiene distancia con el entrevistado.
Y es tan obvio que hace menos de dos años que salió de la universidad. Ese límite de alumno estrella es tan típico de los recién egresados, apostaría a que es de la Católica.
–¿En qué universidad estudiaste? –le pregunté.
–En la Católica –contestó, sin dejar de verificar sus apuntes. Cristalino, como el agua.
–Yo también –le respondí.
–Lo sé –pronunció muy seguro de si mismo, luego respiró profundo, volvió a mirar su móvil e insistió con el tema: –¿Cuál es su último recuerdo de Santiago?
–Un recital de REM a inicios de noviembre del año en que me mudé a Los Angeles.
–¿Un buen show?
–Ni tan bueno, pero lo recuerdo porque afuera me robaron el auto.
–Leí que usted no manejaba.
–No manejo. El auto era de mi mujer.
–Ex mujer.
–Ella siempre será mi mujer.
Volvió a quedarse callado, nuevamente a perder el orden de sus apuntes.
–Entonces puedo llamarlo Francisco– improvisó, mientras mentalmente continuaba su búsqueda. A su edad yo también hacía lo mismo.
–Claro, además Buchman a secas me recuerda mis tiempos de colegio.
Le tiré un anzuelo y él lo tomó. Como adoro a mi agente.
–¿Lo pasó muy mal en el colegio?
Y le doy la respuesta que necesita. Que requiere para extenderse acerca de mi vida. Mi inusual carrera, mis supuestos amores y el dato sabroso de ser hijo de una ex monja y un pastor evangélico de origen judío, la mezcla genética más deliciosa y precisa para engendrar a un tipo que ha hecho fortuna a través de escribir de conspiraciones religiosas y santos que no existen.
–La comunidad literaria chilena lo odia.
–No sé si es odio, tampoco si hay lo que llamas comundidad. Además Isabel Allende me adora.
–¿Se lleva bien con ella?
–No sé si a nivel de amigos, pero hay respeto, camaradería y admiración.
–¿Mutua? –fue tal como pensé, dejé admiración en cursiva para ver si nuevamente picaba. Lo hizo y lo repito, el muchacho hace bien sus tareas.
–Mutua
Un mensaje pendiente apareció en la bandeja de entrada. El remitente era la oficina de Caeti y el asunto, una respuesta al correo que le había enviado hace dos días: “Primer capítulo”. Lo abrí y mientras respondía, como muerto en vida las siguientes preguntas de la entrevista, seguí las escuetas líneas del catalán que estaba haciéndose millonario con mi nombre y apellido. “Deberías dejar de hablar de un libro del que no tienes ni cincuenta páginas escritas. Y del cual, yo, como tu agente, aun tengo dudas. Whatever… Revisé lo que me mandaste, en Chile te van a odiar por tratar a un puto padre de la patria de pedófilo y maricón, pero los maricones venden. Y harto. No lo sabré yo. Te concedo ese beneficio. Pero necesitamos hablar del resto. ¿Perú? ¿Por qué coño debe empezar en Perú? A nadie le interesa Perú, ni a los peruanos, hasta Vargas Llosa dejó de escribir de Perú. Voy a llamarte en unas tres horas. Una cosa más, odio el título, olvídate de O´Higgins, en Europa y EE UU no lo conoce nadie. Entiende esto, en el resto del mundo tu país de mierda sólo es conocido por Pinochet y Allende, usa uno de esos nombres, no otro. El signo Pinochet, hasta suena bien. Caeti”.
Cerré la ventana del correo, volví a mirar La 4ª carabela y sonreí, podría apostar mi casa en Malibu a que Caeti iba a amar el título.
–¿Conoció a Dan Darrow? –prosiguió mi entrevistador, mientras yo expandía su ventana a formato pantalla completa.
–Estuvimos juntos un par de veces en Los Angeles. Compartíamos el mismo agente de derechos cinematográficos.
–A usted lo llaman el Dan Darrow latinoamericano.
–Y a Javier Salvo-Otazo, el Dan Darrow español. El mundo está lleno de Dan Darrows…
–No eran amigos.
–No, pero la relación era buena. Dan era un sujeto agradable, además le gustó mucho La catedral Antártica. De hecho fue él quien, en una entrevista, impulsó a que el libro fuera comprado por Dreamworks.
–Entonces es cierta esa historia.
–Nunca he dicho que no lo sea. Tengo claro que fue gracias a Dan Darrow que mi novela se convirtió en éxito de ventas y luego en una superproducción hollywoodense. Se lo agradecí en la oportunidad y se lo sigo agradeciendo, siempre lo voy a hacer.

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jueves, abril 23, 2009

EXTRACTO DE 1899


Este es un capítulo de 1899, novela corta inédita que se está convirtiendo en novela gráfica, cómic o album, como prefieran. Gentileza del gran Michel Ripetti y la gente de Mythica. Sorry por lo reiterativo, pero estoy a full entusiasmado. Y el guion avanza a pasos agigantados. Puro retrofuturo.


Capítulo 3 En las montañas de la locura

UN VETERANO DE GUERRA pedía limosna bajo los arcos de una de las entradas de la Estación Central de Concepción. A pesar de la victoria, hay una deuda pendiente con estos individuos. Cojos, tuertos, sordos, inválidos abandonados por un país que se acostumbró demasiado al éxito. La mayoría pelearon en la sierra peruana, algunos participaron del primer asedio a Lima, antes del bombardeo. Sus daños, más que por las balas enemigas, fueron producto de nuestra inexperiencia con la metahulla. El que estaba sentado al ingreso del terminal pedía dinero para comer. Un cartel sobre su cabeza lo identificaba como tripulante del Magallanes, perraje del que la marina no quiso hacerse cargo. Algunos transeúntes le arrojaban monedas, otros (la mayoría) ni siquiera lo miraban. Me metí una mano al bolsillo y le tiré un par de billetes.
–Gracias, señor –me dijo.
–También estuve con los navales –le conté.
–¿En qué vapor, señor?
–En ninguno, yo era de los que volaba.
No me respondió. Miró hacia el frente, hacia la calle copada de móviles y continuó gritando. Fue como si yo hubiera dejado de existir para él. Agarré mis bolsos e ingresé a la estación, apurando el paso hacia los andenes, ubicados en el nivel superior de la barroca construcción circular, que imitaba una catedral bizantina en sus detalles pictóricos de la cúpula, una bóveda de más de 100 metros de diámetro que lucía un fresco con la historia de la revolución industrial chilena. Mineros del carbón, la gran explosión, un resplandor verde, un pueblo que se convierte en ciudad, trenes y barcos que abandonan el suelo y el mar para superar los límites celestiales. Y en la parte más alta, una cohete balístico con la bandera chilena y tres cosmonautas posándose sobre la Luna. Prometieron llevarnos allá antes de 1910. Tenemos los medios y los recursos, sólo nos faltan los valientes.
Un aerocarril piteó al salir por uno de los túneles del circuito sur de la línea. El
carro guía, al frente, con su morro en forma de bala se adelantaba sobre los ocho vagones de pasajeros que colgaban balanceándose del único riel. Y al final, tras el comedor, la locomotora propulsaba el convoy con sus gigantescas hélices contrarrotatorias enjauladas en un tubo que encausaba el chorro impulsor a las distintas necesidades de velocidad del tren. El locutor de la estación anunció que el expreso de las diez de la noche, con destino a Santiago, ya se encontraba ubicado en el andén número siete.

YGRIEGA era alta y espigada. Delgada como el esqueleto de una momia egipcia y brillante como plata recién pulida. Estaba suficientemente familiarizado con los números como para inferir que era un modelo nuevo, con apenas un par de años, sino menos, de servicio. La gente trataba de no circular cerca de ella, el temor a los supuestos gases venenosos que emanaban de las articulaciones de los seres artificiales aún estaba presente en la mayoría, por mucho que técnicos y hombres de ciencia lo hayan negado.
Cuando la descubrí, mi compañera estaba parada junto a la puerta de ingreso al tercer vagón del expreso, buscándome entre la multitud que corría por los andenes. Noté que me identificó por la forma en que clavó sus ópticas en mis ojos. Juraría que incluso sonrió, pero eso era imposible. Tomó sus bolsos y vino a mi encuentro.
–Inspector Uribe –me saludó.
–Igriega, supongo.
–Supone bien, señor –moduló con su voz sin forma ni acento, suma de cifras, una más fría que la otra, imitando algo parecido a la humanidad.
–¿Tiene mi pasaje?
–Aquí está –me pasó el boleto, largo y plegado, con el logo de la empresa timbrado en bajorrelieve. Llevaba el asiento 54.
–Es fila única, supongo.
–Supone bien –repitió ella.
Y sin esperar ni agregar otra frase, trepé al carro buscando mi lugar al interior de este. Igriega se ubicó en el puesto delante mío y echó hacia atrás el respaldo, como si se preparara a dormir.
A las diez con un minuto, la bocina del carro guía anunció que comenzábamos el viaje. Sentí como los frenos se soltaban y comenzaba el delicado balanceo del tren al deslizarse bajo el tubo de metal. Tras el primer impulso, el rugido de los propulsores y luego el despegue, por sobre Concepción hacia Santiago, la sucia urbe en el centro del país, que aún insistía en regir los destinos de una patria que en el sur le llevaba cada vez más años de ventaja.
–Deberíamos estar llegando como a las dos de la mañana –habló Igriega, volteándose hacia mí.
–Si, alrededor de esa hora.
–También tengo las reservas del hotel. ¿Quiere la suya?
–Guárdelas usted, cuando lleguemos se la pediré.
–Como usted mande, inspector. ¿Puedo hacerle una pregunta?
–Por favor Igriega, mantenga silencio, necesito revisar unos papeles. En Santiago hablaremos todo lo que usted quiera. Ahora, prefiero que no me moleste.
–Si usted así lo gusta.
–Si, así lo gusto.
El expreso atravesó las grandes torres del condómino Arauco, chirriando a través de los túneles abiertos en el nivel veintisiete de los rascacielos trillizos. Después tomó la ruta que continuaba la rivera del Biobío, pasando bajo el sistema de viaductos de San Pedro, para ir acelerando hacia el este, cogiendo las rectas hacia la intersección con las líneas del centro, norte y sur. El conductor que cortó los boletos, nos anunció que se realizarían sólo dos paradas cortas para recoger pasajeros. La primera en la estación de Chillán y la segunda en Talca.
Otro aerocarril me asustó al pasar por el riel continuo a más de doscientos kilómetros por hora. No sé como aún finjo que puedo dormir. Junté los papeles que había traído desde el despacho y me levanté para ir al coche comedor. Igriega me siguió con la mirada, pero no intentó acompañarme. Levantó sus ópticos color azul casi transparente y volvió a mirar hacia la noche.

