FORTEGAVERSO: COLIN CAMPBELL (2 PARTE)

domingo, mayo 25, 2008

COLIN CAMPBELL (2 PARTE)


Me gusta acostarme con ella, me gusta su olor, su sonido y su humedad. Y sobre todo me gusta que no se haya acostado con nadie después de que nos separamos.
-Además me carga el tal Artie…
-Arturo, es un buen cabro.
-No sé, me molesta no más. La Julieta comenzó a cambiar cuando se puso a pololear con él. Estoy seguro que se acuestan, espero que al menos se cuiden.
-¿Quieres que hable con él?
-¿Y qué chucha le vas a decir?
-No sé, hablar de hombre a hombre.
-¿Qué es eso de hablar de hombre a hombre? Ese huevón no es tu hijo, a lo más se tira a tu hija. Su papá debería hablar con él.
-Sólo era una idea…
-Lo sé, discúlpame. Y también por el resto, no tengo porqué hablarte tan alto, no tengo derecho a hacerlo. Bueno, tu tampoco a escucharme…
-El peso histórico.
-El peso histórico-, me repitió, torciendo su mejor sonrisa, la mejor de todas. Desde que nos separamos he enumerado las razones que nos llevaron al desengaño, ninguna era muy pesada, fue no más. Pasó. A veces no hay más razones que eso.
-En serio-, le dije, regresando a lo del novio de mi hija, -Artie es un buen tipo. Puede que sea un poco raro para vestirse pero al menos estudia y le va bien…
-¿Por qué lo defiendes tanto, pareces fanático de él?
-Sólo me cae bien-, le dije. Ni en un mundo perfecto le habría contado la historia completa. Volví a agradecer a mi médico.
-Si para ti eso vale…
-¿Es mejor que nada?
-Tiene diecisiete años.
-¿Y?
-La Julieta catorce.
Cayó un silencio.
-Ni siquiera sé donde se mete todas las noches-, prosiguió. -A veces no sale con tu amigo-, acentuó. -La llaman por teléfono y contesta con palabras mapuches. Me aterra que este metida con gente como la que esta incendiando los campos.
-Está de moda hablar en mapuche, Miranda, es como haber sido hippie o punk antes...
-¿Y qué le pasó a los hippies y a los punks, Colin ?
Me quede con la frase, “se extinguieron”, atrapada entre los dientes. Pensé en la vida de las sardinas, nadando tranquilas en mitad del océano hasta que sin querer se meten en la boca de una ballena jorobaba y quedan apresadas en la red de barbas de la boca del cetáceo. La idea se la escuché por primera vez a Colin, poco después de conocerlo. El tenía una teoría. Decía que el estómago de las ballenas estaba poblado de ciudades y colonias de peces tragados y que sus inmensas panzas eran como pequeños mares dentro del mar. Las ballenas eras sus animales favoritos.
-Crecieron-, le respondí tras hallar la palabra más tranquilizadora del vocabulario.
-Y si está metida en huevadas raras-, continuó la mujer que fue mi esposa. -Antes uno anotaba el número de teléfono y sabía donde estaba una persona, ahora con esos nuevos chips, que se yo, no hay como… Puta, Pancho, si hace veinte años me hubieran dicho que por tu celular iban a poder decirte donde y con quien estabas me habría parecido terrible, de dictadura fascista y toda esa mierda contra la que uno pelea cuando está en la universidad. Ahora me aterra que los teléfonos vuelvan a ser invisibles.
Pensé que iba a agregar que yo tenía la culpa, que nunca debí regalarle el aparato que Julieta me pidió para su cumpleaños pasado y todo el resto del tango. Pero no lo hizo.
-Hoy está en la casa sólo porque viniste tú-, subrayó. -¿Te quería pedir algo, verdad?
-Si…
-¿Qué?
-Nada, algo para jugar...
-¿Qué tipo de algo?
-Un nuevo monitor.
-Tiene como cuatro tirados en la pieza.
-Este es mejor…
-Me da lo mismo que vuele-, cortó. - ¿Qué le dijiste?
-Que más adelante…
-¿Y qué te dijo?
-Que bueno.
-Porque eres tú, si yo le contesto que más adelante, me tira la caballería inglesa entera, agarra sus cosas y no vuelve hasta mañana en la tarde. A veces no la soporto…
-¿Qué quieres que haga?
-Ya lo hiciste.


