FORTEGAVERSO

jueves, mayo 27, 2010

THE WALL 2010/11 (HABLA ROGER WATERS)

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miércoles, noviembre 25, 2009

30 AÑOS DE THE WALL: LADRILLOS EN LA PARED


El sábado pasado vi con mi mujer The Wall, la película de Alan Parker y esta semana he escuchado el disco, la versión en vivo (Is there Anybody Out There: The Wall Live) y el remake que Roger Waters y compañía levantaron en Berlín en 1990. Una vez tras otra, como un ritual, una celebración de cumpleaños generacional, una devoción personal a un disco devocional. Las canciones son las mismas, las versiones difieren, el reactor permanece. Hacía años que no escuchaba la pared de esquina a esquina, hace rato que no está entre mis discos favoritos, incluso dentro de la discografía de Pink Floyd no es de mis predilectos. Lo siento demasiado Roger Waters, demasiado maqueteado, demasiado estudiado, demasiado anclado en la tierra, demasiado alejado de los paisajes intergalácticos que la banda supo tejer entre 1965 y 1978.
Dark Side of the Moon es música, The Wall una biografia recitada. Además fue el primer disco de Pink Floyd dirigido por un productor que no tenia relación con el grupo (Bob Ezrín), sobreproblado de sesionistas, saturado de canciones donde lo único floydiano era la voz de Waters, abusado de líneas de batería donde no aparece por ningún lado esa violencia artesanal de Mason, sin contar el exilió absoluto de Rick Wright y sus colchones de teclados. The Wall no sólo es un corte estilístico, sino también moral y político de la banda, casi una respuesta al odio que el punk manifestó por el cuarteto londinense, achacándolos de símbolo de todo lo odiable en la música rock. No más space rock, no más prog rock, The Wall era callejero bailable incluso, construido en horrores y rabias, una patada de gritos y metáforas violentas, Punk Floyd ironizó hace tiempo el argentino Rodrigo Fresan al escribir de esta placa, toda la razón. Pero The Wall con todo lo que uno puede criticarle está de cumpleaños, suma tres décadas y en los aniversarios todo se ve más nítido. Mejor, con más claros que sombras. Y The Wall tiene a “Comfortably Numb”, la luz Gilmouriana dentro de la dictadura Wateriana, la última canción hecha de a dos, la última obra maestra del grupo, acaso la mejor canción de la historia de la banda. Si me apuran, una de las cinco mejores canciones de la historia del rock británico, o del rock mundial. En mi top personal, la mejor de todas, con el perdón de Lennon, Macca, Dylan, Wilson y tantos otros gigantes.
El 30 de noviembre de 1979, The Wall debutó en las estanterías. El disco que todo el mundo dijo que no iba a comprar se alzó al top 1 en ambos lados del Atlántico. Y ahí permaneció, año tras año, hasta encaramarse al 2 absoluto de todos los tiempos, sólo superado en cifras por Thriller del difunto Jackson. Record absoluto, pero eso al final es puro número, lo que importa, lo que vale esta por otro lado.
Insisto, The Wall está hoy lejos de ser uno de mis discos preferidos, pero ello no quita que sea el más importante de mi vida. Recuerdo perfectamente cuando lo escuché por primera vez. 1988, yo estaba en 1º medio y en la casa de mis abuelos empecé a escarbar unos cajones con casetes grabados que tenía mi tío Víctor Hugo. Pink Floyd: El Muro (1º Parte) estaba garabateado con lápiz rojo en un Sony de 60 minutos. Fue la única cinta que me interesó. El nombre me sonaba y los otros de la caja: Gentle Giant, Yes, Vander Graff Generador, The Mahavishnu Orchestra, Jean Luc Ponty recuerdo, no los había escuchado ni en pintura. No me culpen, era Victoria, un pueblo 60 kilómetros al norte de Temuco, donde lo más “moderno” que se oía eran los hits de Día y Noche FM y lo poco que llegaba a la disquería Tops (que era del papá de mi amigo Pato Paredes), la única de la ciudad, se resumía en el top 10 de Sábado taquilla y Más música.
Me fui con el casete a mi casa y lo puse en el “Tres en Uno” IRT que teníamos en el living. Primero el chirrido del ruido blanco, luego el fraseo de una canción antigua (que años mas tarde identifique como una balaba navideña de Vera Lynn) y luego un violento puñetazo de guitarra y batería. El casete no tenía identificado los nombres de las canciones así que me resulto complicado seguirlo, especialmente porque era el primer disco que oía donde todo estaba pegado, las canciones no se difuminaban, ni siquiera se cortaban. 45 minutos, “Good Bye Cruel World” se despedía la última canción y todo se acababa.
En una época donde lo más fuerte que había escuchado era Iron Maiden y Europe. Y lo más “artistico y arriesgado”, Queen, lo que acaba de oír me voló el rostro. Necesitaba la segunda parte. Me demoré un año en conseguirla, cuando encontré en Temuco –en disquería Concierto- la edición CBS del casete, que metía ambas partes en una sola cinta de 90 minutos: uno de los primeros completamente blancos (sin papel) y con carátula con lengüeta, con los nombres escritos en inglés, sin traducción made in Chile ($850 si no me equivoco, si menos de luca), en una época pre CD, una joya entre joyas.