PEDI UN TRAGO CORTO y busqué el lugar más apartado del bar. No había mucha gente en el vagón. Un par de mujeres con mucho maquillaje, un hombre de negocios y una pareja que se besaba tras una de las mesas. Tomé el vaso y lo acabé de un solo sorbo. Luego desaté la carpeta y comencé a revisar los expedientes. Mentiría si dijera que no me los sabía de memoria, pero en algo tenía que gastar las horas del viaje.
Arturo Prat Chacón, héroe de la guerra, el hombre que convirtió a la bella Lima en un cráter de cenizas de más de un kilómetro de diámetro. El verdugo de un millón de almas. Tras la guerra, el fin de su matrimonio lo convirtió en un obsesivo del trabajo. En 1883, aprovechando el rango de almirante que le dio la marina, en un ascenso más político que oficial, se hizo cargo del departamento de investigaciones oceánicas de la escuela naval. Personalmente gestionó los trabajos de modernización y transformación del Leviatán en un laboratorio móvil.
Construido en 1858 para la marina mercante británica, el Leviatán fue la última gran obra de Kingdom Brunel, quizás el más visionario de los ingeniero de la era del vapor. Con el nombre de Great Eastern, el buque fue el mayor de su tiempo y sólo al arribo de la metahulla sus dimensiones lograron ser superadas. En 1880, la nave fue comprada por la armada nacional para ser usada en pruebas de nuevas tecnologías. Renombrada Leviatán, tal como originalmente propuso el propio Brunel, el vapor fue reacondicionado para su nueva vida. Desmantelaron sus calderas, sus ruedas de paletas y sus mástiles. En su lugar se levantó un puente de observación, múltiples laboratorios, una cubierta para rotocópteros y una turbina doble que movía un sistema integrado de cuatro hélices en la popa. Prat fue comisionado a la nave en octubre de 1884 y a bordo de ella realizó una serie de cruceros que resultaron decisivos para el dominio y el entendimiento de los océanos por parte de nuestros hombres de mar. Suya es la responsabilidad y el mérito de la clasificación e identificación de los cachalotes albinos de la isla Mocha, la captura de una serpiente marina viva en el mar de Japón, el hallazgo de las ruinas de la Atlántida cerca de las Bermudas, el primer avistamiento de los gigantescos tiburones megalodones en el océano Indico y del mayor de los invertebrados, el kraken o calamar colosal antártico. Pero sin lugar a dudas que la expedición que puso a Prat y al Leviatán en los libros, y no precisamente en los de historia, fue el viaje polar de 1891.
Hace ya casi nueve años, el “bombardero del Perú” y sus hombres organizaron la conquista del polo sur por bandera chilena. Equipados con trineos y deslizadores especialmente diseñados, el almirante condujo al Leviatán a través del mar de Weddel. El casco de hierro reforzado y terminado en espolón del ex vapor británico, resultó especialmente útil para cortar el hielo flotante. Tras establecer la base de avanzada Lautaro 1, llamada así en honor a la sociedad secreta de la cual Prat siempre ha sido un reconocido integrante, la expedición se adentró hacia el corazón del continente helado. El 22 de abril de 1891, los noventa hombres de la avanzada se perdieron en medio de una tormenta blanca. Durante un mes, los treinta restantes, que permanecieron en Lautaro 1 y en el Leviatán buscaron a sus compañeros, sin éxito. El 1 de junio, la división aérea de la marina comisionó al portacópteros Valdivia, para realizar una búsqueda desde el aire. Arturo Prat y tres de sus hombres, fueron encontrados en un campamento cerca del monte Ulmer. Los sobrevivientes fueron trasladados a Punta Arenas, donde dos de los marineros se suicidaron y el otro escapó en un estado de total enajenación, siendo luego apresado y conducido al hospital mental de las fuerzas armadas, donde aún se encuentra recluido.
Tras dos meses en completo silencio, Prat decidió abrir la boca. Y lo hizo de la peor manera posible. En lugar de entrevistarse con sus superiores, llamó a una conferencia en la cual dio forma a un relato escalofriante, que más parecía un viaje a través de la mente de un lunático que a las memorias de un héroe de guerra. El almirante describió un valle antártico flanqueado por montañas imposibles, más altas que los Andes y el Himalaya, que desafiaban el cielo casi en línea recta. Pero no sólo eso, también anunció el descubrimiento de una serie de cavernas en cuyo interior descansaban las ruinas ciclópeas de una civilización anterior a la humanidad e intrínsecamente maligna, de acuerdo a sus propias palabras. Sostuvo además que en un arranque de curiosidad, sus hombres despertaron a unas espeluznantes criaturas en forma de estrella que los atacaron no sólo para matarlos, sin para devorarlos. Estos seres poseían la capacidad de apropiarse de la mente de sus víctimas para inducirlos a una locura absoluta. Los que no fueron asesinados por las estrellas, se dispararon entre si. Prat y sus lugartenientes alcanzaron a escapar, el resto se quedó encerrado al interior de aquellas montañas alucinantes, donde al parecer corrieron la más funesta de las suertes.
Fue la última aparición pública de Prat. La armada lo llamó a pronto retiro y le ordenó no volver a referirse a su aventura. Desde entonces, la extraña epopeya antártica del verdugo de Lima permanece en los anales de la anécdota. Para muchos un detalle curioso, nada más. Extraño es entonces, que un mero detalle, valga la redundancia, haya sido suficiente para hundir la carrera de un hombre que alguna vez fue admirado e idolatrado y que ahora no es más que un chiste de lo que fue.
–Sírvame otro ¬–le pedí al camarero, mientras sentía como el expreso se iba deteniendo antes de llegar a Chillán.

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viernes, abril 17, 2009

"1899": ASI AVANZA EL COMIC


Estos son dos muestras de las pruebas de Michel Ripetti, el ilustrador de Mythica que se hará cargo del arte y los lápices de 1899. Novela gráfica que esperemos esté en librerías a fines de año. El primer sketch es de la visión alternativa y retrofuturista de Concepción y el segundo es un retrato del Comisario Luis Uribe de la Metropolitana Penquista. ¿De qué trata 1899? Este es un resumen:


"El 21 de mayo de 1879, Grau llega a Iquique con el Huascar y la Independencia a romper el bloqueo chileno, pero encuentra a la Esmeralda y a la Covadonga abandonadas. Cuando se preparan a escapar de lo que evidentemente es una trampa, desciende del cielo el Blindado Cochrane convertido en una "aeronave" y capitaneada por Carlos Condell, cambiando la historia que conocemos para siempre. Es el inicio de la edad de la Metahulla. Descubrimos que a fines de 1860 un terremoto hundió el golfo de Arauco poniendo a la luz, bajo los yacimientos de carbón o hulla un nuevo tipo de mineral altamente energético que es capaz de producir armas de destrucción masiva, elevar barcos, impulsar redes de comunicación y el añorado movimiento perpetuo. El profesor ingles Joseph Cavor la bautiza como Metahulla y gracias a ella Chile gana la guerra del 79 en un par de meses, tras destruir Lima con una bomba de metahulla, acción que convirtió a Arturo Prat en el hombre más odiado de latinoamerica.

Es 1899 y Chile se ha transformado en una potencia, administrador político de las republicas unidas de la Patagonia y el Perú, rivales de Inglaterra y Alemania incluso. La Metahulla nos ha convertido en dueños del mundo. Pero algo no esta bien. Extraños atenntados se vienen sucediendo contra todo lo que tenga que ver con tecnología metahullana y Luis Uribe, detective de la metropolitana de Concepción es enviado por Leonora Latorre, Directora de Inteligencia a investigar el caso, donde la figura de un enajenado Arturo Prat parece ser clave. Uribe, quien debió estar en la Esmeralda en 1879 lleva un tiempo soñando con otra realidad, un mundo paralelo donde las cosas son muy distintas, sin embargo estas pesadillas no le impedirán cumplir con su deber. Acompañado por Ygriega, una NUMERO (robot femenino impulsado por gas de Metahulla) viajará por Chile juntando piezas que incluyen a Prat, Condell y a Grau convertido en un cyborg de vapor, desterrado por su Perú natal en lo que queda del Huascar...

"En el entreacto Uribe descubrirá que la locura de Prat se relaciona con algo que le ocurrió en la Antartica a mediados de 1880, cuando la expedicion polar que el encabezó descubrió algo innombrable en un valle flanquedo por montañas extrañas, alucinantes, montañas de la locura. Y en Concepción, la Directora Latorre tratará de revelar el enigma del Demeter, buque de bandera hungara que zarpó de varna en 1897 con destino a Londres pero que ha encayado cerca de Lota con toda la tripulación muerta..."

Acá un extracto del guión

PAG 1/1899/ORTEGA Y RIPETTI

PAGINA IMPAR, COMPLETA Y LIMPIA, SOLO SE LEE LA SIGUIENTE FRASE JUSTIFICADA A LA DERECHA

Su existencia era por tanto evidente,
el hecho en si no podía negarse,
y la emoción producida en el mundo entero
por tan sobrenatural descubrimiento
resultaba más que comprensible…
Julio Verne



PAG 2/1899/ORTEGA Y RIPETTI

A-B : VIÑETA APAISADA
Día, muy temprano en la mañana. Luz de sol otoñal. Horizonte de mar. Un bruma pesada lo cubre todo. No se ve la costa. Todo es un mar muy calmo y nubes bajas. Algunas aves marinas aletean sobre el nublado. Debe dar sensación de soledad

1 CARTUCHO
Iquique, 21 de mayo de 1879.

2 CARTUCHO
90 minutos después de la salida del sol
__________________________________________


C-D : VIÑETA APAISADA
Primer plano del Huáscar, monitor blindado del Perú, visto desde el frente, con el espolón en forma de cuchillo en primer plano (buscar en Google referencia: HUASCAR 1879, para ver como era esta nave en la época, muy distinta a su actual aspecto en Talcahuano). Debe notarse velocidad y fuerza. Es una maravilla de la ingeniería de la época. Un cuchillo que corta las olas de ese mar frío y otoñal. Lo vemos en un PRIMERISIMO PLANO, como si el buque viniera hacia el lector.

3 CARTUCHO
Monitor Huáscar, orgullo de la marina del Perú.

_______________________

E : VIÑETA REGULAR
El PRIMER OFICIAL del Huáscar. Un hombre joven, de unos 30 años, bigote bien recortado y gorra marinera se asoma en el balcón del puente de mando del acorazado y grita hacia arriba, hacia el palo del vigía. El plano de esta viñeta es cenital, como si nosotros estuviéramos mirando hacia abajo, desde la cofa del vigía y el PRIMER OFICIAL nos gritara desde la cubierta.

4 PRIMER OFICIAL
¡¡¡¿Qué hay?!!!

–––––––––––––––––––––––

F : VIÑETA REGULAR
Desde lo alto de la cofa del palo frontal del Huáscar, el VIGIA, un muchacho muy joven, no mayor de 20 años, responde sin dejar de mirar al horizonte. Usa un catalejo dorado y metálico. Lo vemos mirando al frente, hacia el nublado de la costa. Nota: En la cofa, junto al vigía hay una ametralladora manual.

5 VIGIA
Nada señor, el horizonte sigue más muerto que la muerte.

PAG 3/1899/ORTEGA Y RIPETTI

A : VIÑETA REGULAR
Primer plano del joven VIGIA. Mira por el catalejo hacia el frente, hacia donde estamos nosotros. Y su cara se ve sorprendida, como si hubiese descubierto ALGO, como si al fin el nublado hubiera revelado una sorpresa.

1 VIGIA
Un momento señor… Espere

__________

B : VIÑETA REGULAR
Y vemos lo que vio el VIGIA. Dentro de la turbiedad de la neblina se distinguen las siluetas de dos buques de guerra, ambas corbetas de 3 palos. Solo vemos las formas, muy poco nítidas, nebulosas. La voz del VIGIA aparece fuera de cuadro (FC), en off.

2 VIGIA (FC)
Barcos al frente, en la niebla. Dos corbetas señor, ambas de tres palos…

––––––––––––––

C : VIÑETA REGULAR
MIGUEL GRAU, capitán del Huáscar está sentado en el puente, tras el timonel (un marinero de 25 años, pelirrojo y de barba a lo Abraham Lincoln), leyendo algo parecido a un informe. Su mirada está fija en los papeles, extremadamente concentrado. Es un hombre majestuoso, de porte impactante, de importancia. El PRIMER OFICIAL se asoma al puente y le da la alerta a su comandante.

3 PRIMER OFICIAL
Señor, disculpe, pero avistamos el bloqueo chileno. Son solo dos naves, mi capitán.

¬¬¬––––––––––––––––

D : VIÑETA REGULAR
Primer plano de GRAU en la borda de su nave, tiene un catalejo sobre el ojo derecho. Detrás y en segundo plano, está el PRIMER OFICIAL. Más atrás se ven tripulantes del Huascar.

4 GRAU
Tres palos, corbetas con aparejo de bergantín: La Esmeralda y la Covadonga, las naves de Prat. ¿Dónde demonios esta el Lamar?

5 PRIMER OFICIAL
Tal vez nuestros espías se equivocaron, señor.

6 GRAU
Nuestros espías no se equivocan, teniente.

––––––––––––––

E : VIÑETA REGULAR
Primer plano de GRAU, muy detallado en su expresión. El capitán se ve preocupado, como adivinando que algo no anda bien.

7 GRAU
A media marcha, cuando estemos a distancia de tiro aumente a dos cuartos.

8 GRAU
Carguen la batería principal

9 GRAU
Y avisen a la Independencia que nos cubra. Hay algo raro, señores, algo que no encaja por ninguna parte.


F : VIÑETA REGULAR
Vista de la Independencia, la nave compañera del Huáscar. Fragata Blindada de tres palos, fuertemente armada. Dejo al criterio del dibujante el plano de como vemos el buque. Muy importante es que debe apreciarse en TODO su esplendor. Buscar referencias gráficas en google con el tag: FRAGATA INDEPENDENCIA 1879.

10 CARTUCHO
Fragata Acorazada Independencia, escolta del Huáscar.

11 CARTUCHO
Insignia de la Marina del Perú, era incluso más fuerte que el Huáscar. Se lo consideraba la nave más poderosa de toda la cuenca del Pacífico.




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domingo, enero 25, 2009

NOVELA (AHORA CON NOMBRE. VERSION 2.0) V PARTE




Entregas previas

El muchacho también llamado Lorencito Carpio no supo que contestar, como reaccionar.
–Pero debes estar tranquilo –prosiguió la mujer –tu señor me advirtió que no te gustaba El Callao. Pronto volverás a La Ciudad de los Reyes con mi gente, pero antes debes completar una tarea para mí.
–Usted dirá –obedeció nervioso.
–Así me gusta Magallanes. Dime muchacho, ¿qué te contó O´Higgins de la Logia?
–Sólo que eran un grupo de amigos con un causa en común.
–¿Y cual sería esa causa, mi estimado?
–El decía que la libertad de América, misiá.
–Por supuesto, la libertad de América, hasta hermoso se oye. ¿Y tú qué crees?
–¿De qué tengo que creer, mi señora?
–De este propósito del cual me hablas, Magallanes.
–Yo no sé mucho, mi señora.
–Oh, claro, por supuesto, que no sabes mucho. Pero don Bernardo te inició en los ritos. No puedes mentirme, él mismo me lo confesó.
Magallanes bajó la cabeza.
–Dime, muchacho, ¿amabas a tu señor?
Magallanes no respondió
–Pero claro que lo amabas, como sólo un hombre puede amar a otro hombre. Como sólo los unidos bajo un propósito mayor pueden amarse. ¿Cuántos años tenías cuando se hizo uno contigo?
Magallanes no respondió.
–Haz de haber sido muy joven. ¿Y la última vez que compartieron lecho? Confiésame Magallanes, ¿fue la noche en que te entregó mi encargo? ¿Tuvo fuerzas para olvidar la enfermedad y estar una vez más con su chiquillo?
Magallanes no respondió.
–Está bien, mi pequeño, entiendo que mis palabras te avergüencen, pero pronto aprenderás que todo es parte de una buena máquina. Y que tu señor también te amaba, lo suficiente como para regalarte un pasaje al porvenir. Discúlpame nuevamente, Magallanes, no fue mi intensión ser grosera. Ahora, ¿te parece que veamos el otro obsequió que tu patrón envió contigo?
Magallanes levantó la mirada pero no emitió palabra. La señora tomó un cuchillo usado para abrir cartas y con el mango quebró el timbre de cera. Hizo un comentario acerca de la bandera que O´Higgins había dibujado sobre el sello, después revanó el papel con el filo de la navaja y sacó las dos cartas que venían en el interior. Miró uno de los mensajes y sonrió, luego desplegó el otro y le dijo al muchacho:
–La orden de tu propiedad, mi niño.
Magallanes no respondió.
La señora volvió a tomar el cuchillo y cortó las ataduras y papeles que forraban el paquete mayor. Luego desenrrolló sobre la mesa un objeto alargado y terminado en punta que venía protegido con ropas y trapos viejos. A medida que la mujer fue deshaciendo las telas, el objeto adquirió forma. Una vaina con un sable que Magallanes conocía muy bien, la empuñadura dorada y el león estilizado alrededor del nacimiento de la hoja.
–¿Qué sucede Magallanes? –le preguntó la señora.
–Es el sable de don Bernardo –dijo el muchacho –pero no puede ser, yo mismo se lo llevé hasta el lecho de muerte.
–Me temo mi niño, que aquel no era su sable, Al menos no su verdadero sable. Tu patrón mandó a hacer una réplica para que lo acompañara en su muerte. El verdadero, éste que tengo en mi poder, debía de pasar a la Logia cuando el barquero viniera a buscarlo.
–¿El barquero?
–El huacho nunca te contó esa historia. Es bueno que no te lo haya hecho, así el resto de nosotros puede enseñártela.
–¿Tiene que ver con la muerte, mi señora?
–En verdad eres inteligente, joven Magallanes. El huacho hizo bien en escogerte.
El criado torció la mirada. Siempre lo hacía cuando escuchaba la palabra huacho, no le gustaba que nombraran así a su patrón.
–No te gusta que lo llame así, verdad. Piensas que es una falta de respeto hacia su persona, pero no tienes de qué preocuparte, mi joven Magallanes. Don Bernardo estaba acostumbrado a que lo nombraran así. Era una licencia que le daba a sus amigos y enemigos, en especial a sus amigos. ¿Sabes por qué lo llamaban de ese modo?
–Todos lo saben, mi señora. Su padre, el virrey, no lo quiso reconocer.
–No es tan así, mi querido Magallanes. Lo llamaban huacho porque no tuvo padre, porque tu patrón nació sin padre de por medio.
Magallanes no respondió.
–Oh, por supuesto, claro que no entiendes mis palabras. ¿Quieres ver lo que me escribió en la otra carta? Toma, leela por favor, sé que sabes hacerlo.
Magallanes se puso de pie y caminó hasta el lado de la señora. Con la luz de las antorchas golpeandola de lado, el rostro de la dama parecía perder su juventud convirtiéndose en cada movimiento de las llamas en el retrato anciano de una mujer de edad cada vez más avanzada.
–Léela –le insistió.
Magallanes agarró el papel, lo desplegó y siguió la única línea que estaba escrita en él. Miró a la mujer, ella le sonrió y al hacerlo pareció recuperar su juventud.
–En voz alta, si te parece –le pidió.
Y Magallanes obedeció.
–Ustedes nunca sabran quienes somos –leyó, sin comprender ninguna de las cinco palabras que acaba de pronunciar.
–Oh, si, por supuesto –respondió la mujer –ahora tenemos mucho que enseñarte. Pero antes necesito que me hagas un favor.
–Usted dígame.
La dama volvió a sonreír y puso sobre la mesa una daga curva, larga y plateada, en cuyo mango se repetía el talle de la estrella, el círculo y el triángulo.
–Mañana regresarás a Lima, ni niño. Lleva esta daga y saca con ella los ojos del cadáver de tu patrón. Luego mandaré a buscarte. A ti y a los ojos del huacho.

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domingo, diciembre 28, 2008

NOVELA (SIN NOMBRE. VERSION 2.0) IV PARTE...




Entrega previa

–La señora Rosa pensaba que don Bernardo se nos iba a ir anoche, así que pidió que preparáramos todo para su partida. Como a las doce me mandaron a buscar a un señor cura para que lo despidiera. Fue segunda vez que le dieron la extremaunción.
–Idea de doña Rosa, puedo imaginarlo –lo interrumpió –pero sigue por favor, mis oídos están atentos a tu historia. Infiero por tus palabras que entonces don Bernardo no murió anoche.
–Todas las mujeres de la casa lloraron, uno de los esclavos dice incluso que escuchó aullar a los perros, pero yo, misia, puedo jurarle que no escuché nada.
–Hace tiempo que los perros ya no despiden a los muertos –murmuró la dama.
–¿Dijo algo mi señora?
–No he dicho nada, joven Magallanes. Si eres tan gentil.
–Como le estaba relatando, anoche don Bernardo no murió. Los dolores lo hicieron desfallecer y sus quejidos fueron más intensos que noches anteriores, pero la parca no vino a buscarlo. Por la mañana despertó temprano e incluso se levantó a recibir un mensaje que le trajeron desde Chile. Ignoro el contenido de la carta, pero le mejoró bastante el ánimo, incluso lo escuché reir y doña Rosa contó que había estado hablando de un pronto regreso a sus tierras. Sucedió, poco antes del mediodía, pidió que lo llevaran nuevamente a su cama. Se acostó, cerró los ojos y se quedó largo rato en silencio, rodeado de su hermana y otras mujeres de la casa. Misia Rosa mandó incluso a traer unas monedas que el cura había santificado, para cubrirle los ojos. Pero de pronto el patrón despertó y pronunció mi nombre. Fueron a buscarme, avisando que don Bernardo me llamaba. Me acerqué a su lecho y esperé su ordenanza. Tomó mi mano derecha con fuerza y me pidió que le trajera su sable y un hábito de monje franciscano que tenía guardado en un ropero.
–De monje franciscano, guardado en un ropero –repitió la mujer–. El huacho nunca paró de sorprenderme.
Magallanes se quedó en silencio, mirándola. Ella parecía perdida, con la mirada fija en algún punto alto de la bóveda. Con los ojos más acostumbrados a la oscuridad y a la tenue luz de las antorchas, el muchacho descubrió que el curvado techo de la estancia estaba decorado con estrellas y constelaciones del zodiaco. En mitad del todo, destacaba enorme, la forma de Orion, el arquero. La misma que de niño le habían enseñado a identificar como las tres Marías y sus hermanas. Pero don Bernardo le reveló, tiempo después, que las tres estrellas hermanas eran en realidad el cinturón del cazador. Volvió a mirar a su anfitriona y se encontró con sus ojos celestes y grandes, clavados en los suyos. Eran intensos y profundos, atemorizantes como la mirada de yeso de la estatua de un santo. La dama alargó su mano derecha y trazando unos círculos en el aire le indicó que prosiguiera.
–Le traje al patrón lo que me había pedido, luego él le indicó a su hermana que lo vistiera con el traje del monje. Dijo que era el uniforme de Dios…
–Y después.
–Después doña Rosa me expulsó de la habitación, dijo que era lugar sólo para la familia. Ignoro lo que habrá sucedido entonces, sólo que a la hora más o menos, supimos que el señor había muerto.
–El huacho está muerto –reiteró la mujer.
–Perdón, mi señora.
–Que el huacho está muerto. A estas alturas ya casi toda Lima y parte de Santiago deben haberse enterado. Las noticias, en especial cuando son malas, vuelan como almas en el viento.
Magallanes no respondió y se quedó mirando la imagen pintada en medio de la mesa redonda, nuevamente la estrella y sus geométricos acompañantes. La mujer notó donde estaba puesta su atención y le dijo:
–¿Sabes lo que es, verdad?
–Mi señor me lo enseñó.
–¿Y que fue lo que te enseñó tu señor?
–Que la estrella era el hombre, el círculo la razón y el triángulo invertido la idea.
–Debo decir que aprendiste bien, hermoso pupilo. Otra pregunta, ¿sabes porque tu señor te llamaba Magallanes?
–Decía que le recordaba un amigo del sur, que le resultaba más fácil que Lorencito.
–Astuto tu patrón, pero no fue así mi pequeño, él te nombró Magallanes, porque yo le indiqué que lo hiciera. Magallanes, la patagonia, sabes niño que allá en el sur duerme el futuro de todo lo que podemos ver y sentir. Claro, aún es pronto, pero hay tiempo para prepararte. Debes saber que viajarás a Magallanes llevando un tesoro.
El joven mozo no pudo evitar sentirse y verse perturbado.
–Pero claro, para eso falta un tiempo. ¿Sabes lo que hay en este sobre? –le mostró la carta que él mismo había traído desde Lima–. Dos mensajes, uno de ellos son los derechos sobre tu persona. Sí, como escuchas, Don Bernardo te traspasó a mi propiedad cuando supo que sus días estaban contados.

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martes, diciembre 23, 2008

IDEA VAMPIRICA ¿Y POR QUE NO?


... después de todo hay tantos buscando sacar una tajada de la millonaria reboot de la moda vampírica. Y yo no seria tan patudo como para decir que una noche soñé con un vampiro buena onda...



LA PRIMERA VERDAD: LOS VAMPIROS existen y no todos son malos. Una segunda, mi nombre es Caleb Coffin y soy uno de ellos. ¿Alguna otra cosa? O, claro, por supuesto, nunca le digan vampiro a un vampiro. Es más conveniente (o si prefieren más sano) llamarlos, o llamarnos, penumbras o cuartos nacidos. ¿Continuemos? La mejor hora para alimentarse es poco después de medianoche en el exacto corazón de las grandes ciudades, ¿por qué creen que hay tanta gente con tiempos muertos en Nueva York, Buenos Aires, Londres, Tokio o la ciudad que prefieran? Estoy seguro, puedo apostarlo, más de uno de ustedes ha experimentado algún tipo de sueño “especial”. O sufrido de un instante perdido en alguna fiesta de madrugada. Bueno, no es culpa de algún trago de más, sino responsabilidad nuestra. O tal vez mía, quién puede saberlo, no tomo nota de todo lo que hago. Por supuesto, hay también mucha gente que desaparece, pero eso, se los prometo, no tiene que ver con mi gente: hay otros monstruos dentro de los monstruos, ¿por qué creen que subrayé aquello de que no todos son malos?
Casi lo olvido, otra verdad importante: el hambre duele, no se imaginan cuanto.
Bueno, también hay mentiras, vivimos cubiertos de ellas. Y en parte nos han servido para sobrevivir sin llamar demasiado la atención, pero también nos han alimentado una mala fama que en absoluto merecemos. Para empezar no es verdad que seamos muertos en vida, tampoco que vivamos para siempre, los de mi logia rara vez pasan de los 300 años, que es harto pero no eterno. Tampoco nos vestimos de negro, nos maquillamos los ojos, ni usamos capas, menos tenemos dientes afilados y ojos rojos, inyectados en sangre. Somos tan normales que es probable que todos hayan conocido a más de uno de nosotros sin percatarse de su naturaleza. En serio. Hay al menos tres vampiros, perdón penumbras, que han sido presidentes de los Estados Unidos, también un Papa y un líder espiritual tibetano, pero no voy a revelar sus identidades, al menos no de inmediato. También hay famosos, de hecho nueve de los diez actores más célebres y poderosos de Hollywood se alimentan de chi, perdón de sangre (ya tendré tiempo de explicar) y huyen del amanecer. Y hablando del amanecer, es una absurda mentira aquello de que no podamos vivir durante el día, ni caminar bajo el sol. Me encanta el sol, sobre todo en verano, como que me calienta por dentro, me recarga como una batería: igual que a Superman. El asunto del sol es un malentendido, uno pésimo que ha saltado de generación en generación, pervirtiéndose de una versión a otra. Sucede, lo que nos destruye no es el día, sino el instante justo de la salida del sol, exactamente el primer rayo. Y no nos revienta ni nos quema, lo que ocurre es bien distinto, más lento y doloroso, como ser envenenado y asfixiarse al mismo tiempo.
Menos cierto es aquello de que no podamos entrar donde no nos invitan, ni que tengamos mal aliento o apestemos a rata. Todo lo contrario, somos lo más parecido a lo que ustedes entenderían por superhéroe: muy fuertes, muy rápidos, prácticamente invencibles.
Increíbles en el total sentido de la palabra.
Ya se los conté, pero ahora hay un poco más de confianza. Me llamo Caleb Coffin, mi nombre significa perro y cuervo en arameo antiguo, el lenguaje de la Biblia, pero también audaz e impetuoso que me acomoda más. Me pusieron así en honor de uno de los mayores príncipes de mi logia, aunque eso lo supe recién hace un año, antes estaba seguro que era por un abuelo que nunca conocí. Y que ahora sé, jamás existió. Lo de mi apellido es más obvio, Coffin es caja, pero también ataúd, lo escogió Ismael, el miembro de la Proximidad que por dieciséis años me hizo creer que era mi padre. Un buen hombre, pero con pésimo gusto para los nombres. Seamos honestos, ponerle Coffin/Ataúd a un vampiro es como ponerle “caperucita” a un Bestialidad con tótem de lobo.
Tengo 18 años y hace uno descubrí, tras un espantoso dolor de estómago, que nada de lo que pensaba era como creía, empezando por el hecho de no ser precisamente un humano. También que no hay nada más delicioso que la sangre humana fresca y que no estamos solos en el universo, aunque claro yo a los otros no los llamaría precisamente extraterrestres. Y claro, las cosas en mi vida han cambiado mucho. Hace trece meses no le importaba a nadie, ahora soy algo así como un príncipe, una persona clave…
Y eso es lo peor de todo...
Tengo miedo, demasiado miedo, especialmente cuando me miro al espejo y recuerdo todo lo que ha pasado en este tiempo, lo ganado y lo perdido. Y sobre todo lo que llevo dentro mío, eso que hasta ahora sólo conoce mi mejor amigo (a quien pretendo alejar luego de este drama) y que nadie más, menos ella (sobre todo después de los que nos ocurrió), pueden descubrir.
No aún.
No quiero que me maten.
Se que querrán hacerlo
Tengo miedo, demasiado miedo, especialmente cuando me miro al espejo y no me gusta lo que aparece en mi reflejo.
Antes de cortar, un consejo para las personas de fe. Deberían pensar en ir cambiando aquello de “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Después de la primera coma, tras lo del Padre, el resto tiene que ir en plural.
…hace un año.

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domingo, noviembre 30, 2008

RECUERDOS DEL FUTURO (3)


YGRIEGA LLEGÓ a las ocho con siete minutos. Llevaba el vestido azul metálico que compramos en Saks para su cumpleaños pasado y el cabello rubio le caía con elegancia sobre los hombros. Se veía tan o más bella que cualquier muchacha neoyorquina de treinta años, fuera esta real o artificial. Detalle que ya ni siquiera era anecdótico. Saludó al maitre y esperó a que este le indicara donde yo estaba. Me fije que varios hombres la siguieron con la mirada. Me gusta que se vea y se sienta hermosa, me produce algo extraño, algo que sólo puedo definir como orgullo de padre. O de hermano mayor. O de algún raro tipo de pareja, ¿por qué no? Y es que hemos pasado tantos años juntos que lo anterior no tiene nada de anormal, sino del más puro y honesto de los cariños. Yo le salvé la vida, ella salvó la mía, nuestra unión es el mejor de los tratos.
–Disculpa, pero me fue imposible llegar antes –me dijo junto a la más perfecta de sus sonrisas. De no ser por el azul, casi transparente, de sus ojos sería una perfecta humana.
–Lo sé, no te excuses, son cosas que pasan en esta ciudad.
Más que humana, eso es ella.
–¿Viste quien está detrás de tuyo? –cambió repentinamente de tema, mientras tomaba su lugar.
–Alguna famosa
–No, uno de tus héroes.
–¿Puedo voltear?
–Cuando yo te diga
Esperamos un rato, mirándonos a los ojos, entonces ella me hizo el gesto. Fingiendo que algo se me había caído, miré más allá del respaldo de mi silla. En la mesa del fondo reconocí a Abner Ravenwood, el arqueólogo, efectivamente uno de mis héroes. Igriega me conocía mejor que nadie.
–Pensé que no estaba en el país, lo último que supe de él es que se había perdido en algún lugar de Egipto buscando el Arca de la Alianza.
–Quizás ya la encontró –Igriega continuaba siendo tan racional como cuando la conocí y su piel era brillante como plata recién pulida.
–Es cierto, quizás ya la encontró –repetí–. El tipo rubio y alto que está a la izquierda de Ravenwood, estoy seguro que lo he visto en alguna parte.
-Tu y la mitad de Manhattan en cualquier revista deportiva. Es Gordon, el atleta olímpico de Yale, el orgullo de la nueva raza americana como lo llama el Post.
Sonreí, ella continuó mirando a Ravenwood y a Gordon. En verdad este era un mundo maravilloso.
Vinieron a atendernos. Pedí un filete con ensaladas verdes y una copa de vino tinto chileno, además de un vaso de agua. Igriega sólo pidió lo último, le dijo al mozo que no se sentía bien. Da lo mismo si le creyó o no, desde que los números se convirtieron en réplicas, el mundo entero se ha acostumbrado a excusas baratas de hombres y mujeres más apuestos que el común de los humanos y que sólo beben agua pura, aún cuando acudan al más costoso de los restaurantes. Además hoy era mi noche, yo debía de comer bien.
Igriega siguió mirando a las celebridades. Cuando le pregunté el motivo de su fijación me respondió en voz baja que había escuchado el rumor de que Gordon era en realidad una réplica, pero que desde su lugar le era imposible ver el color de sus ojos. Después volteó hacia mi lado y me contó como había estado su día, luego me preguntó si había escrito. “Durante toda la mañana”, le conté, era cierto.
Trajeron el pedido. Yo levanté mi copa de vino, ella la suya con agua.
–Feliz cumpleaños, inspector –brindó ella, con la misma solemnidad con la cual se ha dirigido a mi desde el día en que nos conocimos, en la estación terminal de aerocarriles de Concepción. Claro, por supuesto, ¿qué sucedió desde entonces? Lo que tenía que pasar, me aproveché de la edad y la locura de Prat para disparar contra el brazo artificial de Grau. En cosa de segundos el salón de oficiales del Huascar se copó del más tóxico de los vapores metahullanos. La prótesis del peruano era vieja y por lo mismo, gracias al óxido del tiempo, más venenosa que lo que se desprendía del herido corazón de Igriega. Condell, Prat y el manco eran ancianos, se desesperaron y yo aproveché la confusión para agarrar el maltrecho cuerpo de mi compañera y salir de allí. Antes de hacerlo, cerré la puerta por fuera para que la ponzoña verde acabara su tarea. Luego me dirigí a cubierta, recosté a Igriega junto a los cañones y le ordené que sucediera lo que sucediera se limitara a dar fe a mis palabras. Que lo que yo dijera debía de ser tomado por cierto. Entonces agarré el revólver y me disparé en el hombro, sabía que tenía un poco de tiempo antes de desfallecer y lo aproveché para disparar un par de bengalas. Recuperé la conciencia dos días después en un hospital de Iquique. Tras ese lapso, Igriega había sido reparada y aunque le hicieron preguntas, en esos años la declaración de un organismo artificial no era tomada como aceptable. La trajeron, con un brazo de repuesto dorado y una cubierta del mismo color sobre el pecho izquierdo, hasta mi habitación, en el sanatorio, y nos hicieron declarar. Buena chica, confirmó cada una de mis palabras. Tal como pensé había sido una buena idea culpar a disidentes peruanos del asesinato, más aún meter a Grau como cerebro del entuerto. El sujeto era un rechazado tanto en su país como en el nuestro, era plausible que quisiera una revancha, cobrarse por años de humillaciones. Y así fue como el ex capitán del Huascar acabó liderando una inexistente célula terrorista peruana boliviana, responsable de las muertes de dos héroes como Prat y Condell y de una serie de actos violentistas contra el progreso chileno. Mi metálica compañera y yo nos convertimos en héroes de la prensa y sensaciones momentáneas para los programas de teleradio. Incluso Balmaceda nos dio un par de medallas, más la tranquilidad de cambiar la calle por un escritorio. Resultó mejor de lo que yo mismo imaginé durante la milésima de segundo en que tomé la decisión de contra quien disparar. Casi lo hice contra Prat, pero eso me hubiera obligado a asesinar del mismo modo a sus compañeros, lo que habría despertado sospechas demasiado evidentes. Lo del envenenamiento con metahulla dejaba tantas interrogantes como cabos sueltos, pero era mas convenientes para todos los intereses. Los de quienes pagaban mi sueldo y los míos. Con el fin de Prat acabaron también las explosiones de metahulla y el mundo tampoco se acabó, todo lo contrario, continuó avanzando, esta vez hacia las estrellas. De hecho, creo que lo único que no finalizó fueron mis sueños, aunque ahora, gracias a Igriega, vivo de ellos. Sucedió casi al llegar el nuevo siglo. Ya había dejado el servicio activo, estaba cada vez más sólo y un día me reencontré con Igriega a la salida del despacho de Rebolledo, entonces concejal por Concepción. Había pasado una temporada en Alemania donde un tal Hans Zarkov le habían dado una cubierta de piel artificial y activado su evolución de número a réplica. Luego de una larga conversación me sugirió que escribiera mis sueños, que les diera forma de novelas o relatos. Que me desahogara de ellos a través de la imaginación escrita. En 1901 publiqué 1879, una ucronía de los hechos ocurridos ese año tal cual los había soñado, sin metahulla y con el sacrificio de Arturo Prat y la tripulación de la Esmeralda. La crítica me destrozó pero las ventas estuvieron de mi lado. Y de ahí las traducciones y la invitación a mudarme a Nueva York como escritor residente de la Gotham University....

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domingo, noviembre 23, 2008

NOVELA (SIN NOMBRE. VERSION 2.0) III PARTE


Entrega previa

4
LA HABITACIÓN ERA GRANDE y cómoda, mucho más que la suya propia en la casona de Lima. Un desproporcionado catre de bronce, con colchón de lana de oveja, ocupaba la mitad del lugar. Dejó el encargo junto a la mesa de noche y se recostó sobre las sábanas. La luz de una vela dibujaba sombras fantasmagóricas sobre las altas paredes, golpeadas de vez en cuando por las andanadas luminosas de los relámpagos del exterior. El muchacho trató de no cerrar los ojos, sabía bien que con las emociones del día el cansancio no tardaría en dominarlo. Pensó en la señora a la que se había referido el esclavo, una querida del viejo, seguro.
Un trueno hizo retumbar las paredes de madera.
Dieron tres golpes a la puerta y preguntaron si podían entrar. El muchacho respondió que por supuesto, que estaban en su casa.
–La señora ya esta lista para recibirlo. Coja lo que le pidieron traer y sígame.
Se ató los cordones de los zapatos y obedeció a su servidor. El negro lo condujo a través de los pasadizos de la casa, hacia el fondo de ésta, más atrás de la cocina y la pieza de despenza. Se detuvieron ante una puerta gruesa y vieja, con bordes metálicos y pesados pestigos en forma de aro.
Vino otro trueno.
–Yo no puedo continuar –le dijo el esclavo –usted sólo camine, está iluminado, al fondo lo aguardan.
Y abrió la puerta, que rechinó anciana contra los muros que la rodeaban.
El mozo apretó el encargo de su patrón e ingresó al pasillo. Las manos le temblaban, mientras sentía como la punta de sus dedos se iba humedeciendo. Afuera hacía frío, pero eso no impidió que el sudor comenzara a ganar terreno bajo su frente y encima de sus hombros. El túnel parecía haber sido escavado en la roca misma, abierto a tajo abierto contra las piedras desnudas. Una fila de antorchas, ordenadas en la pared derecha, iluminaba un camino que anunciaba extenderse hasta el mismo centro de la tierra. Un descanzo, pocos metros adelante, abrió una escalera en espiral que conducía aún más abajo. Sujetó una de las teas y trató de revelar el fondo, pero sólo vio oscuridad. Tragó saliva y nuevamente escuchó en su cabeza las palabras del patrón. No hacer preguntas y seguir las instrucciones, si le pedían entrar al infierno debía de hacerlo, se lo debía al viejo.
El descenso en espiral enfrentó una puerta de madera, embutida a la fuerza dentro de un arco de piedra. En el vértice superior habían esculpido un triángulo invertido bajo círculo y una estrella de cinco puntas. No era primera vez que el muchacho lo veía Y conocía su significado, tan bien como las ancianas de Lima memorizaban los milagros de la virgen María.
El salón era grande, formado por arcadas y columnas similares a la nave de una catedral. Tapices con imágenes de gatos colgaban de las paredes, iluminadas tenuamente por más antorchas. Destacaba una mesa redonda, al centro de todo, con once lugares vacíos. En el doce, dispuesto casi al medio, lo miraba una dama vestida de blanco, con cabellos negros y la piel muy pálida. Lucía los labios coloreados de un rojo exagerado e intenso y sus ojos, azules y profundos le recordaron mucho a los del patrón. Era difícil calcular su edad. Cuando su rostro era tocado por la luz parecía joven, casi adolescente; en cambio, al cubrirse de sombras, sus años se acercaban a los de su difunto amo. Era hermosa, de eso no cabía duda, pero no como las niñas que solía ver de reojo en la ciudad, su belleza era distinta, pesada, perteneciente tal vez a un sitio muy lejano.
–Puedes sentarte –invitó ella, mirándolo a los ojos y extendiendo su mano hacia el puesto inmediatamente frente al suyo.
–Aquí, mi señora –respondió el mozo, corriendo una de las sillas.
–Ahí esta bien.
El muchacho vio que cada silla llevaba el talle del triángulo, el círculo y la estrella.
–Así que tú eres Lorencito Carpio –pronunció la mujer, sumando cada sílaba del nombre del muchacho.
–Puede llamarme Magallanes, así me decía el patrón.
–Lo sé, tu señor me habló muchas cosas de ti. De cómo te encontró, lo que te fue enseñando, lo que te hizo y como te lo hizo –su sonrisa se hizo torcida, casi malévola.
Lorencito, también conocido como Magallanes, no podía apartar la visión del rostro de su anfitriona.
–Así que el huacho está muerto. Fue antes de lo previsto, pero así suceden las cosas. Veo que me trajiste el encargo.
–Si, mi señora –tartamudeó Magallanes.
Ella le indicó que deslizara el paquete sobre la mesa.
–¿Tuvo un buen viaje desde Lima?
–Muy bueno, mi señora.
–Lástima que largara a llover, pero así es la costa. Ordené que prepararan una habitación. Dime, mi niño, ¿estás a gusto?
–Estoy a gusto mi señora.
Ella tomó el paquete y lo desató. Puso el sobre enfrente suyo y dejó lo más grande a un costado.
–Cuéntame Magallanes, cómo sucedió la muerte del huacho. ¿No te molesta que llame asi a tu patrón, verdad?
–No señora, usted puede llamarlo como quiera.
–Eres servicial, Magallanes. El irlandés ya me lo había advertido. Pero por favor, habla, dime como fue su muerte.
El niño tragó un poco de saliva, luego comenzó su relato:

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domingo, noviembre 09, 2008

NOVELA (SIN NOMBRE. VERSION 2.0) II PARTE


Primera entrega

3
LAS PALABRAS DEL PATRÓN se cumplieron sílaba tras sílaba. Justo cuando el sol comenzó su descenso, un carro negro surgió tras la esquina del mercado y se detuvo junto a la plaza. El muchacho miró al cochero y pensó que tenía cara de muerto: pálido y con los cabellos grises. Sus ojos azules y pobladas cejas delataban un origen que no estaba en estas tierras.
–¿Quién viaja? –preguntó el conductor.
–Cumplo con la voluntad de la logia Lautarina –repitió el mozo, recordando cada una de las palabras que le había indicado el patrón.
El extraño lo invitó a subir, le dijo que cerrara la puerta por dentro y que se acomodara. Que el viaje era largo.
La noche estaba cubierta y las luces del puerto no tardaron en reflejarse sobre la bahía. Al mozo nunca le había gustado El Callao. El olor fétido del mar, los hombres extraños que caminaban por sus calles, la maldad que reptaba en cada esquina. Hace años le habían dado una paliza cerca de los muelles, lo dejaron tirado y casi muerto. Su hermano tuvo peor suerte. Tenía doce años y ahí fue cuando el viejo lo encontró. Desde entonces trataba de evitar volver al puerto, le tenía miedo. Prefería mil veces Lima, la tranquilidad y grandeza de sus casas, la belleza de sus habitantes, los colores y olores de su cielo. Se fijó en tres grandes veleros que estaban anclados, uno de ellos llevaba bandera chilena. Un perro ladró a la distancia, luego otro, cada vez más cerca. Se asomó a la ventana de la calesa. Una pequeña jauría de vagos perseguían al carro, intentando morder las patas del caballo.
El carruaje enfiló hacia la parte alta del puerto y luego se dirigió a la salida sur del Callao, una ruta empedrada que llevaba a las antiguas haciendas y caserones que sólo algunos años antes ocupaban los dignatarios de la corona española. Un trueno retumbó en el cielo, acompañando a un relámpago que iluminó el horizonte perdido tras las colinas. La negra se equivocó, pensó el muchacho, se avecinaba una tormenta.
La lluvia empezó a caer despacio, sonando como una melodía sin ritmo sobre el techo metálico de la calesa. Magallanes se preguntó cuanto faltaba para llegar y donde podría pasar la noche. El Callao no estaba tan lejos de Lima, pero la noche era peligrosa y los caminos guardaban secretos que era mejor dejar tranquilos. Era cierto, los tiempos eran calmos, pero como rezaba su difunto señor, eso no era igual que decir que fueran buenos tiempos.
Desviaron hacia la entrada de una propiedad rodeada de viejos molles. El mozo trató de enfocar su vista en la oscuridad y descubrió como estos, junto a un pesado empedrado, formaban un muro alredor de los terrenos. El camino se iba haciendo más angosto, serpenteando entre los árboles que se mecían bajo un viento que sabía aullar bajo las nubes. La lluvia ya era un bombardeo de gordos goterones.
El caserón recordaba un castillo del viejo mundo. El muchacho los conocía de libros de grabados que el patrón le mostraba cuando le hablaba de Inglaterra e Irlanda, sus otras patrias. La puerta estaba cerrada y no se veía luz en el interior. El mozo calculó que debía de ser cerca de la medianoche, aunque con lo cerrado de las nubes y lo oscuro de la tormenta resultaba complicado precisarlo. El cochero lo hizo bajar y le indicó que esperara junto a la puerta, que pronto vendrían a recibirlo. Subrayó que no olvidara el encargo. El muchacho respondió moviendo la cabeza y saltó del carruaje. La tierra mojada por la lluvia había formado ese barro espeso y pegajoso, tan típico de la costa peruana.
Después de un rayo, que iluminó la copa de los árboles cercanos, descubrió que había luz en el interior de la casa. Sintió luego que unos pasos fuertes se acercaban a la puerta. Desde dentro rechinaron postigos y cadenas, luego una de las hojas del portalón se abrió y bajo el dintel apareció un mestizo joven, casi de su misma edad, pero vestido con ropas de paje elegante; similares, pero más finas, a las que él mismo había tenido que lucir en un par de reuniones privadas en la que debió servir al señor y sus invitados.
–Entre rápido, que se ve a mojar –le dijo el niño de la casa–. Venga conmigo, tenemos una habitación preparada para que pase la noche. Quizás quiera descanzar un momento, la señora pronto requerirá de su presencia.

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lunes, noviembre 03, 2008

NOVELA (SIN NOMBRE. VERSION 2.0)




LIMA, PERÚ.

24 OCTUBRE 1842


1
“TOMA EL CUCHILLO y arráncale los ojos”, pronució la dama, acompañando la frase con una larga sonrisa, casi sobrenatural, bajo el resplandor mortecino de las antorchas de la cripta. “No es difícil”, prosiguió, “el huacho está muerto y la hoja bien afilada. Pero debes hacerlo antes de que lo entierren…”
El mozo miró la figura tallada en la empuñadura del puñal y respiró hondo para no revelar el temor que el lugar, la situación y su anfitriona le producían. El viejo le había enseñado varios trucos para espantar al miedo: mover los dedos de los pies, empuñar la mano izquierda, concentrarse en alguna parte del cuerpo lo más alejada posible de la cabeza, pero ahora ninguno de ellos funcionaba. “Pon los ojos de un cerdo en lugar de los suyos”, continuó la señora de mirada celeste, “ya ordené a la patrona que sacrificara uno de mis animales y te entregara sus ojos en una bolsa de cuero de vaca, así se conservan frescos”. Hizo un alto y volvió a sonreír: “y no me mires de esa manera, hermoso, recuerda que sólo estamos cumpliendo con la voluntad de tu señor. Ojo por ojo, los de un bastardo por los de un puerco”.
Magallanes continuó revisando los detalles artísticos del cuchillo y mientras las palabras de la señora se repetían en su cabeza, fue recordando cada uno de los eventos sucedidos a lo largo del día. Mismos que lo habían obligado a viajar de Lima al Callao, bajo una lluvia que se hizo torrencial, para cumplir con la última voluntad de un anciano pelirrojo que hacía rato ya estaba al otro lado del camino.



2
EL HUACHO murió a las doce con un minuto, la frase se escuchó durante toda la tarde a lo largo y ancho de los pasillos de la vieja casona limeña, rebotando en cada toque como si se tratara del sello final a una maldición que llevaba demasiado tiempo pendiente. El epílogo estaba cerrado y el despreciado señor había dejado de respirar exactamente a mitad del día. Por muy largas que parezcan, las agonías siempre terminan.
El mozo permaneció casi toda la tarde escondido en un rincón de la cocina, escuchando los comentarios y anotando en su memoria los que le parecían más despectivos. Los mismos negros que hasta la noche anterior se referían al viejo con el respetuoso apelativo de patrón, ahora no dudaban en rebajarlo el insultó que lo había acompañando desde su nacimiento. El señor le contó esas historias, de cómo sus iguales crecieron riéndose de él, burlándose a sus espaldas con aquellas dos sílabas: huacho. Hace tres noches le anunció que cuando muriera, hasta sus más cercanos lo iban a llamar así. “La palabra que marcó mi vida, vendrá como fantasma a despedirme”, fueron sus palabras. Tenía razón, el viejo siempre la tenía. Y fue en esa conversación donde aprovechó de encomendarle la misión. Tenía dos partes. La primera la cumplió poco antes de que el señor muriera. Para la segunda debía esperar un poco más, que cayera la tarde y que un carruaje pasara a buscarlo para trasladarlo al Callao.
Iba a llover, una de las criadas de doña Rosa lo comentó mientras desplumaba una gallina gorda y de plumas naranjo amanecer. El cielo estaba cubierto y las nubes bajas. No para desatar una tormenta, pero si lo suficiente como para mojar un poco las almas. Al muchacho no le importaba, con los años había aprendido a apreciar la lluvia, incluso le gustaba. El viejo solía hablarle de la forma en que llovía allá en el sur, en ese país llamado Chile. El resto de los que respiraban en la casa evitaba hablar de esas tierras, decían que no era un buen lugar para vivir. Agregaban incluso que el mismo diablo habitaba en las montañas de allá abajo. Abajo, el patrón también usaba esa palabra para referirse a los valles infinitos que corrían al sur del Perú. Le dolía hablar de Chile, por eso le funcionaba tan bien aquello de abajo, además en los mapas, esas tierras siempre aparecían por allá, precisamente donde acababa el mundo.
“Te van a recoger en la la plaza del mercado”, el patrón le anunció además que debía esperar en la esquina sur y que la cita sería a la hora precisa en que bajaba el sol. Le hizo repetir hasta el cansancio lo que debía decir al cochero, “para que te entre en esa cabeza dura tuya”. Insistió en que llevara el paquete lo más visible que pudiera, “pero cuidate de los rateros”. La plaza estaba llena de bandidos, algunos de los cuales recién se empinaban sobre la niñez. Esos eran los peores, porque sus manos eran tan rápidas como sus piernas flacas de perro galgo. Según los verbos del amo, el carruaje que lo iba a recoger era una calesa negra, de un sólo eje, arrastrado por un caballo flaco de igual color. Le advirtió que el conductor hablaba en un acento extraño y que usaba el pelo, largo y cano, agarrado en una cola de pirata inglés. Aunque le pareciera intimidante, no debía asustarse.
Las instrucciones eran matemáticas, tan simples como sumar uno más uno.
Era pesado e incómodo, un paquete alargado, de casi dos metros de punta a punta, por una veintena de centímetros de ancho. Encima llevaba atado un mensaje sellado y marcado con el timbre de la casa, sobre el cual su autor había intentado dibujar una bandera chilena. La debilidad, producto del mal que lo aquejaba, determinó apenas un garabato de colores desordenados.
El mozo aguardó a que la tarde comenzara a bajar, buscó una manta que ponerse sobre los hombros y le dijo a la patrona que tenía que salir. Que antes de morir, el huacho le había pedido que llevara un paquete a unos amigos del puerto, que lo íban a recoger cerca del mercado. La mitad de la historia era cierta, además la negra no hizo muchas preguntas. Jamás las hacía. A lo más movió su culo gigantesco, le pidió que le trajera harina de pescado y antes de despedirse le arrojó un un par de bendiciones. Con un muerto en la casa ya era suficiente, no era bueno tentar a la suerte.
Decir la verdad era mejor que inventar una historia llena de puntos blancos. El viejo le había enseñado el arte de mentir, pero por más que se esforzó jamás consiguió pulirlo. El señor le decía que era demasiado inocente y demasiado niño para mentir. Él mozo no estaba muy de acuerdo con ello, de inocencia cada día le quedaba menos, de niño para que decir.

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lunes, octubre 13, 2008

UN PROYECTO... TAL VEZ


LO QUE MERODEA EN LA LLUVIA
Basado en “El que merodea en la lluvia” de Hugo Correa y “Santa Graciela” de Francisco Ortega

NEGRO
Sobre un fondo negro se imprime el siguiente párrafo:

“Cierto que las andanzas de ese bicho parecen indicar la existencia de algo preconcebido. Pero de ahí a que sea verdad... ¿Qué es el Merodeador, al fin y al cabo? Cuando más una criatura monstruosa, generada por circuntancias fortuitas... ”
El texto desaparece, luego se imprime:

Hugo Correa

Nuevamente nos vamos a negro. Ahora se imprime el crédito principal de la historia:

LO QUE MERODEA EN LA LLUVIA
Una película de...

Desaparece el crédito y principal y volvemos a negro. El negro se funde con una noche oscura, sin estrellas. Ruido de viento, de tormenta a punto de estallar.
CUT TO:

EXT. NOCHE. CAMPO - FUERA DE LA CASA TAUCHECK
Es una noche de invierno, hay viento, pero no llueve. La escena es rural. Hay muchos árboles, que se agitan con el viento. Escuchamos ladridos de perros. Tambien, pero más bajo, el llanto de un niño pequeño, de unos 3 años, aproximadamente.

De fondo vemos la Casona Taucheck, una gran casa de madera, vieja pero imponente. Típica mansión patronal de un campo del sur de Chile.

Se imprime:
1971. CERCA DE CONCEPCION, CHILE
Aparece en primer plano una mujer adulta, de unos cuarenta años. Se viene contra nosotros como una loca. Tiene rasgos mapuches, pero viste como obrera campesina. Grita y agita los brazos, desesperada. Su rostro revela horror ante la situación que está ocurriendo.

MUJER
Mi hijo, devuélvame a mi hijo, patrón
La mujer se ve enajenada. Corre desesperada y con las manos en alto. Se aproxima hasta un hombre rubio y alto que camina, DON GERMAN TAUCHECK, dueño del fundo, descendiente de colonos alemanes, patrón de todos los allí presentes. El hombre es de obvios rasgos arios y tiene unos 50 o 55 años. Muy vigorozo y fuerte para su edad. Viste como ranchero gringo, a lo texano, con un sombrero de vaquero y chaqueta gruesa.

La mujer cae de rodillas junto a las piernas de DON GERMAN y se aferra a él, evitando que TAUCHECK continue avanzando.

MUJER
Mi hijo....
Descubrimos que TAUCHECK lleva en brazos a un niño de 3 años, chico y moreno, de razgos similares a los de la MUJER, su madre. El pequeño viste solo una especie de camisón de dormir. Llora y patalea. Es obvio que se lo han llevado a la fuerza. Que TAUCHECK lo ha raptado o algo así.
NIÑO (LLORANDO)
Mamá.... Mamá....

MUJER
Por favor, patroncito.
Pero el patrón no le hace caso. Voltea y le indica a JUAN, su capataz, un enorme sujeto también de rasgos mapuches, que se haga cargo de la situación. JUAN mide casi dos metros, viste una chaqueta negra y grande, usa el pelo largo y atado y jamás pronuncia palabra. Es el hombre de los trabajos sucios del patrón, casi una bestia. JUAN lleva una escopeta agarrada en su mano derecha.

TAUCHECK
Controla a tu mujer, Juan
Sin abrir la boca, JUAN obedece. Se agacha y coge a la mujer, apartándola del patrón. JUAN y la MUJER son esposos. Padres del niño que lleva TAUCHECK.

MUJER
Es tu hijo, también
Primer plano de JUAN, lo vemos hacer un gesto con la cabeza. Descubrimos que tras ellos hay otros hombres. Son inquilinos, también trabajan para TAUCHECK. Algunos llevan escopetas, linternas y antorchas. Otros intentan controlar a perros furiosos. JUAN es el jefe de los hombres.

Un par de estos inquilinos se acercan y obedecen a JUAN, tomando a la mujer y quitándola a la fuerza de la acción. Ella sigue chillando.

MUJER
Malditos sean los dos, malditos...
Y escupe. El escupo le da a JUAN en la cara. JUAN se limpia con una mano y después le da la espalda.
El viento mueve los árboles. El niño grita.

NIÑO
Mamaaaaaaaa

JUAN camina hasta TAUCHECK y quita el seguro de su arma. Suena:
“Clack”
TAUCHECK habla sin mirarlo.

TAUCHECK
Tranquilo Juan, tu hijo va a estar bien. Y no te preocupes por tu yegua, ya se le va a pasar el enojo. Así son las mujeres, les das un buen revolcón y se olvidan de todo, hasta de los hijos.

Voltea hacia él.

TAUCHECK
Ahora no perdamos más tiempo, que tus pelaos nos cuiden la retaguardia.

TAUCHECK enciende su linterna. El Niño llora, trantando de escapar de su raptor.
CUT TO:

EXT. NOCHE. CAMPO - BOSQUE
TAUCHECK y JUAN avanzan bajo una alameda de árboles. TAUCHECK continúa llevando al niño, que grita, patalea y llora. Tras unos segundos de caminata llegan hasta un claro donde se aprecia la débil luz de una lámpara de carburo.
CUT TO:

EXT. NOCHE. CAMPO - TRAMPA
En el claro del bosque, junto a un poste del cual cuelga la linterna de carburo, que se mece con el viento, vemos una rudimentaria trampa. Es del tipo jaula, diseñada y construida para atrapar leones o fieras grandes.

TAUCHECK y JUAN se aproximan. El niño llora estirando los brazos hacia su padre, desesperado.

NIÑO
Papa...papito...

TAUCHECK habla con JUAN y le pasa al niño

TAUCHECK
Toma, quítale la ropa y amárralo. Atalo con fuerza que tu pendejo es un gato. Y dile que se comporte como un hombre, que deje de chillar como marica...

JUAN toma al niño y lo quita el camison para dormir, dejandolo desnudo. El pequeño busca en su padre una protección que no existe. Chilla de miedo.

NIÑO
Papáaaa, papito.

TAUCHECK
Apurate, ya es hora, debe estar por venir

El NIÑO trata de agarrarse de los brazos de su papá. JUAN lo aparta con fuerza, como si el pequeño no existiera. Después se acerca a la trampa y lo mete en el interior de la jaula donde lo amarra con fuerza del brazo derecho. El niño se resiste y grita, es obvio que le duele y que esta muerto de miedo. Es obvio también que el chiquillo es el cebo de la trampa.

NIÑO
Papaaaa

TAUCHECK
La luz, Juan, no te olvides de la luz...

JUAN toma la lámpara de carburo y la apaga.

Lo último que vemos es al niño, desnudo, amarrado dentro de la trampa, como un cordero tratando de escapar. Luego todo se va a oscuras, mientras escuchamos al pequeño gritar.

NIÑO
Papáaaaaaa

CUT TO:

EXT. NOCHE. CAMPO - BAJO LOS ARBOLES
Está oscuro, TAUCHECK y JUAN miran, vemos sus caras en primer plano. No vemos lo que ocurre, pero esto se revela en las expresiones de los dos hombres. Y en los sonidos.

Se escucha un ruido extraño, como si algo se arrastrara, algo similar a una serpiente grande, una boa o pitón. Pero también se oyen pasos, pies o patas que pisan el pasto y quiebran ramas. Todo al mismo tiempo. Los pasos y el reptar. Es algo vivo, algo grande, pero difícil de identificar.
El niño llora y grita.

Las caras de TAUCHECK y JUAN pasan de la atención al miedo y al horror.
Todo es ruido. De algo que se mueve y del niño que grita más fuerte que nunca.
Entonces se escucha
“Clang”
Maderas que suenan, cuerdas, metales y un grito inhumano, bestial que lo quiebra todo, mandando toda la acción nuevamente a negro.

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lunes, octubre 06, 2008

RECUERDOS DEL FUTURO (2)


DE PARED A PARED, el Denham estaba decorado con motivos del gran mono. Fotos del suceso, los rostros de los protagonistas, diarios enmarcados e incluso uno de los dedos del simio gigante, embalsamado junto a la puerta de entrada del restaurante. Recuerdo cuando lo inauguraron, se anunció incluso que iban a tener la cabeza de Kong disecada para que todo el mundo pudiese contemplar su grandeza. La idea era pretensiosa, pero también de mal gusto, nadie iba a querer pagar una costosa cena mirando el rostro degollado de un gorila mutante. Así que de la cabeza sólo quedó un dedo y un centenar de souvenirs. Mis favoritos son las garras de un Tiranosaurio, cadáver prehistórico que la expedición del Venture trajo consigo junto con el mono.
Pareciera que fue ayer cuando ocurrió. Navidad del 33, hace sólo nueve meses. Ygriega tenía ganas de ir al debut público de Kong, pero las entradas se habían agotado en cosa de horas, ni siquiera sus contactos en la editorial lograron conseguirle una invitación doble y ni ella ni yo estábamos dispuesto a hacer fila en alguna de las grandes colas que abarrotaron Time Square. Además faltaban tres días para la nochebuena y la ciudad estaba hecha un caos. Ya me había acostado cuando sonaron las sirenas. Nos asomamos al balcón y vimos los grandes faros iluminando el Empire State, también le vehículos militares que cruzaron bajo el puente. Mucha gente pasó la noche en vela, temerosa de que el mono arrancara de Manhattan hacia Jersey, usando uno de los puente gemelos para cruzar o esconderse. Entonces, poco antes de que saliera el sol, los aviones de la estación naval de Lakehurts volaron hacia el rascacielos de la Quinta Avenida. Ocho viejos biplanos con motor de combustión, después de todo era sólo un animal, los navales no iban a gastar horas máquina desplegando rotocópteros o alas volantes. Los observé revolotear alrededor del Empire State, luego vino al eco de las metrallas y finalmente el silencio, la batalla no duró más de cinco minutos. El gran mono estaba muerto y en cosa de meses convertido en motivo para el más exclusivo de los restaurantes neoyorquinos, el lugar donde uno debía venir si quería ser tomado en cuenta. Bueno, también la comida es buena, eso es innegable.
El maitre me reconoció apenas aparecí en el vestíbulo y tras saludarme y ofrecerme que dejara el sombrero en la guardería, me entregó el mensaje. Igriega se había retrasado en el trabajo, calculaba que iba a estar alrededor de las ocho.
Una vez vine al Denham antes de que el Denham existiera. El Empire State Building llevaba abierto menos de una semana y estaba prácticamente desocupado. Entonces el piso del restaurante era un inmenso mirador techado, desde el cual podía accederse al ascensor que llevaba a la cúpula de amarre de los dirigibles. Donde ahora está la cocina estaban las boleterías de Pan American Airships. Pero el negocio no duró mucho. En marzo de 1932 se inauguró el Centro Universal en la parte baja de Manhattan y su torre de 130 pisos supero en veinte niveles al Empire State, además la terraza superior había sido diseñada como plataforma para aeronaves, ahorrándose los cables y el personal que se requería en el Empire para controlar las grandes naves azotadas por las corrientes formadas en los desfiladeros de edificios cincuenta pisos más abajo. Muchos auguraron el fin del rascacielos, sin el puerto, al torre no tenía mucho sentido, pero entonces a Carl Denham se le ocurrió volver de la Isla Calavera con un peludo visitante que se encariño con el edificio y lo hizo famoso. El puerto y el mirador renacieron como un restaurante y el resto ha sido historia.
Aquella primera vez me cité acá con un chileno. Me ubicó a través del Daily Star y tras un corto y enigmático llamado me propuso reunirnos en un lugar público. Como tenía ganas de conocer el nuevo edificio, le sugerí que lo hiciéramos aquí. Lo convencí diciéndole que había transito de pasajeros y cafeterías, que nadie nos iba a molestar. El chileno se llamaba Alonso González y según su relato era un piloto de la Fuerza Aérea, aunque había escapado del país hacia ya bastante tiempo. Llevaba casi diez años viviendo en Manhattan y desde hace un tiempo que andaba tras mi pista para contarme su historia. “Después querrá contarla, pero antes debo asegurarme si puedo confiar en usted”, me dijo. Terminamos haciéndonos amigos. O algo parecido, porque nunca hubo intimidad real entre nosotros, sólo amabilidad y funcionalidad. Un día fue a mi casa a despedirse, me dijo que con su mujer viajaban a España. Entonces me confesó su verdadero nombre, Alejandro Bello y me entregó su diario de vida. Pacha Pulai estaba garabateado en la primera página en blanco, tras la portada. El resto era un detallado informe de lo que le había sucedido en 1914, cuando tras despegar en un viejo biplano llamado Sánchez Besa se había perdido en la Cordillera de los Andes, en donde había encontrado una ciudad que parecía de oro, pero que en realidad era una especie de astronave de proporciones imposibles, hecha de una aleación desconocida que resplandecía dorada contra el sol. Sus habitantes, o tripulantes,, unos seres pequeños y grises lo recibieron y curaron las heridas. Se ganó la confianza de ellos. Supo que eran parte de una expedición formada por tres grandes naves nodrizas enviadas desde un sistema solar ubicado a 8 años luz con el propósito de investigar el acelerado cambió experimentado en la Tierra tras el descubrimiento de la Metahulla. La segunda nave se había sumergido cerca de las Islas Bermudas, para establecerse como base subacuatica. La tercera tuvo un malogrado destino: salió de su marco dimensional demasiado cerca de la atmósfera terrestre, lo que provocó que perdiera orientación y se desplomara. Antes de causar una destrucción masiva, sus tripulantes optaron por detonar la nave ocasionando una gran explosión, pero controlada y sin consecuencias gravitacionales y subespaciales para nuestro mundo. El accidente estaba fechado en nuestro calendario el 30 de junio de 1908, en la pampa de Tunguska al oriente de la región Siberiana de la Unión Imperial Zarista. Al final del diario, el piloto me autorizaba para hacer lo que quisiera con el documento, siempre que esta libertad estuviera subeditada a publicar sus vivencias, ya que de acuerdo a Alonso (o a Alejandro) el gobierno chileno tenía conocimiento de estos visitantes y a través de una supuesta organización secreta llamada LL-12 estaba sacando provecho de una sabiduría y (sobre todo) de una alianza que según Alonso (o Alejandro) debía de favorecer a toda la humanidad. No era primera vez que había escuchado acerca de LL-12, se decía que era el nuevo código para la Logia Lautarina, que el propio Prat había formado parte de sus filas, que estaban detrás de los procesos contra brujos chilotes y capturas de duendes y gigantes patagónicos a los cuales habían trasladado a una isla en el sur, que había sido fundada por Portales y que sus redes alcanzaban ya a todos los gobiernos del hemisferio sur. Y aunque creo en sus palabras y sé que alguna vez voy a publicarlas, todavía no tengo deseos de involucrarme en una historia que no sea la mía.

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miércoles, octubre 01, 2008

RECUERDOS DEL FUTURO


19 DE OCTUBRE DE 1934, cinco con un minuto de la tarde y el sol cae tras el puente Jefferson, iluminando de naranjo, verde y azul los muros grises de los rascacielos gemelos que sirven de torres de anclaje a la gruesa estructura suspendida sobre el río Hudson. Desde la terraza de mi apartamento, elevado en el nivel 28 del edificio sur del Franklin, puente hermano del Jefferson, veo como la noche se tiende sobre la gran ciudad. Hoy cumplo 75 años y a esta edad se me ha hecho rutina (y también obsesión) acompañar cada atardecer desde mi hogar, levantado en el primer viaducto rascacielos de Nueva York, esa supuesta aberración arquitectónica que Hugh Ferris ideó en 1914 y que terminó convertida en sello innegable de la metrópolis.
Hace algún tiempo conversé con Ferris. Regresábamos de un paseo por Central Park, cuando Igriega me señaló la conmoción que había en la esquina de la Quinta con la 42. Una enorme grúa cuadrúpeda levantaba una viga de acero ante el resguardo de la policía y la admiración de los curiosos. Y bajo el chirriante y colosal brazo artificial, el hombre que cambió la cara de Manhattan supervisaba en persona la construcción del primero de sus grandes arcos. Cuando la multitud despejó el lugar, me acerqué hasta el arquitecto y le conté que era extranjero, que venía de Concepción, en Chile. El fue escueto, me respondió que era una gran y hermosa ciudad. Entonces me atreví a preguntarle si acaso, entre sus planes, estaba construir alguna día por allá. Ferris sonrió, tocó mi hombro y me contó un secreto: hacía un tiempo le propuso al gobierno chileno levantar en el centro de Concepción una torre de 200 pisos, la que con su altura no tardaría en convertirse en símbolo de la capital de la metahulla. Pero sus diseños no tuvieron buena acogida entre las autoridades e inversores. “Más adelante podría volver a intentarlo”, le propuse. El levantó sus brazos y negó con la cabeza. Argumentó que los años ya le pesaban y con la Gran Manzana tenía tarea suficiente hasta su retiro. Era un sujeto grueso y bajo, más amable que la mayoría de los nativos de la isla. Antes de despedirme le dije que vivía en una de las torres del Franklin, me preguntó si aún continuaban los problemas con la calefacción. Alcé mis hombros, él los suyos. Luego regresó con su grupo de obreros. Igriega me preguntó quien era, yo le mostré sus obras.
A propósito de Ferris. En tres días más se abren las votaciones para cambiar el nombre de Nueva York a Empire City. Los periódicos y el teleradio aseguran que la propuesta será acogida con más de un 80% de votos a favor. Los neoyorquinos están hartos de vivir bajo un nombre que remite tanto a la difunta corona inglesa y creen que Empire City resume mejor la idea que envuelve a esta fascinante metrópolis: ser la capital del mundo libre. Nueva York o Empire City, como sea, continuará siendo mi ciudad adoptiva. Lo ha sido desde ya hace casi tres décadas. Sus calles y desfiladeros terminaron transformándose en el lugar donde finalmente aprendí a vivir con mis extraños sueños. O a aprovecharlos, que es parecido pero no lo mismo. Recuerdo que cuando anunciaron la construcción de la línea continúa de aerocarril entre Concepción y Nueva York me entusiasmé. Estaba seguro que acá podría solucionar muchas cosas y matar para siempre los fantasmas que me acosaban. Jamás pensé que podría estar tan en lo correcto.
Esta mañana, cuando regresaba del mercado, un vecino me preguntó si iba a votar en favor de Empire City, le contesté que en absoluto. Estoy tan acostumbrado a que los cambios resulten positivos, que podría dar fe a que la nueva identidad de la ciudad será favorable para todos. Además ya estoy viejo y quiero seguir viviendo en un mundo de maravillas.
Una reluciente ala volante de pasajeros, con el emblema de la Alemania Imperial pintado en sus colas gemelas, cruzó por encima del puente y se dirigió en silencio hasta su puerto de anclaje, en lo alto de la mayor de las torres del Centro Universal, la estructura más elevada de Manhattan. A medida que bajaba su velocidad, el vapor verdoso de la metahulla serpenteó reluciente bajo su inmensa estructura, ligeramente parecida a una manta raya. Miré la hora. Casi las seis de la tarde. A las siete y media había quedado con Igriega de juntarme en el vestíbulo del Empire State. Hace dos días me anunció que como regalo de cumpleaños me iba a invitar a comer al restaurante de lujo que yo quisiera. Elegí el Denham. Temprano llamó para avisarme que la reserva estaba confirmada y que vistiera elegante. Sólo me voy a poner corbata y chaqueta, el resto lo cumplo con zapatos y pantalones negros.
Me estiré lo más que pude por encima del borde del balcón y miré hacia la plataforma del puente, que se extendía entre las dos torres residenciales. Autos y más autos, todos esféricos y coloridos, corriendo en ambas direcciones por la cubierta superior, en la intermedia las vías de aerocarril y más abajo los rieles del viejo metro.
Volví a revisar la hora. Dentro de diez minutos tenía que estar allá abajo, tomando el subterráneo hacia la isla. Volteé hacia al poniente, una a una las estrellas comenzaban a brillar sobre la línea urbana de Jersey City. Tengo ganas de comer carne de ternera a punto medio, con el corazón bien rojo y sangrante.

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