QUITÉ EL SELLO PLASTICO de la cajetilla de Salem etiqueta negra y le ofrecí uno. Artie me dijo que ya no fumaba y pagó su lata de Coca Cola light. El cajero le preguntó si no prefería usar tarjeta, el novio de mi hija negó con la cabeza y le pasó un montón de monedas.
-¿Desde cuando?-, reaccioné. La última vez que lo había visto fumaba casi dos cajetillas diarias.
-Desde la semana pasada-, me contestó tras despedirse del pálido dependiente del local. Las puertas automáticas nos regresaron a la calle. –Más que nada por asco-, continuó explicándome. -Quiero llegar bien a los cuarenta.
Pensé en eso de llegar bien a los cuarenta, en la idea sonaba bien.
La luz del letrero de la estación de servicio caía sobre la esquina con un blanco pálido, casi mortecino. Hacía calor, menos que otros días pero igual pesaba. Primera quincena de Abril y los restos del verano más caluroso de los últimos cincuenta años aun volaban alrededor y sobre Temuco. Lo único que quiero es que llegue rápido el invierno. Con la temperatura descienden casi todas las cosas.
La Avenida Alemania se extendía como una vena de luces correderas, alargándose hacia el centro de la ciudad. En los últimos años Temuco se ha abierto hacia todos sus puntos, ha crecido como pocas capitales de provincia pero sigue siendo el mismo pueblo rural de siempre. Colin y sus compañeros arquitectos siempre lo decían, el urbanismo no lo da el crecimiento.
Agarré un cigarro y me lo puse en la boca. Artie me advirtió que estabamos parados sobre más de cuatro mil litros de combustible muy inflamable. Le dije que tendría cuidado y lo seguí hasta la Toyota, conectada a una bomba automática pocos pasos más adelante. Apreté el cigarrillo con los dientes, mojándolo con saliva, como si fuera un porro de marihuana. Debería preguntarle si tiene un poco.
En la máquina vecina una rubia de grandes tetas estacionaba un Peugeot tan dorado como su pelo. Cuando notó que la estábamos viendo, volteó la cabeza hacia atrás, haciéndose la interesante. Las mujeres menores de treinta son tan obvias como un par de zapatos.
-Sino fuera por el fuego y el humo a esta hora quizás podríamos ver la estrella que nos está mandando señales-, comentó mirando hacia la costa, sobre las colinas incendiadas que aparecían un poco más allá de los últimos barrios de la ciudad. –Por ahí-, agregó indicando con su brazo derecho hacia la costa. Miré, los incendios dibujaban las formas de los cerros circundantes a Temuco. Llevan casi un año quemándose y nadie parece querer pararlos, lo único que interesa es que las llamas no nos alcancen, como si ya no lo hubieran hecho. A veces creo que los temuquenses nos hemos acostumbrado a vivir cercados por el horror.
-¿Crees que los veremos alguna vez en persona?-, me preguntó, mientras entraba al auto y corría el seguro de la puerta del acompañante.
-¿A quiénes?-, le contesté, mientras abordaba.
-A los extraterrestres con los que estamos haciendo contacto.
Encendió el motor y ubicó el teléfono sobre el panel, encima del conector de audio del vehículo.
-No.
-Yo tampoc, pero me gustaría. Quedaría la cagada.
Aceleró la camioneta y la llevó hacia la avenida. Comentó que siempre estuvo seguro de que no estábamos solos. A su edad yo pensaba todo lo contrario.
-Tu ex me odia-, me dijo.
-No es odio, sólo está preocupada por Julieta.
-Y me echa la culpa de todo a mí.
-No te conoce.
-No quiere conocerme, que es distinto. ¿Dónde te dejo?
-Donde siempre-, le respondí mientras encendía el cigarrillo que llevaba apretado desde hace un buen rato en la boca.
-Baja el vidrio, por favor, mi papá odia el olor a cigarrillo.
Lo hice.
-Deberías vivir en Temuco-, continuó.
-Victoria es más tranquilo, además no pago arriendo.
-Si, pero tener que ir y venir…
-Son sólo cuarenta minutos, nadie se muere por cuarenta minutos-, solté una línea de cenizas a la avenida.
-No estoy tan seguro.
Artie, Arturo, tiene diecisiete años y desde hace casi uno es novio de mi hija Julieta. Vive con sus padres y estudia ingeniería en algo electrónico en la Universidad de la Frontera. Quiere dedicarse a hacer videojuegos y es algo así como un genio. Es un buen tipo. Mi ex lo odia, mi hija lo ama, a mi me cae bien. Estoy seguro que se acuesta con Julieta, pero no puedo decirle nada. Y de poder tampoco se lo diría. Es de esas certezas naturales que todos los que tienen una hija deben dejar pasar para no enredarse la cabeza. Tampoco tengo moral para pedirle nada, podría decirse que somos casi amigos, de hecho me conoció antes que a Julieta, cuando se presentó como mi nuevo dealer. Después, bueno, después nos hicimos cómplices de la casualidad y decimos mantener un conveniente silencio. Igual no me gustaría que se casara con mi hija.