A esas alturas ya muchos de mis amigos de colegio: Manuel Contreras, Pollo Carvacho, Alejandro Inostroza compartían esa devoción por The Wall (y por Pink Floyd). Habíamos conseguido otros discos y visto el VHS del Delicado sonido de Trueno, que alguien trajo pirateado de la capital y que era lo más futurista del mundo. “Mira el video de “Signos de Vida”, la cámara se mete por debajo del bote, y ese huevon que enciende un cigarrillo con un rayo láser al inicio de “Shine On”, o la cama que sale volando….” . Por supuesto entonces no teníamos ideas de disputas legales, ni de Waters, ni Gilmour, la música era simplemente Pink Floyd, la banda más grande de nuestra adolescencia, un ritual obligado de cada sábado por la tarde, buceando entre sonidos que jurábamos era lo más existencialista del mundo. Me acuerdo que cuando al fin logramos escuchar The Wall completo, en la casa de Manuel, su primo Blas, que ya estaba en la universidad se nos unió y nos dijo una frase que nunca he podido olvidar. Era 1989, era el sur de Chile, la universidad era la UFRO.
-En la UFRO, Pink Floyd es lo único que se escucha, es el sonido de las clases, van a conocer a todo el mundo gracias a Pink Floyd. ¿Ya vieron la película de The Wall?
Había una película. Si, claro, había una película.
Y vimos la película y con Manuel la analizamos en una clase de literatura, con un profe de Filosofía que nos puso 7 por el sólo hecho de llevar a Pink Floyd a la sala de clases. Y nos hicimos amigo del profe gracias a The Wall y nos contó que cuando había estudiado en la Universidad Austral todo era Pink Floyd, que o escuchabas Pink Floyd o no eras nadie. Y sentíamos que estábamos en lo correcto, que era lo que había que oír, lo realmente importante en la música, todo el resto era popular y comercial. Y aunque claro, en privado habíamos empezado a variar los gustos: REM, Depeche Mode, The Cure, encima de todo siempre estaba Pink Floyd, habíamos crecido ladrillo a ladrillo y eso al final es más potente que cualquier calidad artística.
Un verano llegó alguien de Santiago (primo de un vecino, primo de un primo, da lo mismo) y nos presentó a The Smith. Nos armó todo el discurso de que era lo que se estaba escuchando en la capital, que era el nuevo punk, la nueva voz de la juventud de clase media inglesa, que Pink Floyd era puro engrupimiento, que era musica pa´viejos, que Sex Pistols los había mandado a buen lugar el 77. Por supuesto nos dio lo mismo. Al año siguiente entramos a la universidad y Pink Floyd iba con nosotros. Y comprobamos que estábamos en lo correcto, que el santiaguino se equivocada, era un snob, un popero. La música de los Smith estaba bien pero no tenía un ápice de la profundidad que encontrábamos en Pink Floyd.
El 92 entré a Periodismo en la UFRO. Nuevos amigos, nueva gente, primeros amores y Pink Floyd siempre presente. Veo perfecto el gran carrete de la semana mechona, fiesta con proyección de The Wall en una pantalla gigante. Catarsis total, éramos universitarios, Pink Floyd era la universidad. Mi amigo Roberto recitando la letra de “Hey You” entre cajas de vino en una húmeda pensión al poniente de Temuco, mi amiga Paola canturreando “The Great Gig in the Sky”, como podía y le salia bien… Primeros pitos, primeros viajes, cantando a todo pulmón cada canción del disco, sintiendo que el disco, la película, las canciones eran la primera misa. Mi buen amigo Daniel Villalobos sentado en el piso del gimnasio Bernardo O´Higgins de Temuco, casi llorando con “Nobody Home”… Tango 4 de Garcíoa y Aznar fue el gran descubrimiento de ese año, pero The Wall estaba siempre más arriba.
El primer libro de rock que me compre fue una biografia/cancionero de Pink Floyd…
Un paro en junio, una toma en julio, carretes tóxicos cada noche, “Is there anyboby out there?” cantaban todos mientras escribían carteles gigantes pidiendo justicia social en la otorgamiento del crédito universitario… “Bring the boys back home” lloraban otros, mientras trababan con cadenas la entrada a la universidad para el festejo del año nuevo mapuche. Estoy seguro, la banda sonora del movimiento mapuche que hoy sacude a la Araucanía tiene mucho de The Wall, estan todos, a ambos lado de la carretera/cultura, esperando por los gusanos.
Más fotografías, una estudiante de literatura, tres años mayor, bailando en medio de una fiesta tóxica, gritando que sin Silvio Rodríguez y sin Pink Floyd no existía universidad. Y claro, uno podía bailar con Pet Shop Boys, cantar con Soda Stereo, pero sonaba Pink Floyd, sonaba The Wall y todo el mundo se quedaba en silencio.
1992, acabábamos de recuperar la democracia, de salir de la oscuridad, pero aun quedaban tantas deudas pendientes… ¿acaso las pagamos? The Wall era un faro que supo dar buena luz en esa época sombría. Eran los años felices de nuestras vidas, después empezamos a crecer y los sueños, algunos sueños se fueron por el caño, como en “Comfortably Numb”. ¿Por qué Pink Floyd era tan importante en esos años? Ni idea, supongo que porque estábamos en el sur, encerrados en nuestro propio mundo, mientras en Santiago y más al norte los milicos martillaban en verdad al pueblo. Allá, detrás del Bio Bio los ladrillos nos apartaban del mundo, encantándonos con un disco que a la distancia y con los años suena engrupido, añejo incluso, pero ante el cual no puedo (y supongo que no podemos, porque estoy seguro escribo por muchos) negar su importancia clave como vitamina del crecer, de mi crecer al menos.
Huevón, me dijo un amigo hace años, corta con escuchar a Pink Floyd, si quieres oír verdades de la vida cantadas, oye a Bob Dylan, es menos artificioso. Puede ser, de hecho así es, pero uno creció con Pink Floyd y contra eso no hay nada que pueda hacerse. Soy de los que creen que los martillos marchan, los cerdos vuelan y las flores se convierten en bestias carnívoras cuando hacen el amor. Los ladrillos se levantaron hace 30 años, algunos muros calleron, otros no. "In the Flesh", no más.

