FORTEGAVERSO

jueves, octubre 20, 2005

OBI WAN NUNCA TE DIJO LO QUE OCURRIO CON TU PADRE...

LA GUERRA DE LAS GALAXIAS es un cuento que escribí el 98, para la antología "Cuentistas para el Siglo XXI", una nueva versión fue publicada por la revista PLAGIO, a mediados del año pasado. Este extraxto es de la definitivam, que forma parte de CIENCIA FICCION, una recolección de relatos cortos que he juntado a lo largo de casi diez años. Quizás alguna vez se publique, quizás lo mande a concursos, quizás sucedan tantas otras cosas...

La Guerra de las Galaxias

ESCUPO SOBRE el lavamanos. Un delgado hilo de sangre escapa de mis encías y hace espirales alrededor del desagüe. Dejo correr el agua. Mojo mi cara y termino de peinarme. Jabón, espuma y algunos cabellos se pierden por el ridículo remolino formado en el centro del lavabo. Y al hacerlo, la pequeña boca de metal silba grave hacia el interior del caño. Alguna vez, cuando mi hijo era pequeño y todas las noches lo acompañaba a lavarse los dientes, escuché de su voz enana contarme acerca del diminuto monstruo que habitaba en las cañerías. Decía que se alimentaba del jabón usado y que ese ruido raro no era otra cosa que su garganta al tragar el agua y la espuma.
Limpio el cepillo y corto el agua. Vuelvo a mirarme en el espejo, tengo un lado del bigote más largo que el otro, no es tan terrible. Me calzo los anteojos y abrocho la pulsera del reloj a mi muñeca. Salgo del baño.
Sobre una silla del dormitorio está mi chaqueta y encima de ella, la Biblia. Aparto el libro y termino de vestirme. Lo único que me falta es anudarme la corbata. Después de hacerlo regreso a la Biblia, la empuño y abandono la habitación. Es domingo, día del Señor y yo soy su fiel Pastor.
Mi hijo está en la sala, absolutamente concentrado en el televisor. Voy por detrás y pongo una mano sobre sus hombros. Ni siquiera interrumpe un segundo para saludarme.
-¿Entonces no vienes? -le pregunto.
-No -contesta. -Dan La Guerra de las Galaxias –me explica.
-¿Cuántas veces la has visto?
-Tres-, y me mira levantando una ceja. Vuelvo a recordar lo del monstruo de las cañerías. Lo de todos los monstruos que alguna vez inventó su infantil imaginación. Tenía un cuadernillo rojo donde los dibujaba. Cada uno con un nombre diferente. Recuerdo a uno que parecía una vaca con patas de araña que usaba lentes y pasaba todo el día leyendo. Mi hijo lo bautizó con mi nombre.
Dejo la Biblia sobre un sillón y voy a la cocina. Entre los platos sucios busco un vaso limpio. Termino lavando uno. Después de secarlo lo lleno con leche. Lo pongo sobre una bandeja junto a dos platos, uno con galletas y el otro con un sándwich de jamón y queso que preparo rápido con dos rebanadas de pan de molde de bolsa. Muerdo una de las galletas y mientras mastico, reviso con detalle cada rincón de la cocina. Se ve sucia, descuidada. Trago la galleta y regreso con mi niño.
-Toma -le digo, poniendo la bandeja en una mesa que hay junto al sillón, en el que está tirado como si fuera un gato gordo y holgazán. -Después del culto cocino algo. ¿Estás seguro que no vienes? -vuelvo a preguntarle.
-No, papá, ya te dije que quiero ver la película- repite sin mirarme.
-Eso mismo le vas a decir al Señor cuando venga.
Se ríe, su sonrisa me molesta, pero no digo nada.
-Hoy no va a venir- me responde.
Me pregunta cuándo vuelve su madre.
Siento mi garganta secarse en un segundo, de nada sirvió tanto enjuague. Evitando tartamudear le miento: "Mañana, como a las diez".
-¿Y el Rubén? -añade, asomando su cabeza por el horizonte del sillón.
-No sé, el martes -miento. Y escapo veloz de la escena.
El templo levanta su simple arquitectura a un lado de la casa pastoral. Abro la puerta de la iglesia y mientras ingreso me doy cuenta que el hermano Ramírez aún no ha llegado. Pienso en que no debería ser la única persona encargada de la música ambiental.

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