-Hoy vi a tu alumna ayudante en el casino de la universidad.
-Marisa.
-Ella, es deliciosa. ¿Te la estás tirando?
Al lado de mi ventana pasó un deportivo descapotable con la música muy fuerte. Traté de reconocer la canción pero no pude.
-No.
-Deberías, ella se podría incluso enamorar de ti.
-No quiero que se enamore de mí.
-Sólo era una sugerencia.
-Tiene novio.
-¿Y, qué tenga dos si quiere? Tu eres su jefe y tienes cuarenta años de experiencia.
Volvimos a acercarnos al descapotable, tampoco pude distinguir la canción. Tiré la colilla del cigarrillo y subí el parabrisas. Pensé en Marisa, lo hago con frecuencia.
Artie buscó algo en los archivos de su teléfono y subió el volumen de los altavoces. Reconocí el tema, recordé el año en que había sido éxito y cuantas estrellas le había puesto cuando critiqué el disco. Tres de cinco, un poco más que regular.
-Los entrevisté en Miami-, le conté indicando hacia donde salía el volumen. –El cantante era un imbécil.
-Murió.
-Si, el año pasado-, suspiré. Me estaba poniendo viejo.
-Toma-, me dijo, pasándome una pequeña bolsa de plástico negro. –Tienes que probarlo.
Agarré el booster y lo puse a contraluz, hacia los brillos de los faros de otros autos que chocaban contra el parabrisas de la Toyota.
-Baja eso, quieres que nos agarren los pacos, los semáforos están llenos de cazadores y con lo público de tu teléfono nos pescarían en un par de minutos.
-No puedo ser invisible.
-Lo sé, pero hay que disimular.
-¿Qué tiene de tan bueno?-, le pregunté.
-Dex.
-¿Metanfeta?
-Dex, suegro, dexidrina.
Luces de ambulancias y camiones de bomberos detenían el tránsito un poco más adelante. Algo ocurría bajo el paso sobrenivel de Avenida Alemania.
-Guárdalo-, me indicó el novio de mi hija. Doblé la bolsa de papel plástico y la metí en el bolsillo trasero de mis pantalones. –Ten cuidado que no se te reviente-, agregó, -mancha y tiene un olor asqueroso.
Frenamos tras un Mitsubishi plateado. Una grúa enorme con un brazo amarillo de tres extremidades levantaba latas humeantes un poco más adelante. En la pista más cercana a la vereda, una fila de microbuses piteaba, eran los más complicados con el taco. Delante de todo una mujer policía dirigía el tráfico con exagerados aleteos.
-La mezcla del dex con el booster-, continuó Artie, –te da una de las interfaces más completas. Se supone que con un buen equipo en verdad vuelas.
La carabinera detuvo el Mitsubishi que iba delante nuestro e hizo pasar otra de las corridas de autos. Luces se movían, otras se quedaban quietas
-Eso si, ni se te ocurra inyectártelo. Directo a la nariz, en gotas a los ojos o trágatelo diluido en un poco de leche. Si te picas con ese hemoware te mueres.
La policía nos hizo pasar. Las luces traseras del Mitsubishi pestañearon y el auto aceleró. Artie entró en primera e hizo lo propio. Junto a mi ventana, el héroe del estreno cineematográfico de mañana corría sobre la carrocería de un bus invitando a ver la película. La crítica fue lo último que edité en la tarde, un absoluto desastre, una estrella, lo más bajo en nuestra escala.
-Buenas tetas-, comentó Artie al pasar junto a la mujer del tránsito.
Una taxi se había ensartado contra un poste del alumbrado público y la pesada caja con los faros cayó sobre los pasajeros del vehículo. No se veían restos de sangre ni de cuerpos.
-Esos quedaron hechos hamburguesa-, comentó Artie en voz baja mientras acelerábamos de a poco para tomar la normalidad de la calle. El Mitsubishi plata ya se había perdido hacia el centro de la ciudad y Avenida Alemania nos recibía con sus plátanos orientales, sus araucarias enanas y los enormes avisos fluorecentes del Jumbo. El corazón de Temuco, cada vez más cerca, se veía fantasmagóricamente rojo, como si la capital de la Araucanía estuviera despertando dentro de los restos de un ataque nuclear.
-Colin escribió anoche-, dije sin despegarme de las torres del centro.
-Lo sé, puse un sentencia en el programa de tu inbox. Me envía un aviso cada vez que te llega un mensaje del fantasma.
-¿Y cómo sabes que es él, nunca usa el mismo nickname?
-Pero siempre añade una cifra de cuatro dígitos junto al alias. En rigor lo que el software hace es alertarme de cualquier mensaje que hayas recibido con ese patrón.
-Podría ser cualquiera.
-Podría ser cualquiera-, repitió, -digamos que es un riesgo informático.
-Eso significa que estás leyendo mis correos.
-No significa nada, tranquilo, nadie está violando tu privacidad electrónica. El programa sólo me avisa de los mensajes, no me los reenvía. En serio-, insistió.
Le creí.

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