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jueves, noviembre 12, 2009

30 AÑOS DE PINK FLOYD THE WALL: THE LOST DOCUMENTARY

The Lost Documentary es el mejor registro audiovisual que existe del tour 1980-81 de Pink Floyd, la puesta en escena de The Wall, cuyo caótico y costoso minitour dejó casi en la ruina a la banda más vendedora de la década de los 70. El infierno, la ambición y lo complejo de esta aventura provocó que la banda, a pesar de tener los royalties del que entonces era el disco más vendido de la historia de la música (sería desbancado un par de años después por Thriller de Michael Jackson) casi quedaran en la calle. A pesar de que los shows de The Wall fueron filmados en cine, estos jamás han sido editados en forma oficial, el rumor dice que Roger Waters tiene guardados los originales ya que no está conforme con la calidad del registro, como sea, sería bueno que el viejo migraña los liberara para festejar los 30 años del que se supone es su disco más personal, su propia obra maestra en su carrera como solista y dentro de la firma Pink Floyd. The Lost Documentary fue publicado hace un par de años en Inglaterra y ahora puede verse completo por YouTube, esto es para fans, para quienes creemos que los martillos marchan y los cerdos vuelan.



Parte 1


Parte 2


Parte 3


Otro buen documental sobre el disco, el tour y la película The Wall es Behind the Wall, que hace unos años emitió canal Fox, pueden descargarlo y verlo aquí.

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miércoles, agosto 12, 2009

70 AÑOS DEL MAGO DE OZ: PINK FLOYD: THE DARK SIDE OF THE OZ



Las otras partes de la sincronía aquí.

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jueves, julio 23, 2009

40 AÑOS DEL ALUNIZAJE: "MOONHEAD" LA GRABACION PERDIDA DE PINK FLOYD

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viernes, octubre 24, 2008

DAVID GILMOUR SEGUN RODRIGO FRESAN


Artículo aparecido el domingo pasado en RADAR de Página 12. Notable como siempre, la pluma certera de Fresán. Notable eso de que "Comfortably Numb" es a Pink Floyd lo que "A Day in the Life" a los Beatles.

