FORTEGAVERSO

viernes, julio 09, 2010

ZOMBIES... CON TODO RESPETO



Mi cuento, "Setenta y Siete" incluido en CUENTOS CHILENOS DE TERROR es una fantasía splatterpunk con ingredientes de conspiración que basicamente, sin contar muchos detalles, juega con la idea de mezclar el mito de los zombies/muertos vivos con detenidos desaparecidos. Todo empieza con el regreso a casa de un niño secuestrado en 1976 y el abrazo de horror entre él y su madre... El plot se lo debo a Daniel Villalobos que hace hartos años, en una borrachera, se le ocurrió decir que sería freak que los DD DD despertaran un día convertidos en zombies y convirtieran Santiago en escenario de una película de George Romero. Y claro, es lógico que a veces la ficción se cruce con historias personales e incluso destape heridas, por eso me pareció interesante este mail que recibí en la mañana en mi casilla gmail. No voy a pedir disculpas ni excusarme, para eso esta "77" defendiendose con sus virtudes y fallas narrativas, lo cierto es que en verdad me gustó encontrar este mensaje en la bandeja de entrada.

Voy a obviar el nombre del lector, por respeto a él


Con todo respeto


Leí su cuento “77” incluido en una antología de relatos de terror chileno y me dio asco. Sin rodeos, lo que usted escribió es una falta de respeto mayúscula, riéndose de una herida nuestra tan abiertas como nuestros DD DD, haciendo de esta historia de terror una película barata Hollywoodense. Jugar con nuestros hermanos sacrificados y convertirlos en zombies revela su inmadurez como autor, pero lo que es peor una insensibilidad que me atrevo a creer es típica de la derecha arrogante con cero respeto hacia esta gran herida en nuestra historia reciente. Hay cosas, señor Ortega, con las que no se debe jugar, es el alma dañada de nuestra nación. Realmente su cuento me dio asco y no precisamente de miedo.

Atte

NN






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lunes, mayo 10, 2010

SE VIENEN LOS MEJORES CUENTOS DE TERROR CHILENOS


En una semana más NORMA-Chile publica LOS MEJORES CUENTOS DE TERROR CHILENO, una antología que incluye una docena de relatos inéditos, más una selección de comics del Dr. Mortis, nuestro gran ícono del miedo. Entre los seleccionados, nombres amigos (Baradit, Wilson, Villalobos). Este es un extracto de mi cuento.


SETENTA Y SIETE

Agosto, 1995. Independencia, Santiago de Chile.

Conocía cada ruido de la casa: el aletargado crujido de las cañerías durante la noche, ese continuo toqueteo de las ramas del ciruelo, las vigas de la terraza al hincharse con los cambios de temperatura, el marco de las ventanas al ser alcanzado por la primera luz de la mañana... A sus 65 años, Elcira Ramírez dominaba tan bien cada sonido de su hogar, que despertó de inmediato cuando un ritmo pesado y cansino empezó a sucederse desde el pasillo de la puerta hacia el interior del primer piso. Se quedó tranquila, en silencio, a oscuras, apoyada contra el almohadón más grande de la cama. Y escuchó. El ruido no sólo seguía allí, abajo, además se movía. No cabía duda, alguien más respiraba en la casa, alguien que caminaba torpe, deambulando entre el living, la cocina y el dormitorio que alguna vez fue de su hijo. Sola en casa y con un extraño acechando. Recordó cuantas veces su hermana le había ofrecido irse con ella: “alguien malo puede aprovecharse, tu hijo no va a regresar”, fueron sus palabras. Pasos, claro que eran pasos, trancos arrastrados de quien parecía revisar con atención cada uno de los detalles de la vieja geografía del lugar. Elcira sentía su corazón apretado, latiéndole desordenado, con potencia, como si fuera el estruendoso motor del auto viejo del dueño del almacén de la esquina. Un miedo como nunca había experimentado en todos los años transcurridos desde que su esposo murió y se llevaron a su hijo. Dos décadas sola, dos décadas abandonada a la suerte, olvidada por los poderosos, los unos y los otros. Una vieja y un intruso, la balanza no estaba a su favor. Pasos, pasos, pasos, latido, esa era la aritmética. Respiró profundo y agudizó los sentidos, el hombre (porque era un hombre, pesaba como uno) había entrado a la habitación de su hijo y allí se había quedado, tal vez de pie, tal vez sentado en la cama, tal vez sólo era un pobre vagabundo que buscaba un lugar para dormir. Estiró su brazo izquierdo hacia el velador y encendió la lámpara de noche: luz y fotografías antiguas la saludaron y le dieron valor. ¿Qué podía ser tan terrible? Llevaba años guerreando contra los que mandaban, se había enfrentado a ejércitos y soldados, todo por el derecho a saber donde estaba su hijo. Si las botas y fusiles nunca la habían asustado, por qué ahora, un pobre ladronzuelo (eso imaginó que era) la iba a intimidar. Apretó los puños y brincó de la cama, buscó una bata gruesa, se puso los zapatos y agarró el bastón que alguna vez fue de su esposo, como instrumento de golpe en caso de necesitarlo. Estudió el escenario, don Luis estaba en la casa continua, sólo había que gritar fuerte, quebrar cosas, correr hacia la calle. ¿Y si traía un arma? ¡Que la disparara!, total hacía rato que no tenía nada que perder. Ya no más. Bajó las escaleras y se encaminó valiente al dormitorio de su hijo. Al entrar percibió un aroma mojado, a viejo, como de algo guardado durante mucho tiempo que de la nada era sacado a la luz. Con pasos sigilosos pero seguros se asomó a la habitación, cruzando el bastón sobre su cuerpo, tratando inútilmente de parecer intimidante.
Y allí, bajo las sombras, reconoció la silueta de su hijo.

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