FORTEGAVERSO

martes, diciembre 09, 2008

20 AÑOS DE AKIRA (5 DE 5)


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KATSUHIRO OTOMO, EL PADRE DEL MONSTRUO
“Siempre he dicho que si Osamu Tezuka es el Manga No Kamisama (Dios del
manga), Katsuhiro Otomo es su profeta y Akira, su sagrada escritura”, sostiene Fyto Manga, uno de los más destacados cultores de este tipo de historietas en Chile. Aparte de dibujante y guionista, Fyto es profesor de animación en el UNIACC y gestor cultural del Instituto Chileno Japonés. Sobre Akira y su creador dice “es el cómic japonés que abrió el camino a la actual prosperidad del manga y del anime en occidente. Es una obra monstruosa y de características megalomaniacas. Todo en Akira funciona de acuerdo a las intenciones colosales de Otomo. La narrativa cinemática, funcional y explosiva, el layout, los fondos, el vértigo, etc. Es sin duda, mi obra predilecta a la hora de buscar favoritos. Y una de mis mayores influencias”, asegura el dibujante.
Katsuhiro Otomo nació en Miyago, una provincia agrícola a 400 kilómetros de Tokio, en 1954 y ya de pequeño mostró un gran interés por todo lo relacionado con el manga y el cine. Sus estudios los cursó en el instituto Sanuma y a pesar de su mencionado interés por fílmico, optó por el camino del manga, tanto es así que a los 20 años ya estaba en Tokio presentando ideas en el mundo editorial.
Tras graduarse en 1973, debutó en la revista Action con Prosper Mérimée a la que continuaron Memories y Fireball, de 1979, una historia centrada en el enfrentamiento entre un ser humano y una supercomputadora, y que a pesar de que fue publicada en una revista de corta difusión y que Otomo ni siquiera llegó a concluirla, marcó el inicio de su esplendorosa carrera en el mundo de la ciencia ficción.
En 1980 cosechó su primer éxito, obtuvo el premio Gran Prix a la mejor obra de ciencia ficción con Domu (Pesadillas), el combate entre dos psíquicos, un anciano psicópata y una niña que recién descubre sus facultades. Tras publicar dos recopilatorios más de historias cortas se embarcó en un nuevo y ambicioso proyecto: Akira, que acabaría por convertirse en su gran éxito. En este periodo de su vida es de vital importancia la animación, pues debutó en este mundo con Jiyo wo wareranai, a la que siguió Genma Daisen. Pese a estas aventuras, era Akira lo que absorbía todo su tiempo y toda su atención, así que cuando se le presentó la ocasión de hacer la versión animada de la serie no la desaprovechó. El resultado: la obra que le dio a conocer en Occidente y que se convirtió en un sinónimo de su identidad como artista, convirtiéndolo en el artista vivo más importante del manga y la animación japonesa, incluso por encima de su coleha Hayao Miyazaki (Princesa Mononoke).
En 1996, Otomo debutó en el cómic americano en la miniserie Batman: Black and White para la editorial DC. Su historieta se titulaba The Third Mask y apareció en el cuarto (y último) número de la serie. Desde entonces ha concentrado su labor en nuevos y ambiciosos largometrajes como Spriggan, una particular relectura al mito del Arca de Noe, la versión animada del clásico Metropolis y Steamboy, su propia relectura al género del steampunk. Defensores de Nipón, una historia de aventuras infantiles es su más reciente trabajo.


Y PRIMERO FUE EL MANGA
Antes de la película (animé) estuvo el cómic impreso (manga). Akira se empezó a publicar en Japón en 1984 y pronto se convirtió en un best seller en su país, pero fue a raíz de su publicación en Estados Unidos a través de Marvel Comics en 1985, que el impacto alcanzó al planeta entero, significando el primer acercamiento importante del público occidental con el cómic japonés y sus peculiaridades narrativas. Por razones obvias, esta historia, construida en 10 tomos de casi 200 páginas cada uno, es mucho más compleja que la película, que es básicamente una versión comprimida del manga con un final distinto. Y esto no es un detalle menor, ya que cuando Otomo filmó la película (entre 1985 y 1988) aún no había terminado de escribir y dibujar la historieta.

PROBLEMAS DE PRESUPUESTO
La película costó casi 20 millones de dólares norteamericanos, presupuesto tres veces superior a lo que se tenía habituado en Japón. En términos actuales son casi 40, eso sin contar los aportes estatales que se cree fueron de otros 10 millones, todos a través del Comité Akira, Con todo a veinte años continua siendo el filme de animación más costoso y complejo de la historia.

LA MOTO DE KANEDA
Con el motor delante, dirección en ambas ruedas y una posición sentada para el conductor, la moto del héroe de la historia es uno de los sellos de la película. Un modelo tan revolucionario que ha servido de inspiración para prototipos de Honda y Suzuki. Técnicamente se le considera el más perfecto diseño para una motocicleta urbana del futuro. El 2003, la fábrica de motos SUMO construyó una réplica exacta que funciona con electricidad y acelera a 120 kilómetros por hora, bastante menos que los 330 de la de Kaneda, pero algo es algo.


2019
Tanto Akira como Blade Runner transcurren en el mismo año, compartiendo además una serie de elementos comunes. Casualidad o fecha simbólica, la verdad nadie tiene la respuesta.

¿NEO MANHATTAN?
Para el segundo semestre del 2009 esta fechado el estreno de la versión norteamericana y en imagen real de Akira. Leonardo DiCaprio tendría el rol de Kaneda, un muchacho medio gringo medio norteamericano, habitantes de unos EE UU futuros donde tras la III Guerra mundial la cultura japonesa se ha mezclado con la norteamericana. La acción fue trasladada a Nueva York, en una reconstruida hran manzana llamada ahora Neo Manhattan.

JODOROWSKI
Nuestro chileno universal,. Alejandro Jodorowski asegura que el final de Akira es idea suya, que el se lo dio a Otomo tras una larga conversación. Puede ser, pero Jodo tambien asegura que las ideas de Alien y La Guerra de las Galaxias son suyos

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sábado, noviembre 22, 2008

20 AÑOS DE AKIRA (4 DE 5)



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“Aunque su ambientación es claramente cyberpunk, no recuerda a nada visto antes (al menos en occidente). Por ejemplo otros animés, como Ghost In the Shell, sí tienen mucho de este género, inventado por el canadiense William Gibson en 1982, pero Akira maneja un toque original, y es que ese mundo futuro donde las nuevas tecnologías están al servicio de los militares, donde la superpoblación es un problema sólo para los pobres que la sufren, y donde la gente necesita de sectas para dar sentido a esa realidad, recuerda demasiado al mundo futuro hacia el que nosotros parecemos abocados”.
Mike Wilson, autor de El Púgil, la más reciente novela de ciencia ficción chilena, también apunta la importancia del guión en la construcción final de Akira, pero centrando su idea en el significado cultural del mismo, “clave es el punto de partida. comienza con esa escena sublime, con la destrucción de la metrópolis. Es la quintaesencia de la psique post-apocalíptica japonesa. Esto le recalcó al occidente que ellos (los japoneses) ya estaban en el después (gracias a Hiroshima y Nagasaki) y que nosotros seguimos en el antes. Algo así como el discurso mesiánico de las tradiciones judeocristianas, para unos ya llegó, otros aún lo aguardan. En el caso del fin del mundo, Akira no solo es el después, es un después que nos supera, aun cuando es distópico. Akira fue un fenómeno de mayor impacto entre los gringos y los europeos en el sentido de que no estaban muy familiarizados con el discurso pop hecatombe japonés. en Latinoamérica, nos habíamos criado con Ultraman, San-ku-kai, Fuerza G, Robotech. cuando Akira llego por estos lados, alucinamos, pero a la vez nos era familiar. Todos ya teníamos un niño japonés adentro”.
Aparte del relato, rescata Rodríguez (Akira. pantalla de sueños), la película tiene tres cosas que hacen que el apartado técnico se aleje mucho de las otras obras similares. Lo primero es la sincronización de los labios con el doblaje. La Disney lo había utilizado antes, pero en Japón era la primera vez que se usaba. Primero se dobló y luego se añadieron las bocas, para sincronizarlas perfectamente. Hoy en día ya no es novedad, pero en 1988 era asombroso el efecto realista que proporcionaba (incluso se puede apreciar viendo la película doblada). Después está la utilización del color: el “comité Akira” de Otomo usó 734 colores para el universo de Akira, todos pintados a mano plano tras plano. Además ocuparon el naranja en vez del azul para las escenas nocturnas (una gran parte de la película transcurre de noche) una opción entonces impensable. Sin embargo los resultados son evidentes, un fotograma de Akira es inconfundible gracias al naranja: simplemente una firma del futuro, solo pensemos en los actuales skyline nocturnos de Shanghai, Dubai, Hong Kong, Tokio o nuestro propio Santiago, ¿qué color domina el horizonte? ¿la noche urbana es azul o anaranjada?
Y por último está la música. El compositor, Shoji Yamashiro tuvo entera libertad para hacer lo que el quisiera, abordar las imágenes desde lo sinfónico, lo electrónico o lo tribal. El resultado es una maravilla auditiva con una compleja partitura que mezcla temas hechos enteros con un xilófono de bambú (el mítico leit motiv que se escucha durante persecución de motos del principio), hasta otros que más parecen sonidos de discoteca con guitarras eléctricas, todo ello aderezado de unas potentes voces corales que son el centro de toda el sonido ambiental del filme. La música de Akira es una de las bandas sonoras más extrañas y complejas que se pueden ver el cine.


UN MISTERIO, ¿QUÉ ES AKIRA?

La pregunta es más complicada de lo que parece y ha molestado a todos quienes han buscado una respuesta al ¿qué me están contando Otomo? Se supone que Akira fue alguna vez un niño japonés que vivía como cualquier otro niño japonés, hasta que agentes del gobierno, participantes de un complejo proyecto secreto, descubrieron que poseía un aura especial mediante la cuál se podría, eventualmente, acceder a un poder desconocido. Entonces el muchacho fue apresado y convertido en “conejillo de indias”. Se le traslado a instalaciones especiales, en las cuales se encontraban otros niños que previamente habían sido tomados por el gobierno. Al igual que a ellos, se le grabó un número en su mano (con el cuál se le pasaría a denominar), Akira fue conocido como el NUMERO 28.
El objetivo del experimento, que llevaba décadas de desarrollo, era descubrir la clave para poder obtener el control absoluto sobre el ser humano hasta lograr un nivel muy evolucionado, en el que el ser humano no tuviera limitaciones (algo muy parecido a la idea del superhombre de Nietzche). El NUMERO 28 demostró desde un principio que era el sujeto con las cualidades necesarias para poder llevar adelante el proyecto, incluso se estuvo cerca del éxito, sin embargo la operación se salió de control. El ser humano no estaba preparado para manejar tal poder, no podía controlar lo que estaba haciendo y los graves accidentes (uno de los cuales fue camuflado como una bomba atómica, para así ocultarlo a la opinión publica) fueron sumándose uno tras otro. Entonces se decidió criogenizar a Akira para revivirlo cuando se contara con la preparación necesaria para controlar su poder. El niño fue congelado en una gran máquina enterrada bajo el Estadio Olímpico de Neo Tokio. Cuando Akira es despertado –hacia el tercio final de la película- se le ve como un ente de cuerpo traslúcido, con una imagen entre material e inmaterial, que sólo aparece en medio de un confuso momento, cuando Tetsuo estaba totalmente fuera de control.
Así, es difícil establecer qué o quien es exactamente este ser llamado Akira. Tal vez simplemente nadie este capacitado aún para entender el misterio.

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sábado, noviembre 08, 2008

20 AÑOS DE AKIRA (3 DE 5)


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Si por un lado Akira marcó el inició de una ciencia ficción dura, que tomaría riesgos conceptuales tras los cuales surgirían piezas como Dark City, Matrix e incluso AI y Minority Reports, por otra parte catapultó a la animación (occidental y oriental) a un nuevo estado. Y en esta lectura no es apresurado decir que sin Akira no tendríamos ni Ghost in the Shell, ni Steamboy, pero tampoco Futurama, Los Simpson o Padre de Familia.
El crítico cinematográfico del diario La Tercera y editor de contenidos de Bazuca.com, Daniel Villalobos, recuerda, “la primera vez que vi Akira fue en 1993, en Temuco. En esa época el animé era gusto de pocos y más todavía en el sur, donde la idea de violencia animada partía con Capitán Centella y terminaba con Robotech: la muerte de Roy Fokker era lo más dramático que habíamos visto en el género y punto.
Y ahí estaba la primera secuencia de Akira, esos tambores tribales de la banda sonora y esa ciudad plagada de luces. Pero sobre todo se me aparece esa protesta, donde un policía enmascarado le apunta a un civil y, sin dudar, le dispara una lacrimógena en el pecho. Nunca había visto algo así en un filme animado. Tampoco había visto algo como ese teniente de policía abofeteando a toda una fila de niños que le llegan al hombro sólo para hacerlos callar. O la golpiza que unos pandilleros le dan a una chica indefensa hasta que cae al suelo escupiendo sangre. Desde luego el tema de los niños telépatas era atractivo, pero lo que más me impresionó fue la conducta de los humanos normales en la historia. Recuerdo el shock que me produjeron esas escenas y la sensación de estar viendo algo igual de cuestionable que el porno e infinitamente más subversivo. Al final
de la función quedábamos cinco o seis personas en la sala, ninguno tenía más de veinte años de edad y ninguno de nosotros sabía dónde ir después de ver una película así”.

EL FACTOR AKIRA

El crítico español Joaquín José Rodríguez, autor de Akira. pantalla de sueños, parte su ensayo preguntándose que es lo que destaca a la película de Katsuhiro Otomo de sus similares, algunas posteriores como Ghost in the Shell. Primero que nada, dice, está el guión, “basado en un mundo futuro como pocas veces antes habíamos visto. En el universo de Akira corre el año 2019 y la III Guerra Mundial ya queda lejos. En un estado policial, políticos corruptos, sectas religiosas, revolucionarios y un proyecto científico secreto se combinan para causar una atmósfera explosiva en el metroplex de Neo Tokio. Todos los grupos rivales quieren controlar a Akira, un chico con extraños poderes psíquicos que ha sido mantenido bajo custodia criogénica durante más de treinta años. Si a esta ambientación le sumamos que no hacían falta decorados ni extras, ya que el dibujo permitía crear todos los detalles de este mundo, obtenemos una película de ciencia ficción sublime”.

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jueves, octubre 30, 2008

20 AÑOS DE AKIRA (2 DE 5)


Primera parte

...Matrix con La Naranja Mecánica, un cóctel de metahumanos, pandilleros, extrema violencia, futurismo y ultra tecnología para la película de animación más cara de la historia. Tanto que obligó al ministerio de cultura nipón a crear el “Comité Akira” con el objeto de buscar financiamiento para finalizar la obra de Katsuhiro Otomo, un animé que nació destinado a cambiar la historia del género para siempre. Y vaya que lo logró. A veinte años de su lanzamiento, todo lo que Japón ha hecho en el género de allí en adelante se le debe, tanto en moral como en estética, a Akira.

EL ANTES Y EL DESPUES

Akira es el Blade Runner del animé”, define el escritor Jorge Baradit (Ygdrasil), “una pieza definitiva con aroma inmortal. El momento en que la animación japonesa le hizo jaque mate a la animación occidental, un golpe del que los caucásicos NUNCA nos hemos podido recuperar”
“A pesar de que el antagonista es militar, estamos ante una película muy fascista, lo que es un riesgo argumental y moral por donde se le mire”, continúa Baradit. “La lectura es que los débiles siempre serán débiles (Tetsuo) y solo los que nacen fuertes están destinados a convertirse héroes (Kaneda). Que si los débiles acceden al poder se transforman en monstruos, y que los realmente fuertes, los héroes, tienen su propio código de honor fuera de lo establecido. Siempre me ha llamado la atención lo similares que son esas figuras a los westerns, pero bueno Akira, perfectamente puede ser abordado como un western. ¿un sushi western tal vez?”.
“Akira previó los temas de la ciencia ficción de los 90”, continúa el autor de Ygdrasil, novela que confiesa le debe mucha a la obra de Otomo. “X-Files, por ejemplo, al plantearse como un lugar donde se interpenetraron todas las temáticas de lo fantástico por primera vez de modo masivo, casi como una declaración de principios: la ciencia ficción dura, la conspiranoia, el cyberpunk, los monstruos fantásticos, la paranormalidad desatada, la surrealidad, la alucinación psicodélica, las dimensiones astrales. Pero aquí y ahora, en la ciudad, el aterrizaje del madness en el mundo real”.
Tenemos la suerte de ser parte de una generación educada con animación japonesa. Al contrario que Estados Unidos y que Europa, donde el boom del animé se desató precisamente después de Akira, en Chile (y Latinoamérica en general) tuvimos el privilegio de contar con niñeras como Heidi, Marco, Capitán Harlock, Mazinger Z y Fuerza G. Y lo de suerte no es antojadizo, el material animado japonés de los 70 y 80 era mucho más interesante –y mas barato de importar- que el europeo o el norteamericano. Recordemos que en los 80, Disney estaba intentando levantar cabeza (tras sonados fracasos como El Caldero Mágico) y los dibujos animados occidentales solían ser derechamente infantiles. El colorido, las historias, e incluso lo simplista de la animación ayudaron al animé a tener un hueco en nuestras pantallas y en nuestro disco duro común.
Sin embargo, por mucho cariño que le tengamos a los “monos japoneses” que nos sirvieron de educación preescolar alternativa, entre estos y Akira hay (y ha habido) una enorme distancia. Hasta 1988 el manga y el animé eran una expresión artística exquisita que demostraba lo maduro con que Japón enfrentaba el tema (y la industria) de los dibujos animados, creando a partir de estos una mitología popular de alcances universales, sólo pensemos en Candy o en Macross, serie que luego sería convertida en Robotech. Pero a pesar de lo potente de estas producciones y lo adulto de su enfoque, fue con Akira donde la diferencia se marco con mayúsculas. En agosto de 1988 explotó una nuevo tipo de bomba atómica, igual que al inicio de la película. Una bomba que no destruyó ciudades pero si derrumbó preceptos. Los monos animados nunca más serían lo que eran, superaron sus “18 años” y perdieron la virginidad en una hora y veinte minutos. El aporte cultural japonés a la ficción fílmica que dio Akira sólo se compara al de su otro compatriota, y tocayo: Akira Kurosawa.

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jueves, octubre 23, 2008

20 AÑOS DE AKIRA (1 DE 5)


Reproducción completa del extenso reportaje publicado en el último número de la desaparecida y notable CEROUNO, gran legado cultural del gran Alejandro Alaluf. Ojo, fue el primer gran artículo (y con perdón y ego, hasta ahora el mejor) publicado en un medio relativamente importante dedicado a este gran aniversario del 2008.

20 años son nada
EL FUTURO SEGÚN AKIRA

  • En 1988 la animación japonesa dio un salto cuántico. Katsuhiro Otomo llevó a pantalla su manga homónimo y el futuro nos pegó un puntapié en la entrepierna.
  • Punto medio entre Blade Runner y Matrix, Akira no sólo cambió al animé, sino que nos hizo caer de rodillas al interior del más negro de los porvenires.
  • A dos décadas de su estreno, Akira es considerado, el mayor legado audiovisual nipón, tras Kurosawa


2 de diciembre de 1992, seis de la mañana, es un hermoso día en Tokio. La luz del final del otoño se cuela entre nubes blancas que tapan el sol sobre las calles grises y brillantes de la capital japonesa. Todo se ve y se siente perfecto… hasta que explota la bomba.
Primero fue un punto, luego una bola de fuego, después una estrella entera que consumió a la ciudad. En cosa de segundos Tokio desapareció para siempre. ¿Un nuevo tipo de bomba atómica? Los rumores dicen que no sólo ocurrió en Japón, otras grandes metrópolis del planeta también fueron arrasadas por este extraño ataque. La III Guerra Mundial ha sido desencadenada, el fin del planeta como lo conocemos. O tal vez el comienzo de algo peor.
Corte y a negro. 2019. La ciudad se llama ahora Neo Tokio y cubre con rascacielos eternos y autopistas elevadas, prácticamente todo el Japón. Neones y pantallas gigantes rascan las paredes de los edificios más altos del mundo y bajo ellas reina el caos: terrorismo urbano, drogas y sectas religiosas que claman por la llegada de un nuevo mesías, encarnado en un niño llamado Akira, en quien supuestamente descansa la clave que detonó la III Guerra Mundial el 92. Entremedio, en las autopistas, dominan las pandillas de motociclistas, que pelean contra sus iguales, como modernas tribus feudales, por el control de determinados territorios. De las ruinas de Tokio surgió Neo Tokio, el apocalípsis no generó un posterior paraíso, sino todo lo contrario.
Kaneda es líder de una pandilla, eternamente enfrentada a una banda menor: los Clowns. Tiene la mejor moto de la ciudad y una relación casi paternal con Tetsuo, uno de sus amigos, el más torpe de la manada. Tetsuo respeta a Kaneda pero también siente celos y rencor hacia su amigo, mucho más popular. Suena música electrónica, se escuchan ritmos tribales, las luces y neones cobran vida mientras Kaneda y los suyos dictan sus reglas sobre la autopista. Creen que el mundo les pertenece, pero están equivocados. Mientras sus motores rugen sobre el asfalto, movimientos sociales se desarrollan en protesta contra el gobierno y el ejército. Además ha sucedido un evento inesperado en el Estadio Olímpico de la ciudad. Un prisionero gubernamental escapó. Y no es alguien cualquiera, sino un niño, un pequeño que huye del ejército y se sumerge en un maelstrom urbano en que la cuenta regresiva va juntando olas de protestas ciudadanas, con una marcha religiosa, una pelea de pandillas motorizadas y filas de tanques enviados a detener el alboroto. El choque de estos elementos marca el instante cero de la película. El niño misterioso detiene las balas, destruye el centro de la ciudad pero también afecta de forma directa a Tetsuo, que acaba convirtiéndose en el eje de la historia. Y quien fuera un adolescente debilucho y fracasado, renace como una entidad cada vez más fuerte e incontrolable, infectada del llamado “factor Akira”, con una sed incontrolable de poder, la que se crece aún más alimentada por los celos que siente por su amigo Kaneda. Y en este resentimiento infantil, Tetsuo conducirá a Kaneda a una batalla cuyos resultados cambiaran el destino de la humanidad entera, mal que mal las bombas de 92 no fueron causadas por misiles o disparos orbitales, sino por una docena de niños de inmenso poder, ¿los niños Akira? Criaturas metahumanas diseñadas por los poderes fácticos para producir un salto genético, propósito que evidentemente no resultó.
“La primera vez que vi Akira fue en 1993”, relata el escritor Alvaro Bisama (Caja Negra), “en una sala atestada en Viña donde estaba todo el mundo que entonces tenía alguna idea de tendencias. Salí con la cabeza dada vuelta. La versión vista era la japonesa. Alguien a mi lado dijo: Walt Disney se fue al carajo. Un año después vendí cincuenta cómics de superhéroes para comprar uno de los tomos del manga (historieta, versión impresa del animé). Yo tenía 19 años y estudiaba para profesor. Otomo fue una revelación, un mandala. Alguna vez leí una entrevista suya donde decía que su historia se trataba de dos amigos que dejaban de ser amigos. Puede ser. Akira era una catedral de la que nunca salí. Siempre vuelvo a ver la cinta y me quedo pegado: ese Neo Tokio me parece cercano, íntimo, demoledor. Gente perdida que se encuentra a sí misma. Adolescentes dando vuelta en una ciudad que los supera. Héroes accidentales. Una narrativa que no va a ninguna parte. La luna que sale de su eje. Rayos láser. Anfetaminas. Un mundo cuya felicidad consiste en que se acabe. 20 años de Akira son una celebración extraña: volvemos a Akira como a nuestra vieja habitación de adolescentes, como a los viejos discos de rock que nos sabíamos de memoria y repetimos como un mantra en la soledad, al modo de imágenes que nos confrontan con nosotros mismos mientras nos demuelen o iluminan”.

Continua

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