EL OTRO PINK FLOYD

David Gilmour volvió a dar uno de sus celebrados conciertos, a la vez íntimos e inmensos. Esta vez en un escenario imponente, histórico y ominoso como los astilleros donde se fraguó el movimiento Solidaridad de Lech Walesa. Y como cada vez, un fantasma recorre el escenario: el de Pink Floyd. El DVD Live in Gdansk funciona como perfecto cazafantasmas. Por lo menos mientras Gilmour y Waters sigan empeñados en demostrar que pueden vivir el uno sin el otro.

Por Rodrigo Fresán

El problema ya quedaba de manifiesto cuando, en teoría, aún no habían empezado los problemas: en “Have a Cigar” –canción de Wish You Were Here, de 1975– se afirmaba y se preguntaba aquello de “La banda es fantástica, eso es lo que pienso / Oh, a propósito, ¿quién es Pink?”.
Años más tarde, en el virósico fragor de las separaciones, estallaba la batalla artística y legal por la propiedad del nombre de uno de los grupos más exitosos de la historia.
Y los duelistas eran Roger Waters y David Gilmour.
Ganó el segundo (quien editó un par de exitosos y no demasiado admirables discos como Pink Floyd, donde temas como “On the Turning Away” y “High Hopes” celebraban sin triunfalismos la victoria de la épica placidez gilmouriana sobre la catarsis histriónica wateriana) y perdió el primero (quien grabó unos cuantos discos/diatriba más que interesantes que vendieron mucho menos de lo esperado al no venir bendecidos por el nombre mágico).
Después, las esporádicas giras mundiales y solitarias con Waters (aficionado a la caza) insistiendo en que “Pink Floyd c’est moi” y Gilmour (luego del número 1 en el 2006 con su On an Island y entregado a una casi oblomoviana existencia campestre y a pilotar su biplano) casi bostezando un “¿A quién puede interesarle ser Pink?”.
En cualquier caso, uno y otro volvieron a reunirse junto con Nick Mason y el recientemente fallecido Rick Wright. Los dos se subieron al escenario del macro-concierto Live 8 el 2 de julio del 2005, interpretaron la secuencia “Speak to Me / Breathe / Breathe (Reprise)”, “Money, Wish You Were Here” y “Comfortably Numb”, fascinaron a la concurrencia y a millones por televisión y volvieron a demostrar que siguen siendo los que mejor suenan días antes de que estallaran las bombas en Londres.
Después, al año siguiente, descartada una reunión, Waters se dedicó a planificar su gira revisitadora de The Dark Side of the Moon y Gilmour a presentar On an Island.
Y en unos y otros conciertos, el uno y el otro interpretaban las canciones del otro y del uno tal vez sin darse cuenta –aunque resultara obvio– que la tal vez la clave no estaba en quién es Pink sino en que uno sea Pink y el otro sea Floyd.
Y todos contentos.

LAS CANCIONES SON LAS MISMAS

Y los años pasan y Roger Waters parece hoy Richard Gere en versión Mr. Hyde y David Gilmour luce exactamente igual a un marine de alto rango y peligrosidad.
Pero las canciones no envejecen.
En especial las canciones de Pink Floyd.
Y eso es lo que vale y conmueve en los repertorios que uno y otro sacan a la carretera.
Y ahora es el turno de Gilmour, y cabe preguntarse qué es lo que lleva a uno a comprarse el doble álbum –que en su edición de luxe crece hasta los cinco compact-discs– David Gilmour: Live in Gdansk sin dudarlo demasiado a pesar de su espantosa portada. Y, enseguida, corresponde responderse: la renovada oportunidad de volver a oír y de ver en su sobria puesta muy alejada de la espectacularidad del último Waters on the road –porque el asunto incluye un DVD con una buena parte muy mal filmada del concierto más un aburrido documental– joyas como “Time”, “Shine On You Crazy Diamond”, “Echoes”, “Fat Old Sun” o “Astronomy Domine”. El resto del set –la excesiva totalidad del un tanto monótono On an Island, que yo no había oído nunca– es poco interesante si se lo compara con su debut solista y homónimo de 1978 o el About Face de 1984; aunque virtuoso y conmovedor por tramos acercando a Gilmour a un exitoso compositor de música para ascensores cósmicos, versos leves y susurrados, y sinuosos y personales solos de guitarra que lo cierto es que se disfrutan más en dosis homeopáticas como sonido invitado en discos de Kate Bush (a quien Gilmour descubrió y produjo), Pete Townshend, Paul McCartney, B. B. King o Warren Zevon, por citar a unos pocos.
Y lo que no ofrece la horripilante portada de Live in Gdansk –haciéndonos extrañar tanto aquellos diseños del estudio Hipgnosis que revolucionaron en los ’70 el fino arte de la gráfica para vinilos– lo ofrece el paisaje. Porque Gilmour y su banda –que incluye aquí a Phil “Roxy Music” Manzanera (co-productor del álbum), Rick Wright (Waters lo invitó a sus conciertos pero fue Waters quien lo echó del grupo y lo reincorporó como músico a sueldo por los días de The Wall y no lo llamó para The Final Cut, así que Wright prefirió pasar) y Dick Parry– hicieron campamento en los históricos y oxidados y colosales astilleros donde se fraguó el movimiento Solidaridad de Lech Walesa. Así, grúas abandonadas y barcos encallados y 50.000 personas y orquesta sinfónica.
Y lo de antes, lo de siempre.
El sólido fantasma de Pink Floyd.
Y si Waters en sus conciertos tiene el detalle de no ser él quien cante las partes de Gilmour, aquí Gilmour manifiesta igual caballerosidad pero con un punto de malicia: en la perfecta y conmovedora “Comfortably Numb” –acaso el equivalente Pink Floyd al “A Day in the Life” de Los Beatles a la hora del perfecto balance y potenciación de egos confluyendo en un todo armónico o perfecto– es nada más y nada menos que Rick Wright (algo así como el George Harrison de la ecuación) quien se hace cargo de la voz de Waters. Y Wright –el creador de “The Great Gig in the Sky”– canta como una especie de John Cale cansado de tantas batallas entre Gilmour y Waters, pero disfrutando de una última victoria personal antes de irse tan lejos. “There is no pain you are receding / A distant ship smokes on the horizon / You are only coming through in waves / Your lips move, but I can here what you’re saying”, canta allí Wright.
Y es como si se despidiera.

SACANDO BRILLO

Y mientras oigo aquello y escribo esto, hojeo una reciente edición de la revista inglesa Uncut con su portada dedicada a Pink Floyd y convocando a músicos como Wayne “Flaming Lips” Coyne, Pat “Drive-By-Truckers” Hood, Jarvis Cocker (formidable y muy gracioso lo que cuenta sobre “Brain Damage”), Richard Lloyd, Jim “The Jesus and Mary Chain” Reid, Ice Cube y Paul Weller entre otros para que elijan y escriban sobre su canción favorita de Pink Floyd.
David Gilmour se encarga de la introducción y de recordar la génesis del tema más votado que, sí, es “Shine On You Crazy Diamond”.
De acuerdo.
“Shine On You Crazy Diamond” –que en Live in Gdansk aparece casi desnuda, en los huesos, diferente pero igual de perfecta– es, después de todo, el lugar donde Pink Floyd es más Pink Floyd que nunca: la perfecta simbiosis entre Waters y Gilmour, la maestría percusiva de Nick Mason, el elegantísimo e influyente acariciador de teclas Rick Wright negándose a caer en el absurdo exhibicionista de los tecladistas de los ’70 y uniendo todas las partes. Y –flotando y hasta visitándolos en el estudio– el por entonces zombie psicotizado de Syd Barret, el Diamante Loco a cuyo eclipsado brillo canta y honra la larga suite.
En su texto, Gilmour se refiere a ella como “la canción más pura de Pink Floyd y la cima de nuestro desarrollo. Tiene la embrujadora cualidad serial de música para película emergiendo como de un preciso jam y tuvimos que dividirla en dos partes porque, con sus 26 minutos, no entraba en un solo lado de long-play. Todo está calculado y pensado al milímetro y, sin embargo, es una pieza musical tremendamente adaptable. En la versión original es una gran producción con coristas. En mi último tour se convierte en algo más sencillo y funerario y experimental y hasta descubrimos un nuevo modo de ejecutar la obertura con vasos y copas, pasando los dedos humedecidos por sus bordes. Lo que no fue otra cosa que un retorno a una primera idea que tuvimos para Wish You Were Here, donde todos los instrumentos musicales serían suplantados por objetos... Y lo cierto es que nunca fuimos grandes músicos en Pink Floyd. Yo nunca utilicé mi guitarra como una máquina de riffs. Me interesaba más encontrar nuevos sonidos, crear texturas y atmósferas. Y eso fue lo que nos llevó a intentar otras cosas. Optamos por explorar los paisajes dentro de nuestras cabezas en lugar de imitar mal a Muddy Waters. De ahí que no importa cuántos discos hayamos vendido, Pink Floyd siempre fue y será una banda underground”
Por separado y cada uno por la suya, sin embargo, todo parece más superficial que underground. Por suerte, en ocasiones la música se resiste y resiste incluso al autoritarismo de sus dueños. Y, con autoridad, permanece por encima de las individualidades para volver a unir y arreglar lo que nadie debió romper.
Desearía que estuvieran aquí.

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