FORTEGAVERSO: SANTA GRACIELA: VAMPIROS EN DICTADURA (8ª PARTE)

domingo, enero 18, 2009

SANTA GRACIELA: VAMPIROS EN DICTADURA (8ª PARTE)



LA NOCHE NO DEMORÓ en traer los gritos. El alemán, el capitán Correa y el mirista Maroto, que eran los que estaban a cargo del pequeño grupo de supervivientes, nos llevaron hasta una vieja cancha de básquetbol techada, donde habían improvisado una pequeña fortificación con antorchas y sacos de arena. El lugar estaba apartado del resto del edificio con un muro de ladrillos y una puerta gruesa de madera, lo que nos daba una leve ventaja a la hora de permanecer vivos y juntos. El indio Juan dispuso una serie de largas lanzas de madera, que según él, resultaban más efectivas que las balas contra los bichos que merodeaban en las sombras. Se nos pidió que no saliéramos solos y que por nada del mundo nos separáramos del fuego. Que la diferencia entre vivir y pasar a mejor vida estaba en esas rudimentarias teas hechas con bencina y harapos. Una par de mujeres nos dieron agua y pan duro, que era lo único que quedaba para comer. Troncoso estaba nervioso, me preguntaba porque el capitán no nos sacaba de allí, que deberíamos hacer una fogata para enviar señales a la costa, que eso nos habían enseñado en las campañas, que las cosas no tenían sentido. Yo preferí no hablar, para qué, de hacerlo sólo lo habría asustado más.
Uno de los hombres de Maroto apareció corriendo junto a dos marinos de la dotación original de la isla. En su mano derecha traía algo grande, que colgaba como una bolsa de mercado. Las antorchas en alto y los rostros como si acabaran de escapar del mismo infierno. Troncoso continuaba hablando, era su forma de evadirse de todo lo que estaba ocurriendo.
–Porque el Cura no nos saca de aquí –continuaba repitiendo–. Deberíamos volver a Concepción e informar lo que está pasando en la isla. La fuerza aérea podría mandar un par de bombarderos y esto se acabaría.
–No estoy tan seguro.
–De qué estas hablando Carrasco.
–Estamos perdidos, abandonados Troncoso, date cuenta.
Me fijé que los recién llegados hablaban con Maroto y el alemán y que luego, juntos, iban donde el Cura, Correa y Arancibia. Troncoso seguía insistiendo con sus preguntas.
–Algo pasó –le dije–. Ven, sígueme.
Me levanté y fui hasta donde mi capitán. El guardia tiró a los pies del Cura y del jefe de los navales la bolsa que había traído desde el patio. La desenrolló con cuidado.
–Es de los suyos, cierto –comentó el alemán, mientras veíamos rodar sobre el piso la cabeza del piloto de la lancha.
–Se comieron a los muchachos que usted envío a buscar a este tipo. Sólo dejaron ésto –añadió uno de los marinos, mirando a Correa.
Arancibia volteó la mirada, el Cura se persignó y cubrió lo que quedaba del rostro del piloto. Correa se allegó a sus hombres y les preguntó si los parásitos se estaban moviendo.
–Hasta ahora nada, mi capitán. Yo creo que están esperando.
Entonces se escuchó el primer grito. Agudo y desesperado, seguido de otros dos.
–Los guardias de la puerta –exclamó uno de los hombres.
–Y así comienza –pronunció el viejo alemán. El indio Juan saltó hacia su pila de lanzas y tomó una, preparándose para atacar. Miré al Cura, buscando alguna orden en su cara, pero sólo encontré confusión. A su lado, Arancibia se apretaba la cabeza. Uno de los hombres que habíamos escuchado gritar continuaba chillando, como si se lo estuvieran comiendo vivo. Troncoso empezó a rezar un Ave María. El Cura lo miró y no dijo nada. Recordé las palabras de Tauscheck, aquello de que en este sitio la fe no servía de nada.
–Esto se acabó –gritó de la nada el capitán Arancibia y sacó su revolver del cinto, volviéndose contra el alemán y el resto de los supervivientes de la isla.
–Si Carmine y sus milicos no van a hacer nada, yo no pienso quedarme quieto. Malditos traidores de la patria, hijos de puta, no tengo idea como inventaron todo este espectáculo, pero me cansé –miró al capitán Correa –Y usted, no sé como pudo prestarse para este montaje, ha traicionado a la bandera y eso se paga con cárcel…
Correa empezó a reírse. El alemán y Maroto también. El resto miraba con cara de no entender nada. El Cura intentó calmarlo.
–Baje el arma, mi capitán. No saca nada con amenazarlos, están tan asustados como usted.
–Yo no estoy asustado, yo amo a mi país y odio a los que intentaron venderlo a los marxistas leninistas. Que no entiende que de eso se trata, mi capitán Carmine. Esta tropa de mal nacidos y los que asesinaron a nuestros hombres son demonios comunistas. Usted fue cura, conoce de estas cosas, no se dejé engañar por estos malditos.
–Calma –interrumpió el alemán. Troncoso continuaba rezando.
–Usted no me hable, usted es parte de este teatro upeliento.
–Basta Arancibia –gritó Correa.
–Mi capitán Arancibia y la boca le queda donde mismo, vende patria…
–Mi capitán, por favor –trató de razonar el Cura ¬–no nos apresuremos por favor. Ni usted ni yo comprendemos lo que esta ocurriendo, pero debe haber una explicación para todo. Ahora baje el arma, por favor, no nos desesperemos…
Entonces vino el golpe, como de algo muy pesado impactando contra el muro de la cancha de básquetbol. Luego la puerta fue sacada de cuajo, como si se tratara de papel arrugado. Latas, maderas y fierros fueron arrebatadas hacia la noche. El Cura aprovechó la confusión para saltar sobre Arancibia y quitarle el arma, pero este alcanzó a disparar. La bala atravesó el ojo de nuestro capitán, reventando la parte posterior de su cabeza contra Correa y el resto de los supervivientes. Troncoso no fue capaz de terminar su Ave María. Yo ni siquiera podía pensar.
–Madre de Dios –pronunció Arancibia, dándose cuenta de lo que había hecho. Un horror que, sin embargo, a nadie parecía importarle mucho.
El Cura estaba muerto, pero eso no se comparaba con lo que comenzaba a entrar por la puerta de la bodega. La noche trajo los gritos y algo más. Un grupo de hombres y mujeres, completamente desnudos, caminaban hacia nosotros mirándonos con unos ojos negros, sin orbita y sin punto fijo. Ojos que no eran ojos. Todos eran altos y muy delgados, tanto que los huesos de las costillas se dibujaban bajo la piel de sus pechos, revelando unos esqueletos lánguidos que se agitaban bajo la carne como si tuviesen vida propia. Y con ellos vino el olor, un aroma nauseabundo y sucio que se impregnaba por todos lados. Miraba a las criaturas que caminaban hacia nosotros, a los parásitos como los llamaba el alemán. Arancibia, de pie junto al cadáver del Cura los apuntaba con su arma, haciéndole gestos de que retrocedieran, pero a ellos nada parecía importarles, sólo dar un paso tras otro. Troncoso empezó a mearse, otros presentes también. Ellos nos miraban y sonreían, desfigurando sus rostros en una expresión desproporcionada y contra natural.
Arancibia gritó y apretó el gatillo, vaciando su cargador contra la primera de las criaturas. Sólo polvo, como si sacudieran algo cubierto de ceniza. Y empezaron a carcajear, risas que se fundieron con los aullidos del capitán de los navales, al ser tomado por uno de los monstruos, que se descolgó como una víbora desde el techo. Usó su cola de serpiente para enroscarse alrededor del oficial y luego apretó sus anillos. En medio de sus gemidos, escuchamos y vimos como cada uno de los huesos del marino se rompían licuando su cuerpo hasta dejarlo convertido en una masa gelatinosa y deforme que se estremecía en su propio dolor. Otro de los parásitos, uno de los que aún caminaban en su forma humana, se acercó y le arrancó un brazo que comenzó a disfrutar lamiéndolo con una lengua roja y terminada en punta.
Como un niño, Troncoso se dobló en si mismo y empezó a sollozar. Vi como la mierda chorreaba por sus pantalones. Yo apreté mi arma, la antorcha y miré al resto.
–¿Y ahora? –le pregunté al alemán.
–Ahora viene el trato –me respondió, mientras su propia cara se partía en la más abominable de las muecas.
–Nunca pensé que fuera usted el elegido, mis apuestas iban por su capitán...
Retrocedí horrorizado.
–Cómo debe haber escuchado, soldado, esta es una historia de familia.
Y apagó mi antorcha, apretando las llamas con una mano larga y huesuda.

Etiquetas: