FORTEGAVERSO: ALUCINACIONES TXT... NOW

martes, diciembre 11, 2007

ALUCINACIONES TXT... NOW


En realidad pasado mañana. Este jueves a las 19:00 en la sala Alonso de Ercilla de la Biblioteca Nacional se presenta Alucinaciones TXT, antología centrada en la fantasía y la nueva ciencia ficción criolla. Tengo el privilegio de compartir cartel con grandes y talentosos compañeros como Jorge Baradit, Pablo Castro, Alvaro Bisama, Sergio Gómez, Alejandra Costamagna, Francisca Solar, Lucho Savedra, Sergio Amira, Alberto Rojas y Tito Matamala entre otros ilustres del fandom local.

El cuento que incluí en el libro se llama Santa Graciela y es un coctel político, sádico, fantástico y de horror. A la distancia me gusta más su inicio y su desarrollo que su conclusión, pero bueno, hace tiempo que quería escribir esta historia, de hecho alguna vez le dije a un amigo que estaba tomando apuntes para una novela corta que era como Alien o Beowulf en un penal político de la dictadura de Pinocho. La novela finalmente fue un cuento de 30 páginas, reducido posteriormente a 15. Aquí un adelanto.


SANTA GRACIELA

Regimiento Reforzado Nº 7, Concepción. Mayo 1976


NOS DESPERTARON una hora antes que de costumbre. Mi cabo sonó la diana y ordenó de inmediato: “Carrasco, Medina, Troncoso y Sepúlveda, a las duchas… Tomen su equipo de campaña y esperen afuera en diez minutos. Ahí se les informarán sus órdenes”.

El quinto mes del segundo año de mi conscripción. Mala época para que te llamara el servicio, las cosas no andaban bien después de que Allende y sus ladrones se robaran la mitad del país. Y ahora el ejército era quien debía pagar por los platos rotos. Estábamos al mando, lo que tenía sus cosas buenas y otras no tanto. Debimos hacer algunas cosas desagradables, pero eran órdenes y nuestro deber era acatarlas, además lo hecho se hizo por amor a la patria y como decía mi sargento, estábamos en guerra aunque afuera, en la calle, la gente no quisiera darse cuenta. Hacer y no cuestionar, era la moral del momento. Lo teníamos claro. Además sabíamos de cerca lo que le ocurría a los preguntones. Algunos habían ido a parar precisamente donde nos iban a llevar en un rato más.

El Cura y el Oso iban a estar al mando. El Cura era un capitán joven, con cara de detective de película antigua. Su apellido era Carmine, de ascendencia italiana y supuesto pasado nobiliario, pero para nosotros sólo era el Cura. De alguna forma se supo que antes de entrar a la milicia había estudiado para sacerdote, pero por alguna razón personal terminó cambiando los hábitos por el uniforme. Se decía que mantenía votos de castidad y que sus días libres los pasaba en una iglesia. Del Oso sabíamos todavía menos, tanto mejor así. Ni siquiera conocíamos cual era su rango militar, sólo que estaba por encima de conscriptos y soldados rasos. No le gustaba que le hablaran, menos nosotros. En el regimiento contaban que en una ocasión le había roto el brazo derecho a un conscripto porque este se había atrevido a saludarlo. El Oso era el gigante de los trabajos sucios, interrogador de prisioneros le decían a su labor. Y a punta de golpes, puños, fierros y cables era muy bueno en lo que hacía. Se rumoreaba que sentía una especial debilidad por las niñas menores de edad, entre más pequeñas mejor. Y como el hombre se había ganado el derecho a tener sus privilegios, las autoridades le habían permitido algunas libertades.

Nuestras órdenes eran simples. El personal acantonado en el penal de la isla Santa Graciela había perdido sus comunicaciones con el continente desde hacía poco más de una semana. Ni desde acá, ni desde allá había contacto. La Armada había enviado un pelotón a investigar los hechos, pero tampoco se volvió a saber de ellos. Los jefes sospechaban que pudiera tratarse de un motín o de lo que era aún peor, de una revuelta en la cual los presos se habían tomado el lugar. Por esa razón los navales le pidieron al Ejército un pelotón de apoyo a la unidad de infantes que partirían en la nueva inspección. Nosotros éramos ese pelotón. Un oficial, su mano derecha, seis soldados y cuatro conscriptos de enlace.

–Los marinos se van a encargar de todo, ustedes van sólo para ayudar y observar, nada de abrir fuego –nos indicó el Cura, tras terminar de darnos las órdenes. De inmediato nos subimos a un camión que nos trasladó hasta la capitanía del puerto en Talcahuano, donde abordamos el lanchón de asalto de los navales. Era mi primera operación militar de verdad, también fue la última.

A Santa Graciela le decían Santa Chela. Era (y aún lo es) un pequeño islote del tamaño de seis o siete campos de fútbol. Un peñón embrionario del continente, ubicado al interior del golfo de Arauco, a unos quince o veinte kilómetros de la costa. En días claros es fácil divisarlo desde los cerros más altos de Concepción, aunque casi siempre aparece cubierto por niebla. A comienzos del siglo XX se emplazó en el lugar una estación ballenera con capitales conjuntos de Chile y Noruega. Y funcionó como tal hasta 1964, cuando la Armada requirió sus instalaciones paras convertirlas en un centro de entrenamiento de buceo táctico para la infantería naval. En 1970, y para reducir costos, los navales abandonaron la isla. Así permaneció hasta 1975, cuando, por orden del propio Pinochet, se dispuso que el lugar fuera transformado en un penal de reclusión para prisioneros políticos de ambos sexos, en especial universitarios.


Penal Isla Santa Graciela. Mayo 1976

SANTA GABRIELA apareció con sus rocas afiladas en medio de... (el resto en el libro)


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3 Comentarios:

A la/s 12:04 p. m., Blogger Tanky dijo...

Ojalá que este al alcance de mi bolsillo para regalarlo en navidad...
¿Van a vender ejemplares ahí mismo?

Me anoto desde ya.

Kudos.

 
A la/s 6:12 p. m., Blogger Rodrigo Mundaca dijo...

yes, se venderá ahí mismo :)

 
A la/s 2:53 p. m., Blogger F. Ortega dijo...

gracias por responder compañero Mundaca